Me he convertido en un citadino, pero no de cualquier ciudad, sino que en un santiaguino. Así me he sorprendido subiendo al ascensor sin saludar a quienes ya están en el; poniéndole mala cara al conductor de al lado frente a su mala maniobra; irritándome cuando caigo en un taco. Aun no escojo el pan con la mano porque no voy al supermercado ni empujo a las personas porque es muy raro que viaje en metro. Así es que he tomado medida que comencé a practicar la semana pasada y ya dan algunos frutos. No tan solo comencé a saludar a las personas en el ascensor, lo hago tratando de mirar a los ojos a más de alguna persona. Eso me ha permitido que un joven coreano me responda el saludo y, ahora, hasta hemos cruzado un par de palabras. El estrés del volante se ha aplacado al no poder manejar estas últimas semanas.
No quiero ser un santiaguino. No lo acepto, No señor.
Suelo estar medio día en la oficina, sé qué todo el mundo debiera tener el mismo derecho, ojalá con una remuneración como la mía o mayor. En el trabajo realizo, simplemente, la función de ayudar a mis hermanos. Después del trabajo suelo ir a algún lugar entretenido; un café en Lastarria; alguna exposición en una de las tantas galerías cercana a la oficina, en Las Condes; o caminar por algún parque y el de las Esculturas en Providencia me resulta ideal, no solamente porque es pequeño y eso lo hace cómodo para mi pata con bota de yeso, sino que, además, es grato para leer o tirarse al pasto a mirar la copa de los árboles.
Día por medio nos estamos reuniendo con Camilo a cualquier hora de la tarde. Me pasa a buscar a la oficina y nos vamos por ahí. No tenemos un lugar especial y creo que nunca lo tendremos. No tenemos nada especial en realidad. Solo nos convoca la posibilidad de haber vivido uno de esos amores monumentales sino se hubiese casado. Lo primero que hago es preguntarle por Cecilia y los niños. No por joderlo, como me acusó hace unas tardes, sino para no olvidarme que una mujer y dos niños adorables pueden pasarla mal sí uno de los dos, por separado o juntos, hacemos algo mal hecho. Decidí que el tema de la infidelidad para con Cecilia es un tema de él y no tiene que ver conmigo. Pero si tiene que ver conmigo la afectividad que puede nacer entre ella y yo. Un tema no resuelto aún. En realidad lo único resuelto que tengo con Camilo es que debiéramos desaparecernos uno del otro. Pero no me hago caso.
Los preparativos para el arribo de la manada de mis herman@s elquinos ha dado pretexto para muchas cosas. Mamá, que por estos días pasa una semana en Tunquén con papá, mis hermanos y sobrinos menores, compró un pino grande, mando hacer un hoyo tremendo, y lo chantó frente a su casa. Con los niños se pasó un día entero visitando distintas ferias artesanales y otras especializadas para conseguir los adornos en tonos veraniego; frutas de papel maché, nidos de pajaritos, máscaras de madera y un montón de otras bolsas que no me atreví a trajinar. Ese mismo día trajo unos monos de yeso representando el nacimiento, pintura, betún de no se que cosa para dar un aspecto de reliquia y un puñado de pinceles y brochas. A cada uno de los chicos de la casa, que en total son seis, le encargó que pintaran una de las estatuas, que tienen un tamaño promedio de 35cms, de la forma que ellos quisieran. Nunca sospechó que todos se disputarían pintar al niño, que cae en mis manos, creando una batalla que amenazaba con dejar muchos heridos. Decidió que ella pintaría al niño, a modo de solución de conflicto, y la llantería no se podía tolerar. La solución fue ir a comprar cinco figuritas de “niño Jesús”. Ahora el nacimiento, que ya está bajo el pino, tiene ovejas pintadas como si fueran cebras, un camello rosado, un rey mago con traje a rayas de preso, una virgen con los colores de carnaval, un José que bien podría servir de modelo de Benetton, un campesino surrealista y otro con atuendo franciscano. Al centro, los seis niños forman un círculo.
Con esfuerzo mental, mucho de corazón y evitando el vicio de soñar despierto, no logro alejar a Camilo de mi presente. En su ausencia adquiere propiedades de fantasma y se me aparece, translucido, yendo de un lugar a otro, en todo momento y lugar. Temo que dormido pronuncio su nombre y lo abrazo hasta asfixiar. Las erecciones matutinas que han regresado desde mi adolescencia así me lo hacen ver.
Aun así, el anuncio de la llegada de mis herman@s del Valle del Elqui ha convulsionado a la familia a tal punto que Irineo me pregunto: “¿Qué acaso ahora somos cristianos?”
No quiero ser un santiaguino. No lo acepto, No señor.
Suelo estar medio día en la oficina, sé qué todo el mundo debiera tener el mismo derecho, ojalá con una remuneración como la mía o mayor. En el trabajo realizo, simplemente, la función de ayudar a mis hermanos. Después del trabajo suelo ir a algún lugar entretenido; un café en Lastarria; alguna exposición en una de las tantas galerías cercana a la oficina, en Las Condes; o caminar por algún parque y el de las Esculturas en Providencia me resulta ideal, no solamente porque es pequeño y eso lo hace cómodo para mi pata con bota de yeso, sino que, además, es grato para leer o tirarse al pasto a mirar la copa de los árboles.
Día por medio nos estamos reuniendo con Camilo a cualquier hora de la tarde. Me pasa a buscar a la oficina y nos vamos por ahí. No tenemos un lugar especial y creo que nunca lo tendremos. No tenemos nada especial en realidad. Solo nos convoca la posibilidad de haber vivido uno de esos amores monumentales sino se hubiese casado. Lo primero que hago es preguntarle por Cecilia y los niños. No por joderlo, como me acusó hace unas tardes, sino para no olvidarme que una mujer y dos niños adorables pueden pasarla mal sí uno de los dos, por separado o juntos, hacemos algo mal hecho. Decidí que el tema de la infidelidad para con Cecilia es un tema de él y no tiene que ver conmigo. Pero si tiene que ver conmigo la afectividad que puede nacer entre ella y yo. Un tema no resuelto aún. En realidad lo único resuelto que tengo con Camilo es que debiéramos desaparecernos uno del otro. Pero no me hago caso.
Los preparativos para el arribo de la manada de mis herman@s elquinos ha dado pretexto para muchas cosas. Mamá, que por estos días pasa una semana en Tunquén con papá, mis hermanos y sobrinos menores, compró un pino grande, mando hacer un hoyo tremendo, y lo chantó frente a su casa. Con los niños se pasó un día entero visitando distintas ferias artesanales y otras especializadas para conseguir los adornos en tonos veraniego; frutas de papel maché, nidos de pajaritos, máscaras de madera y un montón de otras bolsas que no me atreví a trajinar. Ese mismo día trajo unos monos de yeso representando el nacimiento, pintura, betún de no se que cosa para dar un aspecto de reliquia y un puñado de pinceles y brochas. A cada uno de los chicos de la casa, que en total son seis, le encargó que pintaran una de las estatuas, que tienen un tamaño promedio de 35cms, de la forma que ellos quisieran. Nunca sospechó que todos se disputarían pintar al niño, que cae en mis manos, creando una batalla que amenazaba con dejar muchos heridos. Decidió que ella pintaría al niño, a modo de solución de conflicto, y la llantería no se podía tolerar. La solución fue ir a comprar cinco figuritas de “niño Jesús”. Ahora el nacimiento, que ya está bajo el pino, tiene ovejas pintadas como si fueran cebras, un camello rosado, un rey mago con traje a rayas de preso, una virgen con los colores de carnaval, un José que bien podría servir de modelo de Benetton, un campesino surrealista y otro con atuendo franciscano. Al centro, los seis niños forman un círculo.
Con esfuerzo mental, mucho de corazón y evitando el vicio de soñar despierto, no logro alejar a Camilo de mi presente. En su ausencia adquiere propiedades de fantasma y se me aparece, translucido, yendo de un lugar a otro, en todo momento y lugar. Temo que dormido pronuncio su nombre y lo abrazo hasta asfixiar. Las erecciones matutinas que han regresado desde mi adolescencia así me lo hacen ver.
Aun así, el anuncio de la llegada de mis herman@s del Valle del Elqui ha convulsionado a la familia a tal punto que Irineo me pregunto: “¿Qué acaso ahora somos cristianos?”

No hay comentarios:
Publicar un comentario