viernes, 15 de febrero de 2008
floria y una excursion gay en roma
Floria es una chica italiana que tiene todo lo que uno no imagina en una mujer italiana.
Ni los pechos de la Loren, ni la sensualidad derramada de Mónica Belluci, ni los gritos de las mammas. Nada de labios carnosos, ojos almendrados, pelos selváticos y caderas de potranca siciliana. Floria es una mujer delgada y alta, de una cabellera rubia que cae suave hasta rozar sus hombros delicados, una nariz filuda y recta y unos labios discretos por los cuales emana un irónico humor.
La conocí en el cumpleaños de Gonzalo con su perfecto español aprendido en Madrid, con zetas y eses por doquier y tiempos verbales que sólo los españoles pueden conjugar. Y también se caga en la hostia por cualquier cosa, como los españoles. Entonces me la presentaron como una gran amiga de la familia, una de esas amigas que siempre está, siempre llama, siempre llega, siempre va y viene sin jamás dejar de ir y venir. Se le tiene y no se le tiene. Bebimos una copa del vino que traje desde Chile, de la zona de Pirque (para mi vanidoso orgullo) y charlamos algo, sólo algo.
A los dos días, que era mi tercer día en la ciudad, llamó al saber que estaría solo parte del día (Gonzalo trabaja, Analuz estudia y las niñitas también) y se ofreció para acompañarme a conocer un poco más de la ciudad. Accedí con cierta timidez; esa mujer poseía una personalidad demasiado fuerte e irónica para mí. Pasó a buscarme y a penas subí a su auto me dice: Nada de Iglesias, de piedras caídas, edificios antiguos ni piazzas ni fontanas… “La Roma de los romanos”. Exclamó como desafiándome. Nunca pensé que eso significaria beber capuccino hasta las once de la mañana en dos locales distintos. Luego dos expresos italianos en dos cafeterías más, almorzar una colación de € 70- ($ 50.000) en la azotea de un restaurante sobre una colina con una vista increíble. La verdad, la comida costó € 10 y la vista € 60.- Pasamos la tarde bebiendo vino en un restaurante con terraza a una plaza de esas de postales. A pesar del frío, era lindo y, además, podíamos fumar a nuestras anchas.
Unos días más tarde, comenzando la noche, me invita a bebernos algo en un sitio de moda y lleno de bello popolo. Le preguntó a Analuz que si eso significaba vestirse de alguna forma determinada: En Italia hasta el más adinerado no desaprovecha la oportunidad de vestirse cómodo, hasta en el restaurante más caro y fino, la gente anda de zapatillas. Así que todo bien para mí. Solo me puse una parca y a la calle.
El local resultó ser interesantísimo, hermoso y de un gusto milanes, sin considerar que las personas presentes parecían habar sido invitados después de un casting. Floria se veía hermosa,- muy “rica” diría mi hermano Irineo-, sexy, sensual, divertida, cosmopolita y alegre. Nos sentamos en una mesita que ella había reservado antes y sin el primer trago en la mano me suelta un combo en el hocico que no esperaba. “Me caen muy bien los gay, mis mejores amigos lo son, debes conocerlos antes de regresarte”. Me quedé congelado, mirándola a los ojos, pensando en que quizá… y por fin llegaron nuestros tragos. Prendimos un cigarrillo y otro más, y ella como si me hubiese dicho “que linda tu polera”.
- Analuz me pidió que te presentara un lugar que frecuentan los gay italianos, y a este he venido con mis amigos que pronto han de llegar.
La guata se me hizo un nudo. Y ahí noté que el 90% de las personas en ese local éramos hombres, que la mayoría estaba solo y que los bármanes usaban una camisa abierta exhibiendo marcados pectorales. Pero nada de locas, plumas ni jotes chilensis, ni nadie vestía en un estilo similar al de otros. Tampoco notaba un perfume predominante en la atmósfera ni la música era las típicas. También podía ocurrir que acá los códigos sean distintos y que yo no sepa interpretar miradas, gestos, etc.
Continuara…
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