Ya entonces el departamento se me hacía lo suficientemente amplio como para no hallarte en sus rincones, ni bajo el viejo parquet, ni en el interior de los artefactos del baño. Tampoco te encontraba sobre algún cojín, y eso que en nuestro departamento los cojines habitaban prolíficos por todos los sitios, los había de todos los tamaños y en una gama tan amplia de colores como pájaros en el cielo, destruyendo todo precepto de decoración y estilo, pero nos encantaban tanto que nuestros amigos comenzaron a llegar con ellos como regalos para nuestros cumpleaños, navidades o aniversarios… no percibí el instante en que comenzaste a desaparecer de la superficie de todos los cojines. En el interior de la cocina tampoco te encontraba; ya no estaban tus huellas en el fondo de alguna cacerola ni en la superficie de un plato ni el borde de las copas. Sin ti, Lalo, el departamento era una llanura interminablemente solitaria, una embajada. Y sin ti el departamento resultaba una prisión por donde entraba el sol que amanecía tras el Diego Portales.
Fue entonces en que adquirí el placer de salir a caminar cada atardecer por la vereda de Lastarria hasta llegar al almacén carero del hindú y doblaba por calle Merced hasta la real calle de José Miguel de la Barra, que tanto te recordaba tu estadía de estudiante en Saint-Germaín-des-Prés. Después que me contaste sobre esas calles y esos café para mi todo el barrio me resultaba tu barrio juvenil de estudiante afortunado. Entonces caminaba hacía el Museo de Bellas Artes y siempre me detenía a observar el viejo carro de bomberos tan lustrado que dificultaba imaginarlo alguna vez apagando incendios. Tu bien sabías la historia no tan solo del carro sino que de esa unidad de bombos y fueron tantas las veces que juntos nos detuvimos a contemplar la reliquia y cada vez me contabas la historia como la primera vez que dejo de ser tu historia para ser la mía. Al llegar frente al pórtico del Museo de Bellas Artes me sentaba en su escalinata tan iluminada a mirar pasar peatones, homosexuales buscando aventuras de entre piernas anónimas y paseantes de perros de rezas siúticas. Algunas veces alguno se me acerco y durante horas charlábamos; ellos arrastrándome al plano sexual, rozando sus rodillas con la mía; yo manteniendo la distancia de lo sexual y aproximándome a lo personal mientras esquivaba el roce de sus rodillas. Luego regresaba por el mismo camino pero por las veredas contrarias, con paso más lento. Había perdido el encanto de llegar al departamento y encontrarte sentado sobre uno de los cojines.
Habíamos sido dos tipos enamorados que construimos un hogar que queríamos eterno. Pasábamos horas colgando por el pequeño balcón del departamento 71 de Lastarria doscientos ochenta y tanto, sentados en el mismo sillón de cuero rojo que rescatamos entre los desechos que dejó el antiguo habitante del departamento. Entonces el mundo nos parecía tan amplio que corrías desde tu trabajo y yo desde la universidad a refugiarnos en el. Luego yo también comencé a huir de mi trabajo para sentirme a salvo en el interior del hogar. Por ese entonces yo te veía tan grande como un molino, o como una catedral. Las sorpresas te nacían espontáneas y magníficas. Aun teniendo la intención y el deseo rechace, en una relación posterior, el enclaustramiento del fin de semana. Ese era un acto total, magnífico. Por mail comunicamos con días de antelación a los amigos que nos iríamos a la playa y a nuestras familias le contábamos la misma mentira. Entonces el viernes íbamos al supermercado y nos aperábamos de alimentos, galletas, botellas de vino tinto y kilos de postres halado Loncomilla; tu preferido era el tiramisú y el mío el suspiro limeño, pero también nos encantaba el de frambuesas a la crema, el kuchen de quesillo y el praline y los comíamos del mismo pote, cuchareando a la vez, a cualquier hora, especialmente sobre la cama después de haber hecho el amor en la noche, en la tarde, en la mañana o mientras sonaban las campanas de la misa dominical de la vieja iglesia de Veracruz. Cocinábamos juntos estando desnudos, era fantástico cuando nuestros cuerpos se rozaban mientras uno preparaba algo y el otro un otro algo. Ya ese entonces también te habías convertido en vegetariano.
Y luego solo fuimos dos buenos amigos compartiendo un departamento, durmiendo juntos en la misma cama que compramos a los anticuarios del Bio Bio, comunicándonos escuetamente nuestras actividades diarias, yendo cada vez menos a la última función del cine El Biógrafo o al teatro o a la casa de nuestras familias o a cenar a fuera. No volvimos a colgar del pequeño balcón ni a explorar nuestros cuerpos por si había nacido un nuevo lunar. Y yo comencé a caminar por las calles del barrio que tu llamabas “Mí París”
Fue entonces en que adquirí el placer de salir a caminar cada atardecer por la vereda de Lastarria hasta llegar al almacén carero del hindú y doblaba por calle Merced hasta la real calle de José Miguel de la Barra, que tanto te recordaba tu estadía de estudiante en Saint-Germaín-des-Prés. Después que me contaste sobre esas calles y esos café para mi todo el barrio me resultaba tu barrio juvenil de estudiante afortunado. Entonces caminaba hacía el Museo de Bellas Artes y siempre me detenía a observar el viejo carro de bomberos tan lustrado que dificultaba imaginarlo alguna vez apagando incendios. Tu bien sabías la historia no tan solo del carro sino que de esa unidad de bombos y fueron tantas las veces que juntos nos detuvimos a contemplar la reliquia y cada vez me contabas la historia como la primera vez que dejo de ser tu historia para ser la mía. Al llegar frente al pórtico del Museo de Bellas Artes me sentaba en su escalinata tan iluminada a mirar pasar peatones, homosexuales buscando aventuras de entre piernas anónimas y paseantes de perros de rezas siúticas. Algunas veces alguno se me acerco y durante horas charlábamos; ellos arrastrándome al plano sexual, rozando sus rodillas con la mía; yo manteniendo la distancia de lo sexual y aproximándome a lo personal mientras esquivaba el roce de sus rodillas. Luego regresaba por el mismo camino pero por las veredas contrarias, con paso más lento. Había perdido el encanto de llegar al departamento y encontrarte sentado sobre uno de los cojines.
Habíamos sido dos tipos enamorados que construimos un hogar que queríamos eterno. Pasábamos horas colgando por el pequeño balcón del departamento 71 de Lastarria doscientos ochenta y tanto, sentados en el mismo sillón de cuero rojo que rescatamos entre los desechos que dejó el antiguo habitante del departamento. Entonces el mundo nos parecía tan amplio que corrías desde tu trabajo y yo desde la universidad a refugiarnos en el. Luego yo también comencé a huir de mi trabajo para sentirme a salvo en el interior del hogar. Por ese entonces yo te veía tan grande como un molino, o como una catedral. Las sorpresas te nacían espontáneas y magníficas. Aun teniendo la intención y el deseo rechace, en una relación posterior, el enclaustramiento del fin de semana. Ese era un acto total, magnífico. Por mail comunicamos con días de antelación a los amigos que nos iríamos a la playa y a nuestras familias le contábamos la misma mentira. Entonces el viernes íbamos al supermercado y nos aperábamos de alimentos, galletas, botellas de vino tinto y kilos de postres halado Loncomilla; tu preferido era el tiramisú y el mío el suspiro limeño, pero también nos encantaba el de frambuesas a la crema, el kuchen de quesillo y el praline y los comíamos del mismo pote, cuchareando a la vez, a cualquier hora, especialmente sobre la cama después de haber hecho el amor en la noche, en la tarde, en la mañana o mientras sonaban las campanas de la misa dominical de la vieja iglesia de Veracruz. Cocinábamos juntos estando desnudos, era fantástico cuando nuestros cuerpos se rozaban mientras uno preparaba algo y el otro un otro algo. Ya ese entonces también te habías convertido en vegetariano.
Y luego solo fuimos dos buenos amigos compartiendo un departamento, durmiendo juntos en la misma cama que compramos a los anticuarios del Bio Bio, comunicándonos escuetamente nuestras actividades diarias, yendo cada vez menos a la última función del cine El Biógrafo o al teatro o a la casa de nuestras familias o a cenar a fuera. No volvimos a colgar del pequeño balcón ni a explorar nuestros cuerpos por si había nacido un nuevo lunar. Y yo comencé a caminar por las calles del barrio que tu llamabas “Mí París”


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