Sentado en la terraza esperé la madrugada y el amanecer sentado en la terraza del desolado hotelito. El mar y el cielo oscuro se fundían en una bóveda donde la brisa fría y húmeda parecía girar como ave rapiña sobre el cadáver de una presa fácil. La última noche, sin embargo, me la pasé en el barcito de la carretera donde me encontré con el tarotista que, sorprendentemente, era dos años menor a mí. La sorpresa no se fundaba que pareciera físicamente mayor a lo que parecía yo entonces, sino que en lo que había acumulado de vida y que se notaba en sus bromas, sus opiniones, la suavidad de sus juicios, la ponderación de sus apreciaciones y la paz infinita de su mirada, de sus ojos oscuros y grandes como el otro lado de la luna llena. Mas la seguridad en sí mismo me impactaba y atraía. Pedí el Pisco Sour del Poeta, de color azul-océano-caribe que según se dice bebía Neruda, con un suave sabor a curaçao, mientras que él bebía cervezas. Luego los dos bebíamos cervezas. Muchas cervezas.Me ofreció leerme las cartas como regalo de despedida. Me negué argumentando que no creía en ello y que jamás logré entender de eso de Escorpión con ascendente en Sagitario en la casa de Pisis. Menos la zoología china con sus elementos de fuego, madera y no sé que otras cosas. Me miró sonriendo levemente y me invitó a sacar una carta de entre el mazo que ya tenía sobre la mesa entre las botellas y las cajetillas de cigarrillos. Me miraba directo a los ojos, como clavándome su voluntad o forzándome a un gallito. Sabía que de nada valdría como argumento el contarle de mi formación familiar comunista, de que todo es causa-efecto material, que si amaba sería amado, que si odiaba sería odiado, que el esfuerzo trae éxito que la pereza trae fracaso. No me atrevía a asegurar que mi mañana sólo será el resultado de lo que haga hoy, puesto que había hecho mío el paradigma de que el tiempo no existe. Su mirada insistía. Nos fumamos un cigarrillo en silencio, él mirándome a los ojos aún cuando no devolviera su mirada. Finalmente le propuse un trato: “Saco una carta, pero no me dices nada de ella”. Fue la Rueda de la Fortuna. La observo con detención, como sí fuera la primera vez que la viera, la giro varias veces, me miraba y miraba la carta, guardo silencio hasta que al fin suspiro, sonrió y dejo la carta al lado del mazo. “Mi turno”. Ante mi sorpresa extendió el mazo en la mesa y luego de pasar la palma de la mano izquierda sobre ella, con ojos cerrados, tomó una con delicadeza y, aun con los ojos cerrados, extendió su mano haciéndome entrega de ella. Tome la carta más con cariño que por curiosidad y solo cuando estuvo en mi mano él abrió los ojos. Miré la carta con dedicación intentando adivinar que sería lo que él hubiese visto en ella, en que detalles se fijaría y que interpretaría. Luego de unos minutos la deje, delicadamente, al lado de la carta que yo había sacado orientándola en sentido hacia él. Miro las dos cartas y sonrió. Las toco suave. Puso una encima de la otra. Luego la otra sobre la una. La una cara a la otra. La otra patas arriba. Las devolvió al mazo mientras pedía otra cerveza.
Aun cuando sentí la curiosidad de saber lo que pensaba con respecto al juego de las cartas disidí mantenerme discreto. No sé qué hora era, supongo que muy tarde, o muy temprano la madrugada, entonces le pregunté por su visión del “tiempo”. Frunció los labios como si diera un beso y los movió de un lado a otro, de arriba a bajo, elevando la mirada a ninguna parte. Sin embargo, no pasó mucho para que me dijera que el tiempo es como la carta que saqué del tarot, una rueda que siempre gira, que no va a ninguna parte porque no debe ir a sitio alguno pero, pero que estaba en mí hacerla subir. El tiempo nunca viene para ir a algún lado. Siempre está y estará aun cuando nosotros no estemos un día en el. La línea recta es un invento de los hombres, no de la naturaleza.
Nos despedimos con un fuerte abrazo donde la calle de su casa y de mi hotel se juntaban, al comenzar la plaza, bajo los grandiosos cipreses, en la oscuridad de la noche, entre los fríos brazos del mar que nos alcanzaba en forma de brisa, oliendo la humedad presente y su aroma a cerveza y cigarrillo barato, a hombre y a sabio, a todo y a nada.

1 comentario:
hola!! muchas gracias por tu comentario. me alegro que te haya gustado, pero me falta mucho por hacer y tiempo que dedicarle a ese asunto.
marcaré tu blog para leerlo apenas tenga tiempo, probablemente le dé una paciente leida mañana.
saludos!
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