Día a día comenzaba a disfrutar mi estadía en casa, tanto como antes, antes de saber la maldita noticia y regresar a la ciudad. Asumí mis tareas en la huerta y festejaba los días del agua, tomé turno de cocina, cambié de posición la cama de mi dormitorio, amén de participar de las meditaciones del amanecer, los ejercicios de sicocalistenia y yoga y dar reiki junto a los demás. La sensación de soledad, entendiéndola como el no tener una pareja afectiva y sexualmente exclusiva, dejó de inquietarme y dejó de incomodarme ver a Matías y Lito juntos en su cama de enamorados. Dos veces compartimos la cama hasta el amanecer y jugamos a creernos la trireja como sí tal cosa pudiese existir en seres cuyo ego aún vive y se manifiesta.Así la cosa, ya no me sentí el visitante eterno de la comuna, el cometa que cada cierto tiempo se aproxima a un sistema solar del cual es parte sin pertenecer a él. Descubrí que mis deseos de no abandonar la vida en el Valle del Elqui, como tampoco a mis padres y hermanos, se debía solo a mis apegos, al negar el principio de la inpermanencia en la existencia y a la sensación de seguridad que me da el acomodarme a una situación concreta. Después de comprender aquello, la idea de pertenecer a dos mundos distintos como lo es Santiago y el Valle, asumir dos domicilios –ambos permanentes y ambos inpermanentes- me resultó una situación entretenida de vivir.
Con Camilo mantuvimos silencio durante algunas jornadas; yo no conectándome a msn y él no escribiendo correos. Aquello, lejos de separarme de él solo contribuyó a que lo pensará más e, incluso, deseara sentirlo próximo. Así fue que una noche cuando la fogata acabó, y la marihuana aún no abandonaba mi conciencia, escribí un sendo mail a Camilo declarando mis sentimientos, sensaciones y temores hacia él experimentados durante los días de silencio. A la mañana siguiente un mail de tres líneas:
“Mi cosita linda, no tema, no hay nada entre nosotros que nos pueda dar miedo.
¿Te tomó la reserva para Buenos Aires?
Más tuyo que ayer, Camilo”
Fue ahí que decidí hacer el viaje y en cosa de dos días un mail de una agencia de viajes me indica que mi reserva esta hecha, 12 con 15 de octubre. Entonces le envíe el número de mi tarjeta a Camilo y así se concretó todo. Cuatro días después viajaba a Santiago con una lista larga de libros a traer –Jodorowsky y Osho-, dos direcciones de unos bares recomendados por Marcos y una carta para entregar por mano a una entrañable amiga de Muchi. A media tarde del 12 de octubre nos reencontramos en el aeropuerto con Camilo en medio de un abrazo prolongado y las mejillas pegadas, sus manos acariciando mi nunca y las mías su espalda de columna de catedral.
1 comentario:
Que lata ,si tu relato es vivencia propia.
Eres muy muy guapo.........
(siempre que el de la foto seas tú)
Publicar un comentario