martes, 25 de septiembre de 2007

etcétera

Ni marea alta ni marea baja. Nada me parecía distinto caminando sin rumbo por Isla Negra, lugar al que fui a parar simplemente porque el aroma a poesía me resultó primaveral. El hotelito era pequeño y acogedor y contaba con un gran comedor con vista al mar, desde la terraza la caza de Neruda se veía claramente invadida por alguno que otro turista. La temporada baja reinaba sin visitantes atestando las callecitas de tierra que los cipreses cubrían con sus ramas altas y en la playa agitando el veraneo del litoral central. Solo dos artesanos se mantenían en la placita y un tarotista joven con barba de anciano y mirada eficaz esperaban el milagro y no a los turistas.

Extrañamente me sentía tristemente bien, y ello me causaba ruidos que intentaba hasta las madrugadas silenciar. Alguien en mi sufría y se decepcionaba, se entristecía al acostarse en esa cama helada de aquella habitación pequeña, sentía ganas de llorar en cada despertada y, como pocas veces, experimentaba la sensación de la soledad y el abandono. Y alguien en mi se complacía por el camino decidido, te recordaba feliz sin desearte en esas tardas y esas noches y esas mañanas de horizontes ininterrumpidos y misteriosos. Entonces ¿Quién era yo cuando experimentaba la sensación de desconsuelo, recluyéndome en mi mismo como un niño acurrucado de frío? ¿Quién era yo cuando mis brazos se me hacían alas de pájaros y tenía la certeza de alcanzar todos los horizontes que nacieran en el océano? ¿Cuál de los dos era yo? ¿Los dos? ¿Un otro totalmente distinto? ¿Ninguno? ¿Etcétera? Y en esa confusión me llegaba tu imagen desolando el que había sido nuestro departamento, y no surgía en mí tristeza por ello y, en cambio, me preocupaba hacerme de la certeza de que lo no estuvieses pasando mal.
Jamás recurrí a las típicas preguntas despechadas, supongo que para evitar crearme un infierno en la cabeza.

Una noche en que me quede bebiendo vino y cervezas con el tarotista y uno de los artesanos en el único bar de Isla Negra, en la orilla oriente del camino que va hacia El Quisco, me encontré una revista sobre la mesa que hacia de escritorio en la recepción del hotelito. No había a quien pedírsela prestada y simplemente me la lleve. Siempre el leer me ha sido útil para escapar a la artillería de pensamientos en situaciones como aquella. Pero no fue sino hasta el otro día, a media mañana, cuando el sol se filtraba de entre las nubes claras de otoño, que, sentado en la terraza bebiendo mate y fumando cigarrillos suaves, leo “Las Profecías Mayas” como título. Incrédulo busque el artículo y comencé a leerlo sin mayor expectativa.

Ese fue mi primer acercamiento conciente a la cosmovisión Maya, claro, sin suponer que me haría tanto sentido, ni sospechar que desequilibraría la brújula de lo que había imaginado mi vida hasta ese entonces. Me quedé pegado en el tema durante el resto de mi estancia escapista en el litoral del poeta. La idea de que el tiempo no existe me parecía alucinante, un tobogán hacía ninguna y todas las partes, una hoja amarillenta que sube desde el césped hasta la alta rama del árbol para tornarse de color verde y construir primavera solo por el gusto de hacerlo. Pero sí el tiempo no existía… entonces ¿cómo podía existir yo? Y, más terrible aún ¿Quién soy yo? Sabía mi nombre, sabía quienes eran mi familia y mis seres amados, lo que me causaba temor y muchas cosas más, pero ¿Quién soy yo? Y sí el tiempo no existía, entonces no existía el ayer, ni quienes habitaron mi ayer, ni yo existía en mi ayer y los etcéteras se multiplicaban sin agotarse nunca. Los etcéteras son eternos.

Que el tiempo no existiera podía comprenderlo. De niño me preguntaba como alguien supo que tal hora era la media noche o el medio día y no aceptaba que el día no durara desde que sale el sol hasta que se pone, y que solo ahí naciera la noche. Finalmente no comprendí porque el sol nacía y moría en un mismo día mientras que la luna en dos. Que el tiempo no existiera me daba casi lo mismo.

No hay tiempo, el pasado era solo una ilusión. Entonces ¿Qué pasaba con todas las cosas que había yo vivido, las personas que había amado u odiado, las alegrías y las penas, la sensación de indefenso cuando mamá enfermó, la certeza de que papá siempre estaría, las noches que había pasado haciendo el amor hasta desfallecer y las que las pase en solitario imaginando al mejor de los amantes, y la escuela, el liceo y la universidad, y los viajes, los paisajes, y nuevamente el infinito de etcéteras?

¡¡ Etcéteras !!

Hoy, mirando ese entonces con el humor que da el paso de los días, creo que finalmente todo es una experiencia cuyas enseñanzas se pueden, en cualquier momento, modificar a voluntad. Y esa es la forma de alterar el pasado para co-crear la realidad que se desea. El ayer lo puedo modificar desde el hoy y así modificar mi presente que determinara el futuro.

Todo es aquí y ahora, y eso es el infinito.

Lo demás es lo demás y no importa.

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