martes, 16 de octubre de 2007

mí tuyo

Me fui al valle no sin antes despedirme de Camilo. Para eso nos juntamos en un pequeño bar de Ñuñoa una tarde algo calurosa para la tímida primavera capitalina, luego de fumarnos un porrito en una calle piola y ya alboreada. Me era un encuentro algo extraño, si bien, desde que nos conocimos en ese café literario de Providencia, nos hemos reunido muchas veces, charlado largo por teléfono y nos hemos enviado largos y periódicos mail. A veces más de uno al día, a veces más de dos al día, a veces más de eso al día. Sin embargo, no podía interpretar aquella comunicación como una fulminante amistad, un encantador proceso de seducción ni mucho menos enamoramiento. Nunca hablamos de nuestras vidas afectivas actuales y solo rozábamos el tema entre líneas en medio de otros temas. Y entre línea no podía leer que él estuviese acompañado ni tampoco solitario, ni con chica ni tampoco con chico o ambos. Pero el día anterior, cuando le comenté que me iría al valle tres días después por un tiempo ilimitado fue insistente en reunirnos a modo de despedirnos ilimitadamente.

En un comienzo solo nos reuniríamos un par de horas pues ambos debíamos hacer cosas después, por ello la hora temprana para ir a un bar. Llegué un poco antes de la hora acordada aun cuando por más de media hora busque estacionamiento en los alrededores de la Plaza Ñuñoa. Cuando caminaba hacia el punto acordado pensaba en como Camilo había dejado de ser en mi mente el chico hermoso y ecléctico (cabellera rasta, ropa artesanal, estilo formal, deportista, intelectual-hippie-izquierda) para ser un ser infinitamente grato e interminablemente interesante. Y en ese pensamiento estaba cuando lo veo ahí, en la esquina, apoyado contra una pared, leyendo unas fotocopias, hermoso como hermoso es él, con su cuerpo delgado y sus colores rubios como una espiga y sus ojos que resumen todos los océanos del planeta tierra. Hubiese querido saludarlo con un beso en los labios, suave y tenue como una enredadera o un helecho germinando. Nos sonreímos. Nos acercamos. Nos saludamos con un abrazo de retorno marinero. Un beso en la mejilla. Una sonrisa generosa.

Después de discutirlo un poco optamos por vino tinto. Ya con la botella en la mesa supe que no sería el breve el encuentro planteado y que algo especial ocurriría. Sin dejar de atraparme con su mirada me fue preguntando sobre mi vida de montañés en el Elqui, sin interrumpir mis respuestas, sin dejar de mirarme, sin permitir que me desviara un poco del tema. Según lo aclaró, necesitaba entender a cabalidad el por qué optaba por una vida aislada y campesina. Y yo necesité, entonces, comprender el por qué de su necesidad. Me sorprendió, cuando le contaba lo tanto que deseaba vivir mi vida en el valle, con un tajante: “¿Y me vas a acompañar a Buenos Aires o no?”.

Durante mi estadía en el Valle la comunicación se limitó a los correos electrónicos y nos nació el MSN. Así cada día no escribíamos mail y en las noches nos encontrábamos en MSN a la hora en que nos citábamos en los correos. Un par de noche nos amanecimos charlando; yo enseñándole, en la medida que la luz y el cable de la web-cam me lo permitían, mi cuarto, la casa, el jardín, la imponente montaña que entra por mi ventana, mis cuadros pintados ya hace unos años y la grandiosa oscuridad nocturna del valle. Fue la primera noche que usamos la web-cam que se despidió con “Un beso” y en la pantalla de mi monitor sus labios se acercaron a tal punto que la imagen alcanzó el porte natural. Entonces mis labios se juntaron con los suyos y en alguna dimensión se concretó un beso amplio.

A la mañana siguiente un mail que comenzaba con un “Mío Tiago” y finalizaba con un “Tuyo Camilo” revoleteó los pájaros que hasta ese instante anidaban en mi cabeza. En el me contaba como en un telegrama lo que debía hacer durante el día, sensaciones, emociones, ideas raras, la calidad de su sueño durante la noche, la ida a Baires, responsabilidades familiares, sueños que comenzaban a nacerle… Al momento de responder el mail, a media tarde cuando en casa todos duermen la siesta, no pude abstraerme de ese “Mío” y ese “Tuyo”, los que sonaban en mi interior como una campana de una iglesia de otra provincia. Escribí tres mail que al final no me parecían oportunos. Finalmente una lista fue el mail.

caMIlo

Mio – Tuyo

Tuyo – Mio


Mi – Tuyo


Tú – Mío


Tú-yo tuyo


Yo-tú yotu


Mío tú yo

Tú mi mío

Mío tú tuyo

Tuyo mi mío

Tú y mí

Ca-MI-lo

TI-a-go
Tú a go

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