
Sentía que algo se venía entre un día y otro día y que, más ahora que en otro momento, estallaría comprimiendo el paisaje entre mi pecho y los dedos de los pies. Entendía que no era causado por la lectura de Alejandro Jodorowsky, aun que sus páginas de luz y sangre y de sangre y luz me anunciaran la crisis como se anuncia una fiesta bakana en carteles pegados con engrudo en las esquinas de Bellavista que todos meamos.
He tenido dos crisis en mi vida; en la temprana adolescencia y otra poco antes de emigrar al Valle del Elqui como un pájaro con las plumas empapadas. Ambas fueron demoledoras y profundamente dolorosas, removiendo cada uno de los tentáculos de mi personalidad y sus cómplices, rompiendo la goma de mis zapatos, anudando los cordones a sendas rocas invisibles, trizando cada paso que daba, escondiendo todo sueño en sendas grietas, ocultando mi sombra en cementerios lejanos, lagrimeando mis ojos hasta que tuvieron el color de la pena, anudando mi sexualidad en firme nudo marinero e impulsando mi navío de una tempestad a otra peor, azotado por los meridianos y los paralelos, ahorcado por la línea de los horizontes, adiando esas crisis por ser tan perras hasta que al fin me dejaron, agónico y escuálido como un naufrago, cerca de una isla donde re fundaría la vida con los escombros rescatados hasta aprender a querer eses crisis justamente por lo que antes las odie, por PERRAS.
Supe que la crisis se venía cuando una madrugada de viernes desperté con sendas ganas de vomitar. Apenas pude llegar al jardín cuando caí en cuatro patas expulsando cuanto había comido durante el día y quizá cuantos días antes también. Madrugada. No acudí por ayuda considerando la distancia y la hora. Me recosté después de cepillarme los dientes y enjuagar la boca avinagrada con mucho agua con cloro, como es el agua de la ciudad, me recosté y me concilié el sueño durante unas horas. Me desperté con un fuerte dolor bajo el estómago, del lado derecho, intenté recordar que existía ahí y no logré dar con nada. No me dormí más y soporte el dolor en solitario, descubriendo un desconocido placer en cada punzada que contraía todo mi costado derecho y humedecía mis ojos. Así pasó el sábado y el domingo, no ingiriendo más que agua y fumando marihuana para separar la mente del cuerpo, concentrándome en meditar y repitiéndome una y otra vez que ese dolor no era otra cosa que el ego llamando, como no, la atención, reclamando ser el centro de mi atención. El lunes, en medio de una reunión de la Vicaría de la Zona Sur, el dolor evaporó mi voluntad y terminé en un centro médico donde me operaron de peritonitis.
La crisis aún no actuaba, sólo me mostraba el brillo de sus colmillos mientras la viscosa baba caía de su hocico sobre el cesped amarillento del invierno.
He tenido dos crisis en mi vida; en la temprana adolescencia y otra poco antes de emigrar al Valle del Elqui como un pájaro con las plumas empapadas. Ambas fueron demoledoras y profundamente dolorosas, removiendo cada uno de los tentáculos de mi personalidad y sus cómplices, rompiendo la goma de mis zapatos, anudando los cordones a sendas rocas invisibles, trizando cada paso que daba, escondiendo todo sueño en sendas grietas, ocultando mi sombra en cementerios lejanos, lagrimeando mis ojos hasta que tuvieron el color de la pena, anudando mi sexualidad en firme nudo marinero e impulsando mi navío de una tempestad a otra peor, azotado por los meridianos y los paralelos, ahorcado por la línea de los horizontes, adiando esas crisis por ser tan perras hasta que al fin me dejaron, agónico y escuálido como un naufrago, cerca de una isla donde re fundaría la vida con los escombros rescatados hasta aprender a querer eses crisis justamente por lo que antes las odie, por PERRAS.
Supe que la crisis se venía cuando una madrugada de viernes desperté con sendas ganas de vomitar. Apenas pude llegar al jardín cuando caí en cuatro patas expulsando cuanto había comido durante el día y quizá cuantos días antes también. Madrugada. No acudí por ayuda considerando la distancia y la hora. Me recosté después de cepillarme los dientes y enjuagar la boca avinagrada con mucho agua con cloro, como es el agua de la ciudad, me recosté y me concilié el sueño durante unas horas. Me desperté con un fuerte dolor bajo el estómago, del lado derecho, intenté recordar que existía ahí y no logré dar con nada. No me dormí más y soporte el dolor en solitario, descubriendo un desconocido placer en cada punzada que contraía todo mi costado derecho y humedecía mis ojos. Así pasó el sábado y el domingo, no ingiriendo más que agua y fumando marihuana para separar la mente del cuerpo, concentrándome en meditar y repitiéndome una y otra vez que ese dolor no era otra cosa que el ego llamando, como no, la atención, reclamando ser el centro de mi atención. El lunes, en medio de una reunión de la Vicaría de la Zona Sur, el dolor evaporó mi voluntad y terminé en un centro médico donde me operaron de peritonitis.
La crisis aún no actuaba, sólo me mostraba el brillo de sus colmillos mientras la viscosa baba caía de su hocico sobre el cesped amarillento del invierno.

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