domingo, 9 de septiembre de 2007

El maestro y las magas o el encontrarse a la vuelta de la esquina

Desperté de súbito, como de un salto; la luminosidad del día indicaba que la hora seis había pasado hace un rato. Dudé un momento, tendido en la cama con los ojos entreabiertos, si descorrer las cortinas, abrir las ventanas y sentarme en loto a meditar mientas una vara Nag Champa se quema impregnado el ambiente con su aroma a paz, universo, silencio, o darme comenzar el día así sin más. Sentía mi cuerpo algo cansado por haber dormido un poco más. El pene erecto dolía reteniendo la orina de toda una noche o, quizá, el último pensamiento de la noche anterior, en el que mi sexualidad me reclamaba una atención real y no el consuelo acostumbrado, se manifestaba.

El no tener reloj a la mano me ha permitido desarrollar la intuición en cuanto al horario y siendo el sol un indicador de la hora, al esté ir cambiando día a día, me ha enseñado que nunca una hora es la misma hora que la hora, a esa hora, del día anterior. Todo cambia, todo es inpermanente, nos lo ha enseñado el sol desde que nacemos. Finalmente aspiré profundo y me incorporé al día. Mientras puse la tetera para calentar el agua del mate esperaba percibir que fluía para comenzar con mis actividades. Sólo sabía que a medio día tendría una reunión que prometía ser grata con el equipo de una ONG dedicada al tema pobreza, para quienes colaboro sin lucro. Puesta la tetera al fuego me acerque a las ventanas, que son muchas, para abrirlas y permitir que el viento, el aire o la brisa renueven todo, soplando, de paso, toda señal de una hora pasada. Al abrir la primera ventana, que da hacia el oriente, una corriente fría inicial activo los poros de mi piel para dar paso a la los tibios rayos del sol que reinaba el día. Me apresuré a abrir todas las ventanas y desnudo salí al patio. Oriné en la taza de un árbol mientras me situaba en un sector donde el sol llegara a todo mi cuerpo. De súbito las imágenes del Valle del Elqui llegaron volando a mi cabeza y vi a Muchi desnuda bailando bajo el sol del amanecer. Cerré los ojos y las imágenes se sucedieron una a otra y en cada una de ellas alguien se unía a la danza de Muchi; Matías con su melena clara, Angella con su cabellera gitana, Pablo con sus brazos largos, Marcos con sus trenzas desordenadas, Adeline y su sensualidad, Lito con todo su ser en la piel. Les vi danzar con ojos cerrados, a pies descalzos, con el sol brillando sobre sus cuerpos, sonriendo, rozándose. Los vi dejando de ser ellos bailando para ser ellos el baile, los movimientos no eran de sus cuerpos, ellos eran el movimiento, se convertían en ritmo, en sol, en tierra. Dioses danzando con el sol. Sentí un profundo amor por todos ellos, un sentimiento que dibujo una sonrisa en mi cara mientras mis ojos comenzaban a llorar el amor que sentía en ese momento, el pecho se me apretó, las mandíbulas se tensaban, la traquea (creo que así se llama) se cerraba y debía ejercer una suerte de esfuerzo para que ingresara el aire a los pulmones y tragar la saliva que se acumulaba y de pronto todo fue tranquilidad. Vi que los chicos danzando formaban una ronda que, entre Muchi y Matías se cortaba. Me vi llegando desnudo, con los ojos cerrados. Me asía de la mano de Muchi y de Matías, el círculo se completaba y todos danzábamos en armonía entre los cerros del Valle del Elqui, donde el cielo está más cerca.

Para cuando comencé a ser conciente del lugar en que me encontraba, percibiendo los cerros de Pirque y el sonido del Río, abrí los ojos, noté que había danzado pues el sol ya no estaba de frente a mi sino que de costado, mis pulmones respiraban más agitado y la tetera sonaba como un antiguo silbido de tren. Con los pies juntos en el mismo lugar baje mis manos hasta tocar el suelo y luego subirlo hasta tocar el cielo. Di gracias por la meditación y me incorporé al día cebando el mate que bebí lentamente.

La jornada había transcurrido suave, la reunión había sido todo lo que una reunión bien intencionada es. Había almorzado con mis dos hermanos mayores en un restaurante cerca de la oficina. Al fin había pasado por el correo a dejar unas cartas destinada a una casilla de Pisco. Ya dispuesto a regresar a casa decidí estacionar en unas callecitas de providencia y pasar la que restaba de la tarde en el Café Literario de Providencia. Me encanta que al fin una biblioteca se pueda disfrutar al aire libre. Saqué del morral el libro de Jodorowsky y la pequeña croquera que uso como libreta de apuntes, agenda y otros fines similares. Dispuesto a retomar el párrafo donde lo había dejado levante la vista y un chico, sentado a dos mesas de mi, me sonrió como aprobando el libro que sostenía entre mis manos. De ahí a volver a mirarlo, intentando que él no se percatara, no pasó mucho. Desde el primer instante que apareció en mí vista supe que se trataba de un ser distinto: una amplia cabellera rastafari color miel tomada en un rebelde y libertario moño; una barba completa, también color miel, cuidadosamente ordenada que desentonaba con su cabellera; una chomba en colores verdes como aquellas que se venden en Perú y Bolivia; jeans amplios de hiphopero; zapatillas de esas que llaman urbanas en color café. ¿Cuál de todos era él: el rasta, el artesa, el hiphopero, el taquillero de zapatillas urbanas, el tipo formal de correcta barba o el lector de un grueso libro? ¿O era todos ellos a la vez, sin resistir clasificaciones ni mentalidades de las que sobre él me formulaba? Sumido en ese pensamiento y ya liberado de la formulación de un juicio nuestras miradas se vuelven a cruzar y vaya, de tan preocupado que estaba de cual de todos los que en él veía sería realmente no había reparado en sus ojo, sus ojos siberianos que relucían como dos soles azules en el infinito de su rostro color mate, dorado, atardecer en el desierto.

Nos sonreímos en una sonrisa que, lejos de ser un arma de conquista o simpatía, nos reconocía y nos convocaba. Contra todo pronostico de mí mismo recogí mis cosas y me acerque a él sin que me dejara de observar. Mientras me aproximaba el acomodaba una silla para mi y hacía espacio en otra para sus cosas y las mías. Una vez sentado a su lado sentí temor de no saber como irme de ahí si así lo quisiera y sintiéndome de alguna forma prisionero en una jaula donde los barrotes eran mis miedos y el candando mi mente, estiré mis piernas, deje el libro sobbre la mesa y acomodé mis manos entrelazadas sobre el. Nos observamos un prolongado momento, oía el sonido de su respiración y el pliegue de sus párpados cada vez que pestañeaba a la vez que me hundia en sus ojos extrañamente hermosos. Su sonrisa se acentuó aún más y con movimientos suaves pero firmes retiro el libro debajo de mis manos y a su lado depósito el libro que momento antes leía dejandome congelado como una estatua labrada en una ropa de sorpesa. En voz varonil y cálida dijo, como preguntándose a sí mismo: “¡¡¡¿Casualidad o Causalidad?!!!”. Al ver sobre la mesa el mismo libro de Alejando Jodorowsky que yo leía me pareció sentir que una verdad se develaba mientras el universo giraba sobre nuestras cabezas… “Sincronía”, respondí. Mientras ambos acomodamos nuestros dedos índices en nuestros labios y elevamos la vista hacia el universo imitando la portada del libro.

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