Durante toda la mañana te telefoneé para recordarte que aquella noche Isabel celebraba, con un generoso grupo de amigos íntimos, su cumpleaños número 30. Hacía ya meses que habías estrenado la costumbre de olvidar no tan solo fechas sino que todo lo que nos era importante, tradicional en nuestra relación. Así fue como se te pasó mi cumpleaños y lo recordaste al día siguiente al ver bajo la puerta una tarjeta postal proveniente de Buenos Aires con el saludo, en letra medica, de tu mejor amigo Marco. Entonces regresaste al cuarto donde yo aun yacía sobre la cama dormitando pensamientos. Me miraste desde la puerta con la postal en tu mano izquierda mientras que la derecha tapaba tu boca. Yo sentí tu presencia y desistí de voltearme, de averiguar que pasaba, deseaba que mi tristeza fuese el aire que respiraras mientras me mirabas de espalda a ti cubierto por la sabana blanca. No deseaba que olvidaras el cumpleaños de Isabel ni deseaba ir sin ti a saludarla para llevarle, como siempre, de obsequio un CD de Jazz o de música étnica. Menos deseaba que le fueras a ver al día siguiente o, peor aún, solo le llamaras por teléfono. Pero no te encontrabas disponible en tú celular y la voz carraspeada de Rosa, tu secretaría, te encerraba en una reunión diferente cada vez que le preguntaba por ti.
Ese día de otoño frío yo no trabajaba y en la tarde salí por calle Lastarria a la desquería que hacía poco había inaugurado en calle Merced, muy cerca del teatro. Pero al llegar a la esquina del almacén del hindú el Parque Forestal se estrelló en mis ojos y como embriagado decidí caminar por el. Ya las hojas de los plátanos orientales se lanzaban, amarillentas, sobre el césped maltratado y crujían con mis pisadas. Entonces te llamé para contarte que me estaba desquitando de los árboles que cada primavera te causaban una alergia tremenda, y tu celular no respondió y Rosa, cuando llamé a la oficina, me anuncia que te habías retirado. Fui entonces yo una hoja amarillenta que un extraño había pisoteado sobre el césped de la realidad lánguida. Caminé en círculo contrarios al reloj durante algún rato, con la vista fija en el suelo, sintiendo tantas cosas, pensando en tantas comas de los últimos párrafos de nuestra historia que me mareé sin saber de que y me escapé al bar-café-cyber del costado del Museo de Bellas Artes. Me senté en una mesa con vista al Museo y al Puente Loreto y bebí dos cervezas paceñas mientras fumaba. Decidí no ir al cumpleaños de Isabel y desde el mismo bar le escribí un mail disculpándome sin siquiera rozar tu existencia, tu nombre. Entonces caminé por el frente del MAC y me encontré con un ensayo de circo, una nube de humo de marihuana y un aire alegre que no pisoteaba las hojas del otoño. Apenas decidí quedarme ahí opté por ir a la botillería de la calle Mozqueto a comprar unas latas de cervezas, me gustaba esa botillería porque no parecía tan botillería y, además, vendía flores. Entonces no compré latas de cervezas sino que una botella de vino tinto merlot que tenían en oferta junto a dos copas plásticas de un horroroso color rojizo eléctrico. Ya había salido y caminaba hacia el Museo de Arte Moderno cuando regresé y me compré una alstroemeria anaranjada, no sin antes convencer al florista que minutos antes me vendió vino de que me vendiera solo una flor y no el ramo completo envuelto en papel celofán. Regresé frente al museo y me senté sobre las hojas en el pasto detrás de los muchachos que practican artes de circo.
Entonces lo vi, Lalo, fue en ese momento en que lo vi y mis ojos se quedaron anclados en sus ojos. Él practicaba en un monociclo y se parecía a un gigante equilibrado y zigzagueando sobre la única rueda que lo sostenía en este planeta, desafiante de las leyes de gravedad. Que se tratase de un chico atractivo y alegre y astuto fue una casualidad. Que termináramos bebiendo el vino y fumando uno de sus pitillos de buena marihuana fue un regalo. El deseo de acostarme con él y de explorar todo su cuerpo e invitarlo a equilibrar el mío en la rueda de sus talentos no fue casualidad ni regalo. Lalo, fue un deseo que emanó desde la médula de la tierra y florecía en mis ojos y explotaba por cada uno de los poros de mi piel, transformando todo lo que el otoño tenía de triste y de romántico en una humanidad palpitante. Se trataba de un deseo genuino, puro, total. Entonces mi mano aterrizo en su mano y mis dedos entrelazaron los suyos; eran unos dedos largos como sí cada uno de ellos fuese una columna vertebral sosteniendo una verdad inagotable; enlazadores de mis dedos y de mi mano que hasta el instante anterior era un desierto. En su mano sentí todo su cuerpo, su pecho de macho joven, sus muslos delgados y firmes como los pilares de una catedral escondida, su corazón latiendo en el campanario de sus costillas. Y el apretaba mi mano, la atrapaba y luego la soltaba sin que nuestros dedos trenzados deshicieran la espiga de trigo que dibujaban.
Regresé caminando por el centro de parque que a esa hora estaba habitado por parejas y paseantes de perritos sosos. Junto con la botella de vino nos bebimos las horas hasta vaciar el reloj y nos fumamos en la marihuana el instante que no se volvería a repetir. Atrás quedaba un instante que luego descubriría como una llave que abría mis mañanas. Adelante los cojines sin tu presencia y en medio el negocio del hindú donde compre una botella de merlot, de mejor calidad que la que bebimos con el mejor compañero del mejor momento terrible que había vivido hasta ese entonces. No me sumergía en la tina con la intención de experimentar la más larga de mis masturbaciones, inspirada en el chico del monociclo, porque estabas tú en nuestro departamento. Te miré desde la puerta de entrada dudando en entrar o regresar al parque y sentarme a esperarlo llegar sobre una rueda aunque para ello pasaran días, semanas y meses y darle el teléfono que no le di y pedirle su dirección que no le pedí. Pero Lalo, tu mirada me ató a nuestro hogar, me ató al compromiso inicial de fidelidad, me ató al deber. Entonces te saludé con un beso en la mejilla y el aliento infiel de vino y marihuana. Tu sospechaste que algo pasaba porque tomaste mi mano son dejarme ir y me sentaste a tu lado. Entonces miraste mis ojos rojos y achinados y te guardaste todas las preguntas y todos los silencios y en la sospecha optaste, cobarde tú, por besarme y cobarde yo te besé. Pero ese beso no era un beso para ti, Lalo, era un beso para el que un día fuiste, ese que se perdió sin que yo me diera cuenta y que sabía no había de volver a regresar.
Ya no estábamos enamorados, Lalo. Hacíamos el amor con una confianza única y un talento que daba el conocernos desde hace años en el virtuosismo de nuestra sexualidad. Pero no nos dedicábamos caricias ya, no nos abandonábamos al otro ni lográbamos caer en el vacío total luego del salto desde la cumbre del clímax. Entonces caímos en un silencio terrible y el vino en las copas sobre el velador se esfumaba como una nube de gas, se contraía y escapaba mientras nos sentíamos uno al lado del otro, apenas mirándonos, pensando que eso es el tiempo. Aquella noche dormiste como todas las noches mientras yo colgaba por el balconcito, consumiendo la noche, esperando el sol de otoño para caminar lejos de ti.
Lalo, no importa que no lo creas, hacía tiempo que dejaste creer en mi y, peor aún, de creer en lo que tú eras en mi, ese amanecer entendí que lo nuestro no llegaría a ese medio día. Y así te lo comuniqué cuando despertaste desnudo sobre la cama toda deshecha, y lloraste como nunca te vi llorar y te ahogabas entre lágrimas, hipos y saliva y yo te consolaba mientras postergaba mis propias lágrimas. Solo cuando salí del departamento y ya estaba en la calle Lastarria con Padre Luís de Valdivia decidí irme a la playa en mi monociclo imaginario una semana para no ver como sacabas todo cuanto quisieras sacar del departamento que había dejado de ser nuestro hogar.
Ese día de otoño frío yo no trabajaba y en la tarde salí por calle Lastarria a la desquería que hacía poco había inaugurado en calle Merced, muy cerca del teatro. Pero al llegar a la esquina del almacén del hindú el Parque Forestal se estrelló en mis ojos y como embriagado decidí caminar por el. Ya las hojas de los plátanos orientales se lanzaban, amarillentas, sobre el césped maltratado y crujían con mis pisadas. Entonces te llamé para contarte que me estaba desquitando de los árboles que cada primavera te causaban una alergia tremenda, y tu celular no respondió y Rosa, cuando llamé a la oficina, me anuncia que te habías retirado. Fui entonces yo una hoja amarillenta que un extraño había pisoteado sobre el césped de la realidad lánguida. Caminé en círculo contrarios al reloj durante algún rato, con la vista fija en el suelo, sintiendo tantas cosas, pensando en tantas comas de los últimos párrafos de nuestra historia que me mareé sin saber de que y me escapé al bar-café-cyber del costado del Museo de Bellas Artes. Me senté en una mesa con vista al Museo y al Puente Loreto y bebí dos cervezas paceñas mientras fumaba. Decidí no ir al cumpleaños de Isabel y desde el mismo bar le escribí un mail disculpándome sin siquiera rozar tu existencia, tu nombre. Entonces caminé por el frente del MAC y me encontré con un ensayo de circo, una nube de humo de marihuana y un aire alegre que no pisoteaba las hojas del otoño. Apenas decidí quedarme ahí opté por ir a la botillería de la calle Mozqueto a comprar unas latas de cervezas, me gustaba esa botillería porque no parecía tan botillería y, además, vendía flores. Entonces no compré latas de cervezas sino que una botella de vino tinto merlot que tenían en oferta junto a dos copas plásticas de un horroroso color rojizo eléctrico. Ya había salido y caminaba hacia el Museo de Arte Moderno cuando regresé y me compré una alstroemeria anaranjada, no sin antes convencer al florista que minutos antes me vendió vino de que me vendiera solo una flor y no el ramo completo envuelto en papel celofán. Regresé frente al museo y me senté sobre las hojas en el pasto detrás de los muchachos que practican artes de circo.
Entonces lo vi, Lalo, fue en ese momento en que lo vi y mis ojos se quedaron anclados en sus ojos. Él practicaba en un monociclo y se parecía a un gigante equilibrado y zigzagueando sobre la única rueda que lo sostenía en este planeta, desafiante de las leyes de gravedad. Que se tratase de un chico atractivo y alegre y astuto fue una casualidad. Que termináramos bebiendo el vino y fumando uno de sus pitillos de buena marihuana fue un regalo. El deseo de acostarme con él y de explorar todo su cuerpo e invitarlo a equilibrar el mío en la rueda de sus talentos no fue casualidad ni regalo. Lalo, fue un deseo que emanó desde la médula de la tierra y florecía en mis ojos y explotaba por cada uno de los poros de mi piel, transformando todo lo que el otoño tenía de triste y de romántico en una humanidad palpitante. Se trataba de un deseo genuino, puro, total. Entonces mi mano aterrizo en su mano y mis dedos entrelazaron los suyos; eran unos dedos largos como sí cada uno de ellos fuese una columna vertebral sosteniendo una verdad inagotable; enlazadores de mis dedos y de mi mano que hasta el instante anterior era un desierto. En su mano sentí todo su cuerpo, su pecho de macho joven, sus muslos delgados y firmes como los pilares de una catedral escondida, su corazón latiendo en el campanario de sus costillas. Y el apretaba mi mano, la atrapaba y luego la soltaba sin que nuestros dedos trenzados deshicieran la espiga de trigo que dibujaban.
Regresé caminando por el centro de parque que a esa hora estaba habitado por parejas y paseantes de perritos sosos. Junto con la botella de vino nos bebimos las horas hasta vaciar el reloj y nos fumamos en la marihuana el instante que no se volvería a repetir. Atrás quedaba un instante que luego descubriría como una llave que abría mis mañanas. Adelante los cojines sin tu presencia y en medio el negocio del hindú donde compre una botella de merlot, de mejor calidad que la que bebimos con el mejor compañero del mejor momento terrible que había vivido hasta ese entonces. No me sumergía en la tina con la intención de experimentar la más larga de mis masturbaciones, inspirada en el chico del monociclo, porque estabas tú en nuestro departamento. Te miré desde la puerta de entrada dudando en entrar o regresar al parque y sentarme a esperarlo llegar sobre una rueda aunque para ello pasaran días, semanas y meses y darle el teléfono que no le di y pedirle su dirección que no le pedí. Pero Lalo, tu mirada me ató a nuestro hogar, me ató al compromiso inicial de fidelidad, me ató al deber. Entonces te saludé con un beso en la mejilla y el aliento infiel de vino y marihuana. Tu sospechaste que algo pasaba porque tomaste mi mano son dejarme ir y me sentaste a tu lado. Entonces miraste mis ojos rojos y achinados y te guardaste todas las preguntas y todos los silencios y en la sospecha optaste, cobarde tú, por besarme y cobarde yo te besé. Pero ese beso no era un beso para ti, Lalo, era un beso para el que un día fuiste, ese que se perdió sin que yo me diera cuenta y que sabía no había de volver a regresar.
Ya no estábamos enamorados, Lalo. Hacíamos el amor con una confianza única y un talento que daba el conocernos desde hace años en el virtuosismo de nuestra sexualidad. Pero no nos dedicábamos caricias ya, no nos abandonábamos al otro ni lográbamos caer en el vacío total luego del salto desde la cumbre del clímax. Entonces caímos en un silencio terrible y el vino en las copas sobre el velador se esfumaba como una nube de gas, se contraía y escapaba mientras nos sentíamos uno al lado del otro, apenas mirándonos, pensando que eso es el tiempo. Aquella noche dormiste como todas las noches mientras yo colgaba por el balconcito, consumiendo la noche, esperando el sol de otoño para caminar lejos de ti.
Lalo, no importa que no lo creas, hacía tiempo que dejaste creer en mi y, peor aún, de creer en lo que tú eras en mi, ese amanecer entendí que lo nuestro no llegaría a ese medio día. Y así te lo comuniqué cuando despertaste desnudo sobre la cama toda deshecha, y lloraste como nunca te vi llorar y te ahogabas entre lágrimas, hipos y saliva y yo te consolaba mientras postergaba mis propias lágrimas. Solo cuando salí del departamento y ya estaba en la calle Lastarria con Padre Luís de Valdivia decidí irme a la playa en mi monociclo imaginario una semana para no ver como sacabas todo cuanto quisieras sacar del departamento que había dejado de ser nuestro hogar.

4 comentarios:
considero que ante el ocaso del amor el peor escenario posible es el de escribir cartas de amor a un ser imaginario...
no te pido disfrutar el desamor, pero para mi en este instante sentir algo con nombre y apellido seria muy importante..
cuidate
pero la mia si
bye
resumiste mi intención en un post.
Y a veces la nostalgia toca a la puerta, no?
o llama a la mente.
Saludos Don Tiago
G!
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