sábado, 29 de septiembre de 2007

toma uno y pasa


Nadie se fue y nadie llegó. Todo siguió tal cual y, sin embargo, todo fue un algo distinto.

Con Lalo continuamos viviendo juntos y paulatinamente él, más que yo, fue asumiendo que ya no éramos pareja. Un par de veces más hicimos el amor hasta el amanecer. Otras veces más fuimos juntos al supermercado. Poco a poco deje de avisarle que llagaría tarde o que, simplemente, no llegaría al departamento. Separamos dormitorios, cuentas, sueños, eyaculaciones, lavados de ropa, compromisos… así vivimos más de un año… pasando de pareja amante a pareja amiga.

Él propuso que ninguno de los dos trajera a pasar la noche a otro. Me opuse como un faro en la tormenta. Nos molestamos un tiempo hasta que él comenzó a venir a casa, a preparar cenas, reuniones con amigos nuevos, celebrar un cuanto hay con Pablo… Pablo… un chico formidable de formidables ojos formidable mirada formidable culo formidable humor formidable entre piernas formidable carácter formidable boca formidable e infinitas formidabilidades. De no haber sido Lalo el enamorado de Pablo yo hubiese salido envuelto en una toalla desde el baño, hubiese saludado a Pablo con un beso cercano a los labios le hubiese ofrecido algo para beber y luego lo hubiese tumbado en mi cama. Pero a La lo no le hubiese dañado e ignoré las miradas de Pablo, el abrazo cada vez q nos saludábamos, los copetes en ese bar… Nunca me acosté con él sólo porque Lalo estaba en medio. Cosa que Pablo, me dijo, hubiese pasado por alto. Finalmente ellos se fueron a vivir juntos y yo me volví al departamento donde vivieron mis hermanos mientras estaban en la U.

Lalo ya no esta con Pablo. El tiempo nos hizo grandes amigos y hoy, años después de nuestra relación, estamos más unidos que nunca. Es mi gran amigo, el mejor de todos los mejores amigos. Nunca dejamos de amarnos. El amor, respondiendo a una voluntad galáctica, mutó a nuevos campos y día a día estamos más cercas.

No pasan 24 horas sin llamarnos. Dos veces a la semana nos juntamos, almorzamos juntos o, simplemente, nos bebemos una lata de chela en el parque Balmaceda. Su actual pareja es un ser cercano a mi, a menudo vienen a pasar un fin de semana a Pirque y yo suelo quedarme en su depto una vez a la semana.

jueves, 27 de septiembre de 2007

la vida

La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.

La vida, un ballet sobre un tema que es historia, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.

La vida, fotografía del número posesión en las tinieblas, la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja tarot de claves olvidadazas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

rueda la rueda

Sentado en la terraza esperé la madrugada y el amanecer sentado en la terraza del desolado hotelito. El mar y el cielo oscuro se fundían en una bóveda donde la brisa fría y húmeda parecía girar como ave rapiña sobre el cadáver de una presa fácil. La última noche, sin embargo, me la pasé en el barcito de la carretera donde me encontré con el tarotista que, sorprendentemente, era dos años menor a mí. La sorpresa no se fundaba que pareciera físicamente mayor a lo que parecía yo entonces, sino que en lo que había acumulado de vida y que se notaba en sus bromas, sus opiniones, la suavidad de sus juicios, la ponderación de sus apreciaciones y la paz infinita de su mirada, de sus ojos oscuros y grandes como el otro lado de la luna llena. Mas la seguridad en sí mismo me impactaba y atraía. Pedí el Pisco Sour del Poeta, de color azul-océano-caribe que según se dice bebía Neruda, con un suave sabor a curaçao, mientras que él bebía cervezas. Luego los dos bebíamos cervezas. Muchas cervezas.

Me ofreció leerme las cartas como regalo de despedida. Me negué argumentando que no creía en ello y que jamás logré entender de eso de Escorpión con ascendente en Sagitario en la casa de Pisis. Menos la zoología china con sus elementos de fuego, madera y no sé que otras cosas. Me miró sonriendo levemente y me invitó a sacar una carta de entre el mazo que ya tenía sobre la mesa entre las botellas y las cajetillas de cigarrillos. Me miraba directo a los ojos, como clavándome su voluntad o forzándome a un gallito. Sabía que de nada valdría como argumento el contarle de mi formación familiar comunista, de que todo es causa-efecto material, que si amaba sería amado, que si odiaba sería odiado, que el esfuerzo trae éxito que la pereza trae fracaso. No me atrevía a asegurar que mi mañana sólo será el resultado de lo que haga hoy, puesto que había hecho mío el paradigma de que el tiempo no existe. Su mirada insistía. Nos fumamos un cigarrillo en silencio, él mirándome a los ojos aún cuando no devolviera su mirada. Finalmente le propuse un trato: “Saco una carta, pero no me dices nada de ella”. Fue la Rueda de la Fortuna. La observo con detención, como sí fuera la primera vez que la viera, la giro varias veces, me miraba y miraba la carta, guardo silencio hasta que al fin suspiro, sonrió y dejo la carta al lado del mazo. “Mi turno”. Ante mi sorpresa extendió el mazo en la mesa y luego de pasar la palma de la mano izquierda sobre ella, con ojos cerrados, tomó una con delicadeza y, aun con los ojos cerrados, extendió su mano haciéndome entrega de ella. Tome la carta más con cariño que por curiosidad y solo cuando estuvo en mi mano él abrió los ojos. Miré la carta con dedicación intentando adivinar que sería lo que él hubiese visto en ella, en que detalles se fijaría y que interpretaría. Luego de unos minutos la deje, delicadamente, al lado de la carta que yo había sacado orientándola en sentido hacia él. Miro las dos cartas y sonrió. Las toco suave. Puso una encima de la otra. Luego la otra sobre la una. La una cara a la otra. La otra patas arriba. Las devolvió al mazo mientras pedía otra cerveza.

Aun cuando sentí la curiosidad de saber lo que pensaba con respecto al juego de las cartas disidí mantenerme discreto. No sé qué hora era, supongo que muy tarde, o muy temprano la madrugada, entonces le pregunté por su visión del “tiempo”. Frunció los labios como si diera un beso y los movió de un lado a otro, de arriba a bajo, elevando la mirada a ninguna parte. Sin embargo, no pasó mucho para que me dijera que el tiempo es como la carta que saqué del tarot, una rueda que siempre gira, que no va a ninguna parte porque no debe ir a sitio alguno pero, pero que estaba en mí hacerla subir. El tiempo nunca viene para ir a algún lado. Siempre está y estará aun cuando nosotros no estemos un día en el. La línea recta es un invento de los hombres, no de la naturaleza.
Nos despedimos con un fuerte abrazo donde la calle de su casa y de mi hotel se juntaban, al comenzar la plaza, bajo los grandiosos cipreses, en la oscuridad de la noche, entre los fríos brazos del mar que nos alcanzaba en forma de brisa, oliendo la humedad presente y su aroma a cerveza y cigarrillo barato, a hombre y a sabio, a todo y a nada.

martes, 25 de septiembre de 2007

etcétera

Ni marea alta ni marea baja. Nada me parecía distinto caminando sin rumbo por Isla Negra, lugar al que fui a parar simplemente porque el aroma a poesía me resultó primaveral. El hotelito era pequeño y acogedor y contaba con un gran comedor con vista al mar, desde la terraza la caza de Neruda se veía claramente invadida por alguno que otro turista. La temporada baja reinaba sin visitantes atestando las callecitas de tierra que los cipreses cubrían con sus ramas altas y en la playa agitando el veraneo del litoral central. Solo dos artesanos se mantenían en la placita y un tarotista joven con barba de anciano y mirada eficaz esperaban el milagro y no a los turistas.

Extrañamente me sentía tristemente bien, y ello me causaba ruidos que intentaba hasta las madrugadas silenciar. Alguien en mi sufría y se decepcionaba, se entristecía al acostarse en esa cama helada de aquella habitación pequeña, sentía ganas de llorar en cada despertada y, como pocas veces, experimentaba la sensación de la soledad y el abandono. Y alguien en mi se complacía por el camino decidido, te recordaba feliz sin desearte en esas tardas y esas noches y esas mañanas de horizontes ininterrumpidos y misteriosos. Entonces ¿Quién era yo cuando experimentaba la sensación de desconsuelo, recluyéndome en mi mismo como un niño acurrucado de frío? ¿Quién era yo cuando mis brazos se me hacían alas de pájaros y tenía la certeza de alcanzar todos los horizontes que nacieran en el océano? ¿Cuál de los dos era yo? ¿Los dos? ¿Un otro totalmente distinto? ¿Ninguno? ¿Etcétera? Y en esa confusión me llegaba tu imagen desolando el que había sido nuestro departamento, y no surgía en mí tristeza por ello y, en cambio, me preocupaba hacerme de la certeza de que lo no estuvieses pasando mal.
Jamás recurrí a las típicas preguntas despechadas, supongo que para evitar crearme un infierno en la cabeza.

Una noche en que me quede bebiendo vino y cervezas con el tarotista y uno de los artesanos en el único bar de Isla Negra, en la orilla oriente del camino que va hacia El Quisco, me encontré una revista sobre la mesa que hacia de escritorio en la recepción del hotelito. No había a quien pedírsela prestada y simplemente me la lleve. Siempre el leer me ha sido útil para escapar a la artillería de pensamientos en situaciones como aquella. Pero no fue sino hasta el otro día, a media mañana, cuando el sol se filtraba de entre las nubes claras de otoño, que, sentado en la terraza bebiendo mate y fumando cigarrillos suaves, leo “Las Profecías Mayas” como título. Incrédulo busque el artículo y comencé a leerlo sin mayor expectativa.

Ese fue mi primer acercamiento conciente a la cosmovisión Maya, claro, sin suponer que me haría tanto sentido, ni sospechar que desequilibraría la brújula de lo que había imaginado mi vida hasta ese entonces. Me quedé pegado en el tema durante el resto de mi estancia escapista en el litoral del poeta. La idea de que el tiempo no existe me parecía alucinante, un tobogán hacía ninguna y todas las partes, una hoja amarillenta que sube desde el césped hasta la alta rama del árbol para tornarse de color verde y construir primavera solo por el gusto de hacerlo. Pero sí el tiempo no existía… entonces ¿cómo podía existir yo? Y, más terrible aún ¿Quién soy yo? Sabía mi nombre, sabía quienes eran mi familia y mis seres amados, lo que me causaba temor y muchas cosas más, pero ¿Quién soy yo? Y sí el tiempo no existía, entonces no existía el ayer, ni quienes habitaron mi ayer, ni yo existía en mi ayer y los etcéteras se multiplicaban sin agotarse nunca. Los etcéteras son eternos.

Que el tiempo no existiera podía comprenderlo. De niño me preguntaba como alguien supo que tal hora era la media noche o el medio día y no aceptaba que el día no durara desde que sale el sol hasta que se pone, y que solo ahí naciera la noche. Finalmente no comprendí porque el sol nacía y moría en un mismo día mientras que la luna en dos. Que el tiempo no existiera me daba casi lo mismo.

No hay tiempo, el pasado era solo una ilusión. Entonces ¿Qué pasaba con todas las cosas que había yo vivido, las personas que había amado u odiado, las alegrías y las penas, la sensación de indefenso cuando mamá enfermó, la certeza de que papá siempre estaría, las noches que había pasado haciendo el amor hasta desfallecer y las que las pase en solitario imaginando al mejor de los amantes, y la escuela, el liceo y la universidad, y los viajes, los paisajes, y nuevamente el infinito de etcéteras?

¡¡ Etcéteras !!

Hoy, mirando ese entonces con el humor que da el paso de los días, creo que finalmente todo es una experiencia cuyas enseñanzas se pueden, en cualquier momento, modificar a voluntad. Y esa es la forma de alterar el pasado para co-crear la realidad que se desea. El ayer lo puedo modificar desde el hoy y así modificar mi presente que determinara el futuro.

Todo es aquí y ahora, y eso es el infinito.

Lo demás es lo demás y no importa.

domingo, 23 de septiembre de 2007

monociclo

Durante toda la mañana te telefoneé para recordarte que aquella noche Isabel celebraba, con un generoso grupo de amigos íntimos, su cumpleaños número 30. Hacía ya meses que habías estrenado la costumbre de olvidar no tan solo fechas sino que todo lo que nos era importante, tradicional en nuestra relación. Así fue como se te pasó mi cumpleaños y lo recordaste al día siguiente al ver bajo la puerta una tarjeta postal proveniente de Buenos Aires con el saludo, en letra medica, de tu mejor amigo Marco. Entonces regresaste al cuarto donde yo aun yacía sobre la cama dormitando pensamientos. Me miraste desde la puerta con la postal en tu mano izquierda mientras que la derecha tapaba tu boca. Yo sentí tu presencia y desistí de voltearme, de averiguar que pasaba, deseaba que mi tristeza fuese el aire que respiraras mientras me mirabas de espalda a ti cubierto por la sabana blanca. No deseaba que olvidaras el cumpleaños de Isabel ni deseaba ir sin ti a saludarla para llevarle, como siempre, de obsequio un CD de Jazz o de música étnica. Menos deseaba que le fueras a ver al día siguiente o, peor aún, solo le llamaras por teléfono. Pero no te encontrabas disponible en tú celular y la voz carraspeada de Rosa, tu secretaría, te encerraba en una reunión diferente cada vez que le preguntaba por ti.

Ese día de otoño frío yo no trabajaba y en la tarde salí por calle Lastarria a la desquería que hacía poco había inaugurado en calle Merced, muy cerca del teatro. Pero al llegar a la esquina del almacén del hindú el Parque Forestal se estrelló en mis ojos y como embriagado decidí caminar por el. Ya las hojas de los plátanos orientales se lanzaban, amarillentas, sobre el césped maltratado y crujían con mis pisadas. Entonces te llamé para contarte que me estaba desquitando de los árboles que cada primavera te causaban una alergia tremenda, y tu celular no respondió y Rosa, cuando llamé a la oficina, me anuncia que te habías retirado. Fui entonces yo una hoja amarillenta que un extraño había pisoteado sobre el césped de la realidad lánguida. Caminé en círculo contrarios al reloj durante algún rato, con la vista fija en el suelo, sintiendo tantas cosas, pensando en tantas comas de los últimos párrafos de nuestra historia que me mareé sin saber de que y me escapé al bar-café-cyber del costado del Museo de Bellas Artes. Me senté en una mesa con vista al Museo y al Puente Loreto y bebí dos cervezas paceñas mientras fumaba. Decidí no ir al cumpleaños de Isabel y desde el mismo bar le escribí un mail disculpándome sin siquiera rozar tu existencia, tu nombre. Entonces caminé por el frente del MAC y me encontré con un ensayo de circo, una nube de humo de marihuana y un aire alegre que no pisoteaba las hojas del otoño. Apenas decidí quedarme ahí opté por ir a la botillería de la calle Mozqueto a comprar unas latas de cervezas, me gustaba esa botillería porque no parecía tan botillería y, además, vendía flores. Entonces no compré latas de cervezas sino que una botella de vino tinto merlot que tenían en oferta junto a dos copas plásticas de un horroroso color rojizo eléctrico. Ya había salido y caminaba hacia el Museo de Arte Moderno cuando regresé y me compré una alstroemeria anaranjada, no sin antes convencer al florista que minutos antes me vendió vino de que me vendiera solo una flor y no el ramo completo envuelto en papel celofán. Regresé frente al museo y me senté sobre las hojas en el pasto detrás de los muchachos que practican artes de circo.

Entonces lo vi, Lalo, fue en ese momento en que lo vi y mis ojos se quedaron anclados en sus ojos. Él practicaba en un monociclo y se parecía a un gigante equilibrado y zigzagueando sobre la única rueda que lo sostenía en este planeta, desafiante de las leyes de gravedad. Que se tratase de un chico atractivo y alegre y astuto fue una casualidad. Que termináramos bebiendo el vino y fumando uno de sus pitillos de buena marihuana fue un regalo. El deseo de acostarme con él y de explorar todo su cuerpo e invitarlo a equilibrar el mío en la rueda de sus talentos no fue casualidad ni regalo. Lalo, fue un deseo que emanó desde la médula de la tierra y florecía en mis ojos y explotaba por cada uno de los poros de mi piel, transformando todo lo que el otoño tenía de triste y de romántico en una humanidad palpitante. Se trataba de un deseo genuino, puro, total. Entonces mi mano aterrizo en su mano y mis dedos entrelazaron los suyos; eran unos dedos largos como sí cada uno de ellos fuese una columna vertebral sosteniendo una verdad inagotable; enlazadores de mis dedos y de mi mano que hasta el instante anterior era un desierto. En su mano sentí todo su cuerpo, su pecho de macho joven, sus muslos delgados y firmes como los pilares de una catedral escondida, su corazón latiendo en el campanario de sus costillas. Y el apretaba mi mano, la atrapaba y luego la soltaba sin que nuestros dedos trenzados deshicieran la espiga de trigo que dibujaban.

Regresé caminando por el centro de parque que a esa hora estaba habitado por parejas y paseantes de perritos sosos. Junto con la botella de vino nos bebimos las horas hasta vaciar el reloj y nos fumamos en la marihuana el instante que no se volvería a repetir. Atrás quedaba un instante que luego descubriría como una llave que abría mis mañanas. Adelante los cojines sin tu presencia y en medio el negocio del hindú donde compre una botella de merlot, de mejor calidad que la que bebimos con el mejor compañero del mejor momento terrible que había vivido hasta ese entonces. No me sumergía en la tina con la intención de experimentar la más larga de mis masturbaciones, inspirada en el chico del monociclo, porque estabas tú en nuestro departamento. Te miré desde la puerta de entrada dudando en entrar o regresar al parque y sentarme a esperarlo llegar sobre una rueda aunque para ello pasaran días, semanas y meses y darle el teléfono que no le di y pedirle su dirección que no le pedí. Pero Lalo, tu mirada me ató a nuestro hogar, me ató al compromiso inicial de fidelidad, me ató al deber. Entonces te saludé con un beso en la mejilla y el aliento infiel de vino y marihuana. Tu sospechaste que algo pasaba porque tomaste mi mano son dejarme ir y me sentaste a tu lado. Entonces miraste mis ojos rojos y achinados y te guardaste todas las preguntas y todos los silencios y en la sospecha optaste, cobarde tú, por besarme y cobarde yo te besé. Pero ese beso no era un beso para ti, Lalo, era un beso para el que un día fuiste, ese que se perdió sin que yo me diera cuenta y que sabía no había de volver a regresar.

Ya no estábamos enamorados, Lalo. Hacíamos el amor con una confianza única y un talento que daba el conocernos desde hace años en el virtuosismo de nuestra sexualidad. Pero no nos dedicábamos caricias ya, no nos abandonábamos al otro ni lográbamos caer en el vacío total luego del salto desde la cumbre del clímax. Entonces caímos en un silencio terrible y el vino en las copas sobre el velador se esfumaba como una nube de gas, se contraía y escapaba mientras nos sentíamos uno al lado del otro, apenas mirándonos, pensando que eso es el tiempo. Aquella noche dormiste como todas las noches mientras yo colgaba por el balconcito, consumiendo la noche, esperando el sol de otoño para caminar lejos de ti.

Lalo, no importa que no lo creas, hacía tiempo que dejaste creer en mi y, peor aún, de creer en lo que tú eras en mi, ese amanecer entendí que lo nuestro no llegaría a ese medio día. Y así te lo comuniqué cuando despertaste desnudo sobre la cama toda deshecha, y lloraste como nunca te vi llorar y te ahogabas entre lágrimas, hipos y saliva y yo te consolaba mientras postergaba mis propias lágrimas. Solo cuando salí del departamento y ya estaba en la calle Lastarria con Padre Luís de Valdivia decidí irme a la playa en mi monociclo imaginario una semana para no ver como sacabas todo cuanto quisieras sacar del departamento que había dejado de ser nuestro hogar.


sábado, 22 de septiembre de 2007

"mi parís"

Ya entonces el departamento se me hacía lo suficientemente amplio como para no hallarte en sus rincones, ni bajo el viejo parquet, ni en el interior de los artefactos del baño. Tampoco te encontraba sobre algún cojín, y eso que en nuestro departamento los cojines habitaban prolíficos por todos los sitios, los había de todos los tamaños y en una gama tan amplia de colores como pájaros en el cielo, destruyendo todo precepto de decoración y estilo, pero nos encantaban tanto que nuestros amigos comenzaron a llegar con ellos como regalos para nuestros cumpleaños, navidades o aniversarios… no percibí el instante en que comenzaste a desaparecer de la superficie de todos los cojines. En el interior de la cocina tampoco te encontraba; ya no estaban tus huellas en el fondo de alguna cacerola ni en la superficie de un plato ni el borde de las copas. Sin ti, Lalo, el departamento era una llanura interminablemente solitaria, una embajada. Y sin ti el departamento resultaba una prisión por donde entraba el sol que amanecía tras el Diego Portales.

Fue entonces en que adquirí el placer de salir a caminar cada atardecer por la vereda de Lastarria hasta llegar al almacén carero del hindú y doblaba por calle Merced hasta la real calle de José Miguel de la Barra, que tanto te recordaba tu estadía de estudiante en Saint-Germaín-des-Prés. Después que me contaste sobre esas calles y esos café para mi todo el barrio me resultaba tu barrio juvenil de estudiante afortunado. Entonces caminaba hacía el Museo de
Bellas Artes y siempre me detenía a observar el viejo carro de bomberos tan lustrado que dificultaba imaginarlo alguna vez apagando incendios. Tu bien sabías la historia no tan solo del carro sino que de esa unidad de bombos y fueron tantas las veces que juntos nos detuvimos a contemplar la reliquia y cada vez me contabas la historia como la primera vez que dejo de ser tu historia para ser la mía. Al llegar frente al pórtico del Museo de Bellas Artes me sentaba en su escalinata tan iluminada a mirar pasar peatones, homosexuales buscando aventuras de entre piernas anónimas y paseantes de perros de rezas siúticas. Algunas veces alguno se me acerco y durante horas charlábamos; ellos arrastrándome al plano sexual, rozando sus rodillas con la mía; yo manteniendo la distancia de lo sexual y aproximándome a lo personal mientras esquivaba el roce de sus rodillas. Luego regresaba por el mismo camino pero por las veredas contrarias, con paso más lento. Había perdido el encanto de llegar al departamento y encontrarte sentado sobre uno de los cojines.

Habíamos sido dos tipos enamorados que construimos un hogar que queríamos eterno. Pasábamos horas colgando por el pequeño balcón del departamento 71 de Lastarria doscientos ochenta y tanto, sentados en el mismo sillón de cuero rojo que rescatamos entre los desechos que dejó el antiguo habitante del departamento. Entonces el mundo nos parecía tan amplio que corrías desde tu trabajo y yo desde la universidad a refugiarnos en el. Luego yo también comencé a huir de mi trabajo para sentirme a salvo en el interior del hogar. Por ese entonces yo te veía tan grande como un molino, o como una catedral. Las sorpresas te nacían espontáneas y magníficas. Aun teniendo la intención y el deseo rechace, en una relación posterior, el enclaustramiento del fin de semana. Ese era un acto total, magnífico. Por mail comunicamos con días de antelación a los amigos que nos iríamos a la playa y a nuestras familias le contábamos la misma mentira. Entonces el viernes íbamos al supermercado y nos aperábamos de alimentos, galletas, botellas de vino tinto y kilos de postres halado Loncomilla; tu preferido era el tiramisú y el mío el suspiro limeño, pero también nos encantaba el de frambuesas a la crema, el kuchen de quesillo y el praline y los comíamos del mismo pote, cuchareando a la vez, a cualquier hora, especialmente sobre la cama después de haber hecho el amor en la noche, en la tarde, en la mañana o mientras sonaban las campanas de la misa dominical de la vieja iglesia de Veracruz. Cocinábamos juntos estando desnudos, era fantástico cuando nuestros cuerpos se rozaban mientras uno preparaba algo y el otro un otro algo. Ya ese entonces también te habías convertido en vegetariano.

Y luego solo fuimos dos buenos amigos compartiendo un departamento, durmiendo juntos en la misma cama que compramos a los anticuarios del Bio Bio, comunicándonos escuetamente nuestras actividades diarias, yendo cada vez menos a la última función del cine El Biógrafo o al teatro o a la casa de nuestras familias o a cenar a fuera. No volvimos a colgar del pequeño balcón ni a explorar nuestros cuerpos por si había nacido un nuevo lunar. Y yo comencé a caminar por las calles del barrio que tu llamabas “Mí París”

jueves, 20 de septiembre de 2007

planes


Mini vacaciones en una isla de calor húmedo y gente sensual; mujeres vestidas en pareos y hombres vestidos en tatuajes. Toda la familia repartida en pequeñas habitaciones frescas y simples; comiendo juntos, bebiendo juntos, amaneciéndonos juntos. El regalo con que papá nos reunió para confesarnos aquello que todos nos preguntábamos sin verbalizarlo.

Algo raro notó Vera y en silencio me lo comentó luego que papá preguntara a Hannessis sobre sus planes para los próximos meses y luego la misma pregunta se la formulará a Irineo. “¿Cuáles son tus planes para los próximos meses?” fue la pregunta que nos formuló uno a uno en distintos momentos y siempre estando todos presentes. Al contra preguntarle por sus planes el respondía con un simple “vivir”.

Los hermanos con pareja no declaraban planes impredecibles y los dos solteros, Vera y yo, reconocimos el deseo de efectuar viajes. Mi hermana piensa pasar el verano junto a su pololo recorriendo México. Yo declaré volver al Valle del Elqui por, al menos dos meses, y para la próxima primavera del hemisferio norte ir a visitar a Artemisa, quien vive por un tiempo en Roma.

Nada más se habló sobre los planes futuros hasta la ultima noche en Isla de Pascua en que papá, después de la sena y mientras bebíamos en la terraza del hotel, nos pide que desea que ninguno de nosotros cancele, por razón alguna, los planes que habíamos confesados ni abortemos aquellos que podían surgir en los próximos días. Que Hannessis se tome sus vacaciones en una segunda luna de miel con Andrea, que Minerva con Daniel viajen a Iquique para buscar el departamento que desean tener, que Irineo tome el curso de buzo este verano, que Vera viaje a México y que yo me regrese al Valle del Elqui. Que nada se vea alterado.

Ante tal petición se develó una verdad que no deseamos, una verdad infame…

Las expectativas de vida de papá no superan los seis meses.

El silencio reinó en la Isla, el mar dejó de batir olas y de crear espuma, los moais bajaron la vista, las caracolas dejaron de crear islas y todos los ojos de nuestra familia lagrimeo gotas saladas de un mar en tormenta

No pienso en como me podré ir al valle en los próximos días, aún teniendo en claro que ahora no es algo que solamente haya deseado realizar sino que es un deber, una obligación para con papá. Solo pienso en este domingo en que partiré esperando que 40 días pasen pronto para estar de regreso

De regreso a papá, al corazón de papá, al origen del amor.

viernes, 14 de septiembre de 2007

pascua en 18

Suponía que estaríamos en casa, haríamos cosas en conjunto y cada cual saldría de carrete, o no, como siempre.

Con Camilo habíamos quedado de juntarnos el domingo, existía la idea de irnos a la playa por una noche. Vera tenía planes de que fuéramos a bailar a la Blondie y el martes a una tocata donde participa su pololo.

Dos amigos del Valle que están en Santiago me habían llamado para juntarnos uno de estos días, quedamos en coordinar..

Todo el mundo planificaba carretes y enviaban e-mail

La verdad es que me hacía mucha ilusión salir con Camilo, todas mis energías estaban puestas en ello. Mamá, tramposa, me había sugerido que fuéramos a la casa de Tunquen, como nadie irá… dijo pícara. Camilo, al saber que estaba la casa de la playa disponible, canceló algunas cosas para las cuales se había comprometido hacia tiempo.

El miércoles, a la hora de la cena en que celebrábamos el cumpleaños de Papá, para lo cual había enérgicamente prohibido que le lleváramos regalos, anunció que él nos tenía un regalito a cada uno de nosotros y a la vez para todos…

Resultado, en un par de horas todos partiremos al aeropuerto y pasaremos una semana en Isla de Pascua.

Hacía tiempo que deseaba ir a la isla, claro, no como hijo, hermano, tio… sino como hippie, pero linda la sorpresa de papá.

Camilo entendió la situación y, como lo sospechaba, me deseo que lo pasáramos muy bien, sin pizca de recriminación. Hoy un correo con una foto para “tener presente”, jajaja

Así que a Pascua los boletos, las empanadas y el vino tinto.

domingo, 9 de septiembre de 2007

exit

Durante un rato,
que se asemejó al infinito,
permanecimos en silencio.

Tímidamente
nuestras miradas
se cruzaban
y
nuestras bocas
esbozaban una sonrisa
efímera.

La terraza
del café
literario
se hacía cada vez más pequeña
para nuestro silencio

y

salimos

por unos pasos encontrar.

El maestro y las magas o el encontrarse a la vuelta de la esquina

Desperté de súbito, como de un salto; la luminosidad del día indicaba que la hora seis había pasado hace un rato. Dudé un momento, tendido en la cama con los ojos entreabiertos, si descorrer las cortinas, abrir las ventanas y sentarme en loto a meditar mientas una vara Nag Champa se quema impregnado el ambiente con su aroma a paz, universo, silencio, o darme comenzar el día así sin más. Sentía mi cuerpo algo cansado por haber dormido un poco más. El pene erecto dolía reteniendo la orina de toda una noche o, quizá, el último pensamiento de la noche anterior, en el que mi sexualidad me reclamaba una atención real y no el consuelo acostumbrado, se manifestaba.

El no tener reloj a la mano me ha permitido desarrollar la intuición en cuanto al horario y siendo el sol un indicador de la hora, al esté ir cambiando día a día, me ha enseñado que nunca una hora es la misma hora que la hora, a esa hora, del día anterior. Todo cambia, todo es inpermanente, nos lo ha enseñado el sol desde que nacemos. Finalmente aspiré profundo y me incorporé al día. Mientras puse la tetera para calentar el agua del mate esperaba percibir que fluía para comenzar con mis actividades. Sólo sabía que a medio día tendría una reunión que prometía ser grata con el equipo de una ONG dedicada al tema pobreza, para quienes colaboro sin lucro. Puesta la tetera al fuego me acerque a las ventanas, que son muchas, para abrirlas y permitir que el viento, el aire o la brisa renueven todo, soplando, de paso, toda señal de una hora pasada. Al abrir la primera ventana, que da hacia el oriente, una corriente fría inicial activo los poros de mi piel para dar paso a la los tibios rayos del sol que reinaba el día. Me apresuré a abrir todas las ventanas y desnudo salí al patio. Oriné en la taza de un árbol mientras me situaba en un sector donde el sol llegara a todo mi cuerpo. De súbito las imágenes del Valle del Elqui llegaron volando a mi cabeza y vi a Muchi desnuda bailando bajo el sol del amanecer. Cerré los ojos y las imágenes se sucedieron una a otra y en cada una de ellas alguien se unía a la danza de Muchi; Matías con su melena clara, Angella con su cabellera gitana, Pablo con sus brazos largos, Marcos con sus trenzas desordenadas, Adeline y su sensualidad, Lito con todo su ser en la piel. Les vi danzar con ojos cerrados, a pies descalzos, con el sol brillando sobre sus cuerpos, sonriendo, rozándose. Los vi dejando de ser ellos bailando para ser ellos el baile, los movimientos no eran de sus cuerpos, ellos eran el movimiento, se convertían en ritmo, en sol, en tierra. Dioses danzando con el sol. Sentí un profundo amor por todos ellos, un sentimiento que dibujo una sonrisa en mi cara mientras mis ojos comenzaban a llorar el amor que sentía en ese momento, el pecho se me apretó, las mandíbulas se tensaban, la traquea (creo que así se llama) se cerraba y debía ejercer una suerte de esfuerzo para que ingresara el aire a los pulmones y tragar la saliva que se acumulaba y de pronto todo fue tranquilidad. Vi que los chicos danzando formaban una ronda que, entre Muchi y Matías se cortaba. Me vi llegando desnudo, con los ojos cerrados. Me asía de la mano de Muchi y de Matías, el círculo se completaba y todos danzábamos en armonía entre los cerros del Valle del Elqui, donde el cielo está más cerca.

Para cuando comencé a ser conciente del lugar en que me encontraba, percibiendo los cerros de Pirque y el sonido del Río, abrí los ojos, noté que había danzado pues el sol ya no estaba de frente a mi sino que de costado, mis pulmones respiraban más agitado y la tetera sonaba como un antiguo silbido de tren. Con los pies juntos en el mismo lugar baje mis manos hasta tocar el suelo y luego subirlo hasta tocar el cielo. Di gracias por la meditación y me incorporé al día cebando el mate que bebí lentamente.

La jornada había transcurrido suave, la reunión había sido todo lo que una reunión bien intencionada es. Había almorzado con mis dos hermanos mayores en un restaurante cerca de la oficina. Al fin había pasado por el correo a dejar unas cartas destinada a una casilla de Pisco. Ya dispuesto a regresar a casa decidí estacionar en unas callecitas de providencia y pasar la que restaba de la tarde en el Café Literario de Providencia. Me encanta que al fin una biblioteca se pueda disfrutar al aire libre. Saqué del morral el libro de Jodorowsky y la pequeña croquera que uso como libreta de apuntes, agenda y otros fines similares. Dispuesto a retomar el párrafo donde lo había dejado levante la vista y un chico, sentado a dos mesas de mi, me sonrió como aprobando el libro que sostenía entre mis manos. De ahí a volver a mirarlo, intentando que él no se percatara, no pasó mucho. Desde el primer instante que apareció en mí vista supe que se trataba de un ser distinto: una amplia cabellera rastafari color miel tomada en un rebelde y libertario moño; una barba completa, también color miel, cuidadosamente ordenada que desentonaba con su cabellera; una chomba en colores verdes como aquellas que se venden en Perú y Bolivia; jeans amplios de hiphopero; zapatillas de esas que llaman urbanas en color café. ¿Cuál de todos era él: el rasta, el artesa, el hiphopero, el taquillero de zapatillas urbanas, el tipo formal de correcta barba o el lector de un grueso libro? ¿O era todos ellos a la vez, sin resistir clasificaciones ni mentalidades de las que sobre él me formulaba? Sumido en ese pensamiento y ya liberado de la formulación de un juicio nuestras miradas se vuelven a cruzar y vaya, de tan preocupado que estaba de cual de todos los que en él veía sería realmente no había reparado en sus ojo, sus ojos siberianos que relucían como dos soles azules en el infinito de su rostro color mate, dorado, atardecer en el desierto.

Nos sonreímos en una sonrisa que, lejos de ser un arma de conquista o simpatía, nos reconocía y nos convocaba. Contra todo pronostico de mí mismo recogí mis cosas y me acerque a él sin que me dejara de observar. Mientras me aproximaba el acomodaba una silla para mi y hacía espacio en otra para sus cosas y las mías. Una vez sentado a su lado sentí temor de no saber como irme de ahí si así lo quisiera y sintiéndome de alguna forma prisionero en una jaula donde los barrotes eran mis miedos y el candando mi mente, estiré mis piernas, deje el libro sobbre la mesa y acomodé mis manos entrelazadas sobre el. Nos observamos un prolongado momento, oía el sonido de su respiración y el pliegue de sus párpados cada vez que pestañeaba a la vez que me hundia en sus ojos extrañamente hermosos. Su sonrisa se acentuó aún más y con movimientos suaves pero firmes retiro el libro debajo de mis manos y a su lado depósito el libro que momento antes leía dejandome congelado como una estatua labrada en una ropa de sorpesa. En voz varonil y cálida dijo, como preguntándose a sí mismo: “¡¡¡¿Casualidad o Causalidad?!!!”. Al ver sobre la mesa el mismo libro de Alejando Jodorowsky que yo leía me pareció sentir que una verdad se develaba mientras el universo giraba sobre nuestras cabezas… “Sincronía”, respondí. Mientras ambos acomodamos nuestros dedos índices en nuestros labios y elevamos la vista hacia el universo imitando la portada del libro.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

exploando el día de la ciudad


He comenzado a salir ofreciéndome ante mi familia a realizar todo lo que a ellos les da tedio, y todo lo que sea salir de Pirque se les asemeja a un suplicio.

Así he comenzado a reconocer los parques y algunas esquinas de la ciudad: sacarme las zapatillas y desabrochar la camisa para tenderme a leer en el parque que va por el Mapocho en Providencia me encanta; beber botellas de agua mineral en el Forestal mientras se comienza a poblar de jóvenes cuya identidad sexual se hace difícil de clasificar; beber café negro y sin azúcar en el Emporio de La Rosa mientras la tarde cae; dormitar en el parque de las esculturas entre obras de gran formato y parejas de oficinas enamorados; ver el atardecer desde el puente en forma de arco que une el parque con el otro lado del río; ofrecerme a jugar a la pelota con los equipos que se forman en el Parque Balmaceda; mirar hombre y mujeres físicamente bellos y cruzar una que otra mirada acompañada con una sonrisa en el Café Literario; para fumar he descubierto el placer de caminar por calle Constitución hasta dar con la Chascona de Neruda. Incluso, he descubierto café y restaurantes en los que puedo defecar en limpios baños sin pagar ni pedir permiso.

Y siempre, cada vez, una y otra vez, se recrea la misma acción y el mismo pensamiento.
Al ver a lo lejos alguien acercarse imagino que es uno de mis amigos del Valle. El mismo pensamiento se me recreaba en el valle: al ver a alguien caminar a lo lejos imaginaba que venía por mí. Pero en esas ocasiones no pensaba en amigos o hermanos, sino que un compañero que proveía la existencia.

Me gusta pasear solitario por esos rincones de Santiago cuando la mayoría, por obtener una migaja de la torta, se saca la mierda en terribles oficinas con terribles horarios y deberes. No siento que por vivir tan exitistamente sean seres que se pierden de algo extraordinario, como es la vida, y por ello los desmerezca. Soy conciente, desde temprana edad y por que así mis padres nos lo hicieron ver, que pertenezco a una de las pocas familias con suerte de este país, lo que me permite poder vivir en el Valle o en los Parques de esta ciudad sin mayores complicaciones.

Aún así me siento extraño… el hecho de que papá este desahuciado me ha hecho revisar la lectura que he tenido durante tiempo sobre la vida, el vivir y el amor.

Cuando he caído en el profundo agujero, al ver todo negro, he dado impulso definitivo a mis impulsos más primarios y he salido en busca de la ciudad salvaje; sin que el cuero me de para adentrarme en ella.

martes, 4 de septiembre de 2007

crisis



Sentía que algo se venía entre un día y otro día y que, más ahora que en otro momento, estallaría comprimiendo el paisaje entre mi pecho y los dedos de los pies. Entendía que no era causado por la lectura de Alejandro Jodorowsky, aun que sus páginas de luz y sangre y de sangre y luz me anunciaran la crisis como se anuncia una fiesta bakana en carteles pegados con engrudo en las esquinas de Bellavista que todos meamos.

He tenido dos crisis en mi vida; en la temprana adolescencia y otra poco antes de emigrar al Valle del Elqui como un pájaro con las plumas empapadas. Ambas fueron demoledoras y profundamente dolorosas, removiendo cada uno de los tentáculos de mi personalidad y sus cómplices, rompiendo la goma de mis zapatos, anudando los cordones a sendas rocas invisibles, trizando cada paso que daba, escondiendo todo sueño en sendas grietas, ocultando mi sombra en cementerios lejanos, lagrimeando mis ojos hasta que tuvieron el color de la pena, anudando mi sexualidad en firme nudo marinero e impulsando mi navío de una tempestad a otra peor, azotado por los meridianos y los paralelos, ahorcado por la línea de los horizontes, adiando esas crisis por ser tan perras hasta que al fin me dejaron, agónico y escuálido como un naufrago, cerca de una isla donde re fundaría la vida con los escombros rescatados hasta aprender a querer eses crisis justamente por lo que antes las odie, por PERRAS.

Supe que la crisis se venía cuando una madrugada de viernes desperté con sendas ganas de vomitar. Apenas pude llegar al jardín cuando caí en cuatro patas expulsando cuanto había comido durante el día y quizá cuantos días antes también. Madrugada. No acudí por ayuda considerando la distancia y la hora. Me recosté después de cepillarme los dientes y enjuagar la boca avinagrada con mucho agua con cloro, como es el agua de la ciudad, me recosté y me concilié el sueño durante unas horas. Me desperté con un fuerte dolor bajo el estómago, del lado derecho, intenté recordar que existía ahí y no logré dar con nada. No me dormí más y soporte el dolor en solitario, descubriendo un desconocido placer en cada punzada que contraía todo mi costado derecho y humedecía mis ojos. Así pasó el sábado y el domingo, no ingiriendo más que agua y fumando marihuana para separar la mente del cuerpo, concentrándome en meditar y repitiéndome una y otra vez que ese dolor no era otra cosa que el ego llamando, como no, la atención, reclamando ser el centro de mi atención. El lunes, en medio de una reunión de la Vicaría de la Zona Sur, el dolor evaporó mi voluntad y terminé en un centro médico donde me operaron de peritonitis.

La crisis aún no actuaba, sólo me mostraba el brillo de sus colmillos mientras la viscosa baba caía de su hocico sobre el cesped amarillento del invierno.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Enlazador de Mundos Galactico

Enlazador de Mundos Galáctico no responde a algún exceso de vanidad o alguna ambición espiritual ni el recuerdo de algún Comic que haya leído de niño… solo corresponde a mi KIN Maya y me agrada.

Hace un tiempo que venía sintiendo las ganas de iniciar un nuevo blog, ya no como un archivador de pensamientos o ideas que se me vengan a la cabeza, tampoco iniciar una crónica de mi vida como lo fue el blog Valliano, sino que los hechos que vivo últimamente y los que supongo que han de llegar me incitan a tener un lugar donde vaciarme, quizá contenerme, en intimidad personal y anónima por quien quizá me pueda leer.

Este primer post se escribió un día Humano Magnético Amarillo:

LIBRE VOLUNTAD, HAZ LO QUE QUIERAS, ENTREGA TU SABIDURÍA.
Ve cuales son tus Propósitos... Atráelos