La casa en el alto, el río en el bajo y en medio un extenso manto de planeta para vivir, ser feliz, soñar, amar, crecer y ser. 7 hectáreas en total, con un pequeño bosque de árboles nativos, un manto desértico duro, el plano con los nogales y los almendros y entre ellos las hamacas, la mesa dibujada en la tierra, el río bañando la vegetación que crece como debe crecer en sus orillas, sin pedir permiso. Los espinos al fondo, en el límite oriente del terreno, aún mantenían sus flores amarillas y una hilera de eucaliptos había sido plantada en el lado que da al callejón. Desde lo alto me impregnaba de todo lo que ese lugar es para mí y de toda esa energía que se genera en ese hogar de todos. ¿Cunado podremos al fin tener el hospital que tanto hemos soñado? ¿Y el hotelito que lo financie?.
Entre en casa, el aire limpio y con aroma a incienso, la luz entrando por todas las ventanas e iluminando los rincones, Muchi durmiendo y frente a ella Matías durmiendo también. Entonces besé con besos cortos en la frente a Muchi hasta que despertó y me abrazó en silencio e invitándome a acostarme a su lado. Me acurruqué como un pajarito entumido y ella me acunó como acunan las personas cuando son capaces de dar amor. Su mano peinándome los cabellos y su voz murmurándome tiernas preguntas. Luego Matías se incorporó y en un abrazo de seis brazos permanecimos recostados acariciándonos como los monos acicalándose. Una profunda sensación de seguridad vino volando hasta mi corazón y sin más lloré las lágrimas que se han acumulado en mis ojos desde hacía meses, el grito que nunca pudo salir de mi garganta… Matías besaba mi nuca y mi cabeza, Muchi me sostenía con ese amor tan generoso que le brota y le emana desde su ser más santo, más divino. Luego prosiguió un silencio amplio como una brisa marina sin dejar de construir ese abrazo de pulpo de seis brazos seis piernas seis ojos tres corazones tres bocas tres mentes tres seres siendo un ser en un instante profundo y eterno.
Matías fue a preparar mate y ese fue el instante de incorporarnos, de hablar, de empujarnos y de reír. Me duché con esa agua que tenemos ahí de vertiente, tan limpia y tan segura, agua sin cloro. La ducha al aire libre, bajo los árboles y entre flores, con el agua volviendo a la tierra sin detergente. Volví con la toalla en la cintura y entonces los chicos vieron mi cicatriz. Muchi no se puedo contener y lloró mientras besaba el rosado tajo. Matías me consolaba como si la operación hubiese sido recién. Yo me reí y eso provocó la risa de los tres. Nos sentamos a beber mate y a fumar un cañito mientras la tarde caía entre los cerros.

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