
Volver al Valle sabiendo que debía regresar a Santiago después de unas semanas ha sido algo triste. Me vine sin avisar que llegaría, sin dar las últimas noticias sobre la enfermedad de mi padre, sin detenerme a pasar unas horas en la playa Las Mostazas, sin almorzar en la caleta de Coquimbo, sin pasar por La Serena ni saludar a Luciano en La Quebrada de Pinto. Sólo al salir de Pisco, cuando el camino se vuelve de tierra, pasado el cementerio, en la curva hacía el Puente de La Viga, me percaté que realmente no estaba siendo conciente de lo que me pasaba; había llegado hasta ahí como transportado por una fuerza exterior, sin ser conciente de lo que fue el camino, el recorrido. Detuve el jeep y estacioné, busque algún cigarro de los verdes que estaba seguro debía tener y bajé a la orilla del Río Claro, ahí, entre los sauces y los álamos, ahí donde el río zigzaguea y se esconde del camino que sube y de los escasos autos que, a esa hora, podían pasar. Entonces fue el silencio de la montaña y del río. Entonces fue el canto de la montaña y del río. Y yo ahí, en el interior de ese útero llamado Valle de Elqui, regresando al origen más pretérito, a comunicarme con la existencia como aprendía la primera vez que pisé esas tierras cercanas al cielo. La temperatura no era alta, más bien fría, aún así me quite la ropa como sí fuese la hora de acostarse a dormir y fumé la mitad de mi cigarrillo recostado sobre un pequeño plano donde el invierno había acumulado arena. No me importaron las piedrecillas en mi espalda ni la piel de gallina. Nada me resultaba más importante que estar ahí en ese momento, en ese lugar, estar en mí. Me metí al río con la clara intención de que es agua que viene del cielo me lavara de la ciudad, de los miedos, de las urgencias. Como si la mente jugara a mi favor en ese momento comencé a oír la canción suffi “Agua vital, purificamé…”

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