jueves, 7 de febrero de 2008

primer carrete en roma

Hacia ya tiempo que tenía el temor de que la vida diplomática en la cual estaba inserta mi hija le estuviese quitando la espontaneidad infantil. Y con ese temorcillo arribe un atardecer de invierno a Roma. Una Roma oscura y fría, por cierto.

Sin embargo nada de ello había sucedido, y eso quedó presente desde el momento mismo en que las ví al salir de ese tremendo aeropuerto.

Los dos primeros días fueron de ir a dejar a las niñas (mi hija y su hermana Isis) al colegio; un pequeño recinto donde aprenden el idioma y arte. Nada de matemáticas ni esas cosas. Y continuaba el día en compañía de Analuz (madre de mi hija), un poco acompañándola en su rutina y un poco conociendo los cafés y rinconcitos que ella había descubierto.

Anoche fue especial.

Gonzalo, esposo de Analuz, había organizado una reunión entre algunos funcionarios de otras embajadas en el departamento para celebrar su cumpleaños (cosa ignoraba y, por supuesto, no tenía un regalito para él). Me imaginé una reunión de gente formal, sería, hablando de algún tema aburrido en varios idiomas. Cosa que no me tincaba. Así la cosa, esperé resignado la reunión.

Y fue todo lo contrario… todo lo contrario.

Se trataba de un encuentro multicolor en facciones y colores, estilos y formas, idiomas y modos. Trabajo me costó creer que un tipo de unos 38 años, delgado como un palillo, tan rubio que parecía albino, vestido de pantalones rojos y un suéter naranjo, con un gran cadena al cuello y un anillo de alguna exótica piedra, era el secretario comercial de la reina Beatriz de Holanda. Bien estaba vestido para una de esas discotecas marica de Santiago. Luego Gonzalo me explico que en Europa la carrera diplomática es una como cualquiera otra, que las reglas son menos estrictas y que todos tienen derecho a ser como son, sin ese arribismo sudamericano.

Pronto el departamento, bastante amplio por lo demás, se llenó de personas que me resultaron muy entretenidas, a pesar de mi mal inglés, idioma realmente universal. Gonzalo y Analuz me presentaron, simplemente, como el padre de Artemisa, a quien conocían de sobra, y nadie tuvo alguna expresión de sorpresa, de no entender.

Analuz me contaba que las reuniones en casas de latinos resulta un éxito pues es muy difícil que alguien invité a su hogar, menos a una multitud como tal. Me contó que a quien considera su mejor amiga solo después de un año comenzaron a saludarse con un beso perdido a la altura de la oreja. Lo normal es saludarse de mano y juntarse fuera de las casas. El holandés resultó ser un viejo amigo de Gonzalo, pues ambos se conocieron años atrás cuando trabajaban en la representación de sus respectivos países en Bruselas. “Aún no llega su novio… te enamorarás de él”, profetizó Analuz.

En efecto, pasado un buen rato en que bebimos las 6 botellas de vino que traje desde Santiago, llegó un hombre de unos 38 a 42 años, guapo, de estatura normal y de una apariencia muy sencilla. Entonces Analuz llegó con él, tomados de las manos, a mi lado y me lo presenta como Paolo. Me dio la impresión que ella le había hablado ya de mí y temí que cosa pudo haberle contado. Nos saludamos de manos, ellos hablaron algo en italiano que no pude adivinar aun que estaba claro que elle le hablaba de mi. Luego tradujo y me contó…

Paolo estudiaba para jurista cuando una buena tarde mandó el mundo a la punta de cerro, dejó todo y se largó a vagar hasta que encontró un trabajo como Guarda Parques en el norte del país. Vivió ahí a pesar del llanto familiar, soportando 4 años de duros inviernos y calientes veranos. De a poco, para sentirse acompañado, comenzó a escribir cuentos que fue guardando hasta que un día, cuando ya había regresado a la vida moderna, presentó a un concurso literario del Municipio de Roma. Y lo ganó. Una editorial se interesó por su trabajo y compró los derechos de publicaciones de todos los cuentos que escribió durante su vida ermitaña. Hoy en día es un reconocido escritor y ha sido traducido al inglés. Analuz le había contado de mí por mi vida ermitaña en el Valle del Elqui, la vida en una “comuna” y el estrecho contacto con la naturaleza. Me preguntó mil cosas y yo le pregunté mil y una cosas. Y todas las tradujo Analuz. Luego ella me contaría que en Italia un guarda parque gana cerca de los cuatro mil euros, le pasan una cómoda casa completamente equipada, con teléfono, internet y todo. No se gasta en comida, bebidas ni luz, todo corre por cuenta del estado.

El cumpleaños terminó muy tarde, a eso de las 11 de la noche (no se conocen reuniones en casas particulares hasta la madrugada), y con Analuz nos amanecimos bebiendo whisky y poniéndonos al día de todo este tiempo.

Este fin de semana nos vamos a Amalfi, que dicen que en invierno es aún más bello.

2 comentarios:

G! dijo...

genial. la belleza te rodea denuevo!
un abrazo
Gonza.

Anónimo dijo...

Que bien que ya estés en Europa, desde Valencia nos acordamos mucho de ti.

Manuel