domingo, 4 de noviembre de 2007

ese es un nombre de conejo

Si hubiese sabido antes del viaje, incluso antes de conocer a Camilo, el fin de todo, lo hubiese vivido con mayor intensidad con la que, en efecto, la viví. Hubiese dado rienda suelta a mi sensualidad, sexualidad, emotividad… en definitiva, me hubiese liberado de todo y de todos. Y aún así, hoy también estaría triste.

A dos días de haber regresado de Buenos Aires recibo un extraño mail de parte de Camilo; había sido escrito de madrugada, con frases inconclusas, con ideas que me confundían, con un constante pedir perdón, con un mensaje que ni siquiera alcanzaba a enunciar. “Siempre todos mis besos serán tuyos”. Lo sentí triste, se notaba que no la estaba pasando bien, que algo le dolía profundo, que ese dolor tenía que ver conmigo, con “lo nuestro”, con una parte aún más profunda y, quizá, más bella de él.

Durante otros días no respondió mis correos ni atendió a mis llamadas, desapareció de yahoo, de gmail y del café literario al cual acudí cada tarde con la esperanza de encontrármelo, no con el fin de pedir alguna suerte de explicación, sino porque a esas alturas necesitaba saber que era un ser de carne y hueso y no el producto de la imaginación de mis deseos. Si merecía lo que estaba viviendo era algo en lo que no me enfrascaba, intenté sin egos asumir la ausencia, es decir, la desaparición de él y , no sin esfuerzo, evite la formulación de todo juicio para con él. Opté, entonces, por borrar su numero de mi celular, borrar toda registro de las llamadas que le hice y de las que de él recibí, así como también, todo los mensajes de texto; bien me conozco y borrar esos números evitaría poder en algún instante llamarlo. Escribí un último mail con solo una frase: “Te libero al mil por ciento. Nada de culpas”. Y, tal cual como de mi teléfono, borré todo registro de sus correos, lo quite de yahoo. Ya no tendría como, aun queriéndolo, comunicarme con él.

Pasaron dos días largos después de eso. Dos días en que realmente me la pasé mal, con una profunda tristeza y un sentimiento de culpa que no lograba comprender. Entonces un mail de pocas palabras y un amplio horizonte. Me solicitaba juntarnos en un sitio tranquilo, ojala entre los cerros y a orillas de un río, pues sentía que debía explicar algo. Y yo eso lo sabía. Y creo que con el lugar que proponía no se refería a mi hogar enclavado entre cerros y a orillas de un río. Bien sabía que para mi es un sitio sagrado cuya energía celo con cariño.

Otros dos días y lo paso a recoger al cruce de las Vizcachas para ir al Fundo El Manzano, pensé que era un buen escenario, pues pasando el río y ya entrando, a espalda de los guardias, la zona de Endesa, se encuentran rincones de extraordinaria belleza y profundos silencios. Fumamos un porro y le ofrecí mate mientras hablábamos del lugar. Todo era intenso, como la ante sala a una operación final, donde las probabilidades de sobrevivir son escasas y difíciles.

Y entonces comenzó, y entonces le pedí que no use las palabras “perdón” ni “disculpa” y que no permita la sensación de culpabilidad en él ni de victima para mí. Y entonces sus palabras comenzaron a fluir como el nacimiento de un río, como gotas emanando desde profundas grietas, desprendiéndose de antiguos glaciares sobre simas imposibles, arrastrando la superficie, corroyendo la piedra madre. Entonces su niñez, su crianza ultra conservadora, su preparación para el éxito en la concepción familiar, su preadolescencia internado en una mansión del siglo XVII a las afueras de París, el chico con el cual exploró los primeros pasos de la sexualidad, la expulsión del internado por tal razón, la deshonra familiar, la terapia sicológica eterna, la escuela militar, el descariño del padre, el llanto de la madre, la marcialidad machacándole el alma y haciéndole tira su naturaleza sin poder, siquiera, levantar la vista en las noches, la muerte de Dios, la lejanía de la vida, y el sicólogo inventándole una nueva naturaleza. Y entonces ella, la salvación para ganar el reconocimiento del padre y la ternura de la madre, el alta médica y la posibilidad de una vida más o menos normal.
De ahí al matrimonio sólo fue un trámite, una firma en una libreta que le resucitó al padre y a la madre y a los hermanos: reinserto en sociedad recuperó una parte importante de libertad. Entonces su casa en Lo Ocurro, el amor a sus dos hijos, la gratitud para con la esposa, la camioneta familiar, las mascotas en el jardín y, sobre todo, los domingos entregados en los felices almuerzos en casa de los padres.


Fue el último beso con Camilo
Las últimas caricias entre los dos

Nos hemos juntado a almorzar de vez en cuando

Fui al cumpleaños de su hijo menor llevando dos conejos como regalos.
Bautizó uno con mi nombre, porque, simplemente, “ese es un nombre de conejo” argumentó

Me presentaron como un amigo, sin mayor información, y su esposa me acogió con simpatía y cariño.
Al padre me costó saludarle y le esquivé al igual que a la madre

Dos semanas más y mi cumpleaños
Y ya les invité

1 comentario:

Anónimo dijo...




Wow...
que historia!
me ha pasado, eso de querer borrar a una persona que quieres siempre es doloroso...
Lo que le dijiste en el mail que mandaste me dejo con la boca abierta... Me gustaron mucho tus palabras... Ojala yo pudiera hacer lo mismo :(


Un gustazo pasar por aqui..
Espero verte mas seguido :)

Un beso,
cuidate