
He comenzado a salir ofreciéndome ante mi familia a realizar todo lo que a ellos les da tedio, y todo lo que sea salir de Pirque se les asemeja a un suplicio.
Así he comenzado a reconocer los parques y algunas esquinas de la ciudad: sacarme las zapatillas y desabrochar la camisa para tenderme a leer en el parque que va por el Mapocho en Providencia me encanta; beber botellas de agua mineral en el Forestal mientras se comienza a poblar de jóvenes cuya identidad sexual se hace difícil de clasificar; beber café negro y sin azúcar en el Emporio de La Rosa mientras la tarde cae; dormitar en el parque de las esculturas entre obras de gran formato y parejas de oficinas enamorados; ver el atardecer desde el puente en forma de arco que une el parque con el otro lado del río; ofrecerme a jugar a la pelota con los equipos que se forman en el Parque Balmaceda; mirar hombre y mujeres físicamente bellos y cruzar una que otra mirada acompañada con una sonrisa en el Café Literario; para fumar he descubierto el placer de caminar por calle Constitución hasta dar con la Chascona de Neruda. Incluso, he descubierto café y restaurantes en los que puedo defecar en limpios baños sin pagar ni pedir permiso.
Y siempre, cada vez, una y otra vez, se recrea la misma acción y el mismo pensamiento.
Al ver a lo lejos alguien acercarse imagino que es uno de mis amigos del Valle. El mismo pensamiento se me recreaba en el valle: al ver a alguien caminar a lo lejos imaginaba que venía por mí. Pero en esas ocasiones no pensaba en amigos o hermanos, sino que un compañero que proveía la existencia.
Me gusta pasear solitario por esos rincones de Santiago cuando la mayoría, por obtener una migaja de la torta, se saca la mierda en terribles oficinas con terribles horarios y deberes. No siento que por vivir tan exitistamente sean seres que se pierden de algo extraordinario, como es la vida, y por ello los desmerezca. Soy conciente, desde temprana edad y por que así mis padres nos lo hicieron ver, que pertenezco a una de las pocas familias con suerte de este país, lo que me permite poder vivir en el Valle o en los Parques de esta ciudad sin mayores complicaciones.
Aún así me siento extraño… el hecho de que papá este desahuciado me ha hecho revisar la lectura que he tenido durante tiempo sobre la vida, el vivir y el amor.
Cuando he caído en el profundo agujero, al ver todo negro, he dado impulso definitivo a mis impulsos más primarios y he salido en busca de la ciudad salvaje; sin que el cuero me de para adentrarme en ella.
Así he comenzado a reconocer los parques y algunas esquinas de la ciudad: sacarme las zapatillas y desabrochar la camisa para tenderme a leer en el parque que va por el Mapocho en Providencia me encanta; beber botellas de agua mineral en el Forestal mientras se comienza a poblar de jóvenes cuya identidad sexual se hace difícil de clasificar; beber café negro y sin azúcar en el Emporio de La Rosa mientras la tarde cae; dormitar en el parque de las esculturas entre obras de gran formato y parejas de oficinas enamorados; ver el atardecer desde el puente en forma de arco que une el parque con el otro lado del río; ofrecerme a jugar a la pelota con los equipos que se forman en el Parque Balmaceda; mirar hombre y mujeres físicamente bellos y cruzar una que otra mirada acompañada con una sonrisa en el Café Literario; para fumar he descubierto el placer de caminar por calle Constitución hasta dar con la Chascona de Neruda. Incluso, he descubierto café y restaurantes en los que puedo defecar en limpios baños sin pagar ni pedir permiso.
Y siempre, cada vez, una y otra vez, se recrea la misma acción y el mismo pensamiento.
Al ver a lo lejos alguien acercarse imagino que es uno de mis amigos del Valle. El mismo pensamiento se me recreaba en el valle: al ver a alguien caminar a lo lejos imaginaba que venía por mí. Pero en esas ocasiones no pensaba en amigos o hermanos, sino que un compañero que proveía la existencia.
Me gusta pasear solitario por esos rincones de Santiago cuando la mayoría, por obtener una migaja de la torta, se saca la mierda en terribles oficinas con terribles horarios y deberes. No siento que por vivir tan exitistamente sean seres que se pierden de algo extraordinario, como es la vida, y por ello los desmerezca. Soy conciente, desde temprana edad y por que así mis padres nos lo hicieron ver, que pertenezco a una de las pocas familias con suerte de este país, lo que me permite poder vivir en el Valle o en los Parques de esta ciudad sin mayores complicaciones.
Aún así me siento extraño… el hecho de que papá este desahuciado me ha hecho revisar la lectura que he tenido durante tiempo sobre la vida, el vivir y el amor.
Cuando he caído en el profundo agujero, al ver todo negro, he dado impulso definitivo a mis impulsos más primarios y he salido en busca de la ciudad salvaje; sin que el cuero me de para adentrarme en ella.

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