Han pasado los días con todo y sus horas. Así, como un interminable tren en que cada vagón pareciera tener una dirección propia y distinta al que los que lo antecede y precede. “Cada día tiene su afán” ha repetido mi padre como una oración.Cuando el proceso en el que me dejó mamá fue disminuyendo en intensidad y con la tranquilidad y el humor que suelen dar el paso de las horas, decidí no tomar una opción en relación a Camilo sin antes no recibir un signo claro e inequívoco, de lo que debía hacer.
Por otro lado sentía una lata tremenda de preocupar a mis padres por mis problemas de criterios, amorosos y de ermitaño en medio de todos los que tanto amo. Me propuse ponderar mi actuar, compartir más con todos, no invalidarme por la pata quebrada y recuperar mi alegría elquina.
Entre mis padres, mis hermanos, cuñados, sobrinos y amigos se fueron disipando mis urgencias. Para hacerle una trampa a la mente escogí de entre la familia tres libros; La suma de los días – Allende-, La razón de los amantes -Simonetti- y Los cuadernos de don Rigoberto –Vargas Llosa-. Historias que solo tienen por fin entretener y chismosear la vida de otros, reales o menos reales, pero otros al fin. Así, cada vez que me daba cuenta de estar volando en medio de la tempestad de Camilo o el porvenir de Papá, me voy con uno de esos libros a un sitio fresco de la parcelar y me pongo a leer lentamente, para no acabarlos, disfrutando los únicos dolores que se pueden gozar; los de la literatura.
Una tarde, mientras leía a la Allende bajo el viejo sauce del lado de la piscina, fui sorprendido e interrumpido por mi hermana Vera. Con ese derecho que sentimos los hermanos se sentó a mi lado y sin siquiera esperar una pausa en mi lectura me comenzó hablar. Sabía perfectamente que estaba vencido y que era mejor cerrar el libro y prestarle todos mis sentidos, de otra forma es imposible comunicarse con ella. Después de temas relacionados con el termino de las solemnes, el cambio climático que ella notaba de sobra por las altas temperaturas que tanto le encantaban, las vacaciones locas y sádicas que planea papá para toda la familia y las ganas que tiene de que yo recuperé mi pata para que empecemos a ir a la Blondie y la Fabrica fue por una chela a la cocina. Y en tiempo record volvió con dos botellas de litro heladas y húmedas. Entonces de una me sorprende con un “La mamá dice que por fin te enamoraste”. La cerveza se me atoró en la garganta provocándome un ahogo incomodo y llenándoseme los ojos de irritantes lágrimas muy saladas. “Entonces es verdad, si no lo fuera no te hubieses ahogado”.
Sé que Vera tenía una idea de las palabras de mamá referente a mí y que eso le bastaba para sentirla una realidad total, inalterable y que nada serviría cuanto argumento le presentara para convencerla de que no estaba enamorado. Y lo que me era peor, toda mi familia manejaba la misma información y, lo que era peor, todos lo daban por hecho. Las palabras de mi hermanita delataban el cariño de mi familia por mi y la preocupación que les causaba y, lo que me asustó, que el tema Camilo había sido un tema familiar, lo que en esta famita significa asunto de estado capaz de movilizar a todos por una causa. Incluso el que Vera haya aprovechado ese momento para decirme que esta pensando en cambiar de pololo porque un tal Marcos le gusta mucho más y resulta ser más interesante, y que no lo va a pensar mucho para terminar un pololeo de casi tres años.
Definitivamente no podía continuar preocupando a mi familia y debía hacer algo para evitar que charlas similares a la de mi madre la semana anterior y de Vera esa tarde se repitan con cada uno de mis hermanos, cuñados y papá. Sobre todo debía evitar el turno de Irineo, ante quién jamás he podido contradecir y todos mis argumentos se evaporan con sus palabras salidas desde el corazón.
Entre tanto Camilo apareció ese día al atardecer. Venía directamente desde su casa y se le veía muy relajado y contento. Yo aún conversaba con Vera al borde de la piscina y ya habíamos salido de la sombra del sauce para exponernos al sol. A juzgar por el saludo tan poco efusivo de mi hermanita se me ocurrió que ella sabía que Camilo llegaría esa tarde y, lo que me resultaba peor, que se habían juntado el día anterior, quizá esa misma mañana.
Camilo se sentó entre mi hermana y yo. Tocó la bota que inmoviliza mi pie y me miró preguntándome ¿Cómo estás? Le miré intensamente como para que leyera en mis ojos un contundente: ¿Y cómo mierdas quieres que esté? Pero simplemente le sonreí alegrándome ampliamente su visita. Nos sonreímos a la vez que nos regalábamos muecas infantiles y cómplices. Vera recitó un menú de tragos y bebidas dignos de un buen bar para que escogiéramos de ellos. Después de pedirle una segunda recitada ambos optamos por un Habana Club, pero bien servido, eso para Camilo quería decir tres cubos de hielos y una rebanada mediana de limón, en caso que este fuera de pica lo prefería partido en cuatro, dos quintos de Ron y el resto tónica. No fue preciso que yo le aclarara a Vera mí formula de RON pero lo hice para lucirme ante Camilo: dos cubos de hielo, una rodaja de limón y la mitad del vaso con ron, sin bebida ni agua ni nada.
Al quedar solos con Camilo pasó marchando una tropa de ángeles liderados por los arcángeles, sí hasta los pájaros dejaron de cantar y mis sobrinos a lo lejos de reír. Nos miramos me incliné un poco, solo un poco hacia su lado entonces le volví a mirar y como leyendo mis deseos el se venía acercando para estallar en un beso monumental que borró de un plumazo mis temores, incertidumbres y penas. Vera nos sorprendió sentados uno más cerca del otro, sin hablar y cogidos de las manos. Nos miró intermitentemente a uno y al otro y sonrió sin dejar de caminar con la bandeja con los tres vasos de ron.
“¿Cómo están?”. Pregunto con una sonrisa irónica y un tono de voz juguetón.
Esa noche Camilo se quedo en mi casa.

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