
26 nov
Camilo se niega a abandonar mi vida y yo me niego a expulsarlo de mi realidad. Es una de esas pocas personas con la cual podemos estar en un profundo silencio sin incomodarnos y, lo que resulta aun más mágico, acompañándonos. Llega sin avisar, interrumpe mi rutina, me saca de mis pensamientos más pesimistas.
Es cierto que el tema de que sea casado me complica a tal modo que evito formular sueños para un mañana, inhibiendo los que el formula –“Que tal si nos vamos una semanita al lago”, “¿Me llevas contigo al Valle?”, “¡¡¿Y si compramos un terrenito por allá?!!”-, el vivir el aquí y ahora es mi impronta para con él. Sí bien es cierto que lo odié y a la vez lo compadecí cuando me contó su verdad, también es cierto que después de ello lo he querido más, y mucho más. Nuestros mail han dejado de ser diarios y a la vez son más largos y profundos. No los espero pero me alegro un cerro cuando me llegan, los imprimo y los leo con toda calma en algún lugar acogedor. Adoro que me llame “mi pequeño”.
Papá se ve absolutamente bien, alegre y cariñoso, disfruta cada instante mucho más que antes. Mamá ha dejado de mirarlo como sí se tratara de un niño. Ya casi no va a trabajar y cada vez pregunta menos por los negocios, todo ha quedado en manos de nosotros, sus hijos, aun que, para mi fortuna, Hannessis e Irineo hacen la pega pesada. Para abril se espera que abandone al 100% la empresa que ha dirigido desde muy joven. Por ahora se preocupa de mis tres hermanos menores, de legalizar los papeles, que lleven nuestros apellidos. Está hecho un papá sumamente juguetón con ellos, los va a dejar y a buscar al cole y al jardín, es él quien prepara esas colaciones, ordena cuaderno, se sienta al lado de ellos a estudiar, leer, mirar monos. Los saca con mucha frecuencia a todos lados. Para mi es relindo verlo así, y aún cuando tanta memoria no tengo de mi época de primera niñez no me cae duda que así él también fue conmigo.
Camilo se niega a abandonar mi vida y yo me niego a expulsarlo de mi realidad. Es una de esas pocas personas con la cual podemos estar en un profundo silencio sin incomodarnos y, lo que resulta aun más mágico, acompañándonos. Llega sin avisar, interrumpe mi rutina, me saca de mis pensamientos más pesimistas.
Es cierto que el tema de que sea casado me complica a tal modo que evito formular sueños para un mañana, inhibiendo los que el formula –“Que tal si nos vamos una semanita al lago”, “¿Me llevas contigo al Valle?”, “¡¡¿Y si compramos un terrenito por allá?!!”-, el vivir el aquí y ahora es mi impronta para con él. Sí bien es cierto que lo odié y a la vez lo compadecí cuando me contó su verdad, también es cierto que después de ello lo he querido más, y mucho más. Nuestros mail han dejado de ser diarios y a la vez son más largos y profundos. No los espero pero me alegro un cerro cuando me llegan, los imprimo y los leo con toda calma en algún lugar acogedor. Adoro que me llame “mi pequeño”.
Papá se ve absolutamente bien, alegre y cariñoso, disfruta cada instante mucho más que antes. Mamá ha dejado de mirarlo como sí se tratara de un niño. Ya casi no va a trabajar y cada vez pregunta menos por los negocios, todo ha quedado en manos de nosotros, sus hijos, aun que, para mi fortuna, Hannessis e Irineo hacen la pega pesada. Para abril se espera que abandone al 100% la empresa que ha dirigido desde muy joven. Por ahora se preocupa de mis tres hermanos menores, de legalizar los papeles, que lleven nuestros apellidos. Está hecho un papá sumamente juguetón con ellos, los va a dejar y a buscar al cole y al jardín, es él quien prepara esas colaciones, ordena cuaderno, se sienta al lado de ellos a estudiar, leer, mirar monos. Los saca con mucha frecuencia a todos lados. Para mi es relindo verlo así, y aún cuando tanta memoria no tengo de mi época de primera niñez no me cae duda que así él también fue conmigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario