lunes, 25 de febrero de 2008

hola papá

Los viajes se me ha hacen como la concreción de la libertad en esta dimensión. En el Elqui me encantaba hacer dedo y viajar tendido en la parte de atrás de alguna camioneta, mirando el cielo rodeado de todas esas cumbres. La sensación de trasladarme, como decía Whitman, es la que me excita, el dejar todo atrás para llegar a un sitio donde todo es nuevo. Pero esta vez, en este viaje, nada de eso se dio; Ni la sensación de libertad, ni las cimas rodeando el cielo. Sólo no sabía a donde llegaba esta vez.

A la salida del aeropuerto, con dos horas de retraso, mi hermano Irineo y mi cuñado Luis me esperaban con un abrazo. Sentí miedo preguntar sobre papá, sobre las cosas en Santiago, sobre la realidad. Mientras caminábamos al auto Luis se atrevió a dejar dar una pista: “¿Nos vamos derecho a la clínica o prefieres ir a casa primero?”. Irineo detiene un momento su paso, se voltea mirándome a la cara. En sus ojos veo que está triste. Aprieta los labios presionándolos con los dientes y sin respirar me dice con su suavidad característica: “Como tu quieras”. Clina, respondí con un dolor lacónico.

Cuando Luis, mientras viajábamos por el túnel de la costanera y mirándome por el retrovisor, me dice que hay cosas que quizá deba saber antes de llegar, simplemente se me trisó el corazón. Entonces, una vez más desde que era un niño, busqué la protección en Irineo que viajaba a mi lado, en sus ojos húmedos, en su abrazo calentito. No, no tengo nada que saber antes de llegar.

La clínica es un edificio que se esfuerza en mostrarse moderno, acogedor a pesar de su fría atención y sus ordenaditos letreros. Desde la bajada del ascensor y mientras caminábamos por el pasillo a la habitación de papá me fui encontrando con mis sobrinos, cuñados, hermanos, hermanas y al llegar a la sala, al verme en la puerta, mamá, que sostenía la mano de papá entre las suyas, me sonríe

Se le humedecen los ojitos verdes que tiene

Le dice a papá que yo ya había llegado. Tomo la mano de Vera buscando fuerza y entró a la sala. Fue inevitable, no pude dirigir la vista a papá y me refugié en mi madre. Nos besamos tan desesperadamente mientras le pedía disculpas por no haber estado en el momento aquel, por no haber podido llegar antes, por no haber hecho quizá todo lo necesario para regresar el mismo día en que papá cayó… “Siempre hablando tonteras” me dijo al oído para que papá no oyera y perdonando de un plumazo mi ausencia. Entonces lo vi…

Delgadito como un arbolito, con unas mangueras que se metían por sus narices, con la vista algo cansada pero sin perder esa energía. Me acerco a él arrastrando los dedos sobre la cama hasta encontrarme con su manota de siempre, aun que más huesuda y sin esa fuerza de hombre valiente que siempre le acompañó.

No sabía que decirle y no podía decirle nada y nada se me alcanzó a ocurrir cuando al acercar mis labios para besarle él susurra con voz suave un: “Discúlpame hijo, no quería yo asustar a nadie”. Viejo tonto, le dije sin evitar las lágrimas ni pudiendo contener el abrazo más intenso que alguna vez me haya nacido.

Después de un momento en que estábamos tan entregados comenzaron a ingresar mis hermanos, sobrinos, todos…

Entonces me senté a su lado, con sus manos en mis manos, respondiendo todas sus preguntas sobre su nieta y la hermanita de estas. Habla más italiano que español, fue lo primero que le dije sin calibrar mis palabras. Entonces se emociona y dice: Mi mamá y la Carla –madre de mi mamá y a quienes yo no conocí- estarían felices de escucharla. (Mis dos abuelas fueron italianas, una piamontesa y la otra siciliana). Pronto llegarán, agregué…

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