martes, 30 de octubre de 2007

desnudos

Particularmente no he tenido un modelo de lo que me puede o no resultar un hombre guapo. Mi primera pareja resulto ser un chico delgado y alto, muy parecido a un actor de telenovelas del canal católico. Mi segunda pareja fue un chico bajo, menos de un metro setenta, con una fuerte calvicie y 10 kilos de sobre peso, mientras que el último un tipo alto, rubio y de contextura gruesa. Nunca me llamaron la atención los cuerpos de gym ni los tipos en zungas. Un incipiente pancita incluso me resulta seductor. Sin embargo, ver a Camilo desnudo activo cada uno de los átomos de mi cuerpo físico y toda la energía de mi ser espiritual. Salió de la ducha secando sus cabellos rasta con la toalla y su cuerpo salpicado de gotas de agua.

La desnudez nunca me ha sido un tema de pudor sino más bien de naturaleza libertaria. Algo que desarrollé aún más desde que conocí el Valle del Elqui. Allí donde lo que menos importa es la personalidad, la vanidad y el ego. Donde bañanarnos desnudos es la cosa más normal que pueda existir, tan normal como estar en casa sin ropa o levantarnos y caminar desde los dormitorios al baño desnudos, en el caso de nosotros, incluso con la erección matutina recién decantando. Sólo fue un tema cuando Muchi y Matías comenzaron a darle personalidad humana a nuestros traseros y terminamos todos analizando nuestros potitos y bautizándolos; poto pálido –Muchi-, poto tabla –Litto-, poto mono – Pablo-, poto rucio –Matías-, poto feliz – Marcos (increíblemente se forman dos margaritas en sus nalgas tal como en las mejillas cuando sonríe-, poto lindo –Angella-, poto libertario –Adeline-, poto “poto” –yo-. Con las ventajas que da vivir en el campo mi niñez fue libre de pudores, claro, apoyado por esos hippies entrañables que son mis padres. Sólo una vez me sentí mal de mostrarme desnudo. Estaba en segundo medio y en el camarín después de educación física unos compañeros comenzaron a burlarse de mi pene llegando a cambiar mi apellido de Mendiburu a Mendiburro. Finalmente lo tomé con humor al comprender que más bien era algo de lo cual cualquiera se jactaría y que ese apodo me acompañaría un buen rato, incluso salió en el anuario.

Y ahí estaba Camilo, secando sus imposibles cabellos mientras me hablaba sobre lo que le gustaría hacer durante el día y me miraba mirarlo encantado y transportado. Siempre imaginé que Camilo era un chico delgado y no pensé siquiera que tuviese un cuerpo tan bello. En efecto, sus bellos rubios de la cabellera pasaban a ser de un color miel oscura en su pecho y pubis. En su abdomen se dibujaban tenuemente unas calugas, sus muslos eran gruesos y sus piernas increíblemente largas, su tórax desarrollado como los de un campeón atlético y su pene largo caía levantándose en el glande como una trompa de elefante. Me agradó la idea que no estuviese circuncidado, no sé porque me había creído, sin razón, que era de origen judío cuando en realidad sus apellidos son italianos. Francamente desnudo es hermoso como la existencia. Junco con un estado de felicidad inexplicable sentí todos los deseos de sentir su cuerpo en toda su plenitud, de perderme en su piel miel, de entrar en su cuerpo hasta lo más adentro que pudiese explorar y que el entrara en mi cuerpo con toda su fuerza y me llenara de su médula alba.

De pronto siento su mirada fija sobre mi y noto el silencio de su voz. Subo la mirada desde sus muslos pasando por su pene hermoso, perdiéndome en el bosque de su pelvis y siguiendo el camino de bellos que atraviesa su ombligo y se derrama como un delta en su pecho amplio hasta alcanzar su rostro. Me miraba con una sonrisa pícara y me levanta sus cejas a la vez que extendía sus labios. Le sonrío. “Quieres que me de una vuelta?” pregunto con ternura. Sí, respondí franco y decidido, entonces su espalda, entonces su pequeño potito bien formado, entonces su columna vertebral como un árbol se dibujaba en su espalda. Y de pronto mi erección se me manifestaba bajo el pantalón mientras mi cuerpo se comprimió con fuerzas para luego comenzar a relajarse. Se vuelve a voltear hasta llegar a mi lado, me tienda su mano invitándome a ponerme de pie y me abraza con su desnudez. Nos besamos ampliamente acariciándonos los cuerpos, el sumergiendo sus manos bajo mi polera, explorando bajo mi pantalón, lamiendo mi frente. Yo acariciando sus nalgas, sintiendo su mano acariciar mi pene sin apretarlo ni agarrarlo, yo sintiendo su pene en mi pierna… nos detuvimos de golpe. Nos miramos como dos niños cómplices de algo…. Me fui a bañar. Y después permanecimos desnudos sobre la cama planificando lo que haríamos en el día. Antes de salir al Museo de Arte Moderno y esa flor de metal que se abre y se cierra según la luz del sol le propuse que cada vez que estemos en la habitación lo hagamos sin ropa. El corrigió diciéndome, “Cada vez que estemos solo en algún lugar, estemos desnudos”.

viernes, 26 de octubre de 2007

l'amour commence récemment


Bajamos a la habitación en un silencio tan amplio que en medio de el me encontraba aún más cerca de Camilo. No intentaba comprender ni racionalizar las emociones que me embarcaban en ese momento, el fuego que ardía en la médula azul de mis huesos ni el corazón que me crecía como uno de esos corales que van a formar islas. Caminábamos con pasos lentos por los pasillos angostos, empujándonos para hacer chocar al otro contra la muralla solo por el encanto del rebote que terminaba en un beso suave y una sonrisa infantil. Entramos a la habitación y tras cerrar la puerta Camilo me detiene tomándome de los hombros, sumergiéndome en el amplio azul turquesa de sus ojos pequeños que miraban mi rostro como un cartógrafo miraría la superficie de un paisaje recién descubierto: “reste dans mes bras” pronunció con la exhalación de su respiración. Desconocía que hablara francés y él desconocía que yo no lo entendía, sin embargo, la energía de sus palabras llegaron hasta mí y me deje guiar por él, casi abandonándome, de alguna manera intuí que eso era lo que quiso decir y sabía que era algo que yo quería hacer. Entonces me condujo hasta la ventana, como un mimo me indicó que no me moviera mientras el abría la gran ventana que daba a un pequeño balcón donde apenas caían dos sillas de estilo italiano. Del minibar sacó un botella de vino de vino blanco que él había traído desde Santiago y a falta de copas utilizo los dos vasos del baño. Me sentó en invitó a sentarme frente a una incipiente luna creciente que se dejaba ver entre las nubes de aquella noche primaveral, se sentó enfrente acomodando sus piernas entre las mías, pues de otra manera no se podía, sirvió el vino, señalo silencio con un dedo sobre sus labios y me invitó a un brindis silencioso.

Ignorando las copas de los árboles del parque, las luces de los edificios del barrio más parisino de Buenos Aires, las bocinas de los automóviles, la vida que en muchos rincones se desarrollaba en ese momento en tan magnifica ciudad, permanecimos en silencio, observándonos, sintiéndonos, penetrándonos con las miradas, descubriendo al ser más interno que en nosotros podía habitar... “J´adore le bois vert de tes yeux”.

De alguna manera provocaba una suerte de fascinación sus frases en francés aún cuando no podía entenderlo. Claramente el no podía dar por hecho que por mis abuelos yo hablará tal idioma pues no le había contado de ellos. Tampoco por mi apellido habitualmente relacionado con el mundo del medio oriente. De pronto, como un chispazo, comprendí el porque me encantaba sus oraciones en francés, y no tenía que ver con el “idioma del amor” sino que con Rayuela. Entonces sonreí y mal pronuncié la frase que Julio Cortazar empleará una sola vez en todo el libro y que, según yo, era la propia voluntad del protagonista –él- y no el resultado de una fuerza externa a él. Camilo me miro con ternura y con cara de cuestionamiento. Sentí vergüenza por mi mal francés y para arreglar tal situación fui por un lápiz y papel y la escribí correctamente: Mom amour par la Maga m´a à la tombe. Abrió sus ojos sumergiendo a lo más hondo de la marejada turquesa de su mirada. Y sí, sus ojos son turquesa, son mar caribe, son océano libre y limpio, son enlazadores de profundidades exactas. Por supuesto, Camilo comprendió la sita que le había presentado, la conocía en todo el amplio y pequeño mundo de Rayuela: “Suis-je ta magicienne ? Es-tu ma magicienne?”.
--------------------------------------

El sol comenzaba a asomar sobre el horizonte de edificios delgados como columnas, el vino se había acabado y las avecillas comenzaban a cantar en el bosque del parque cuya cúpula observamos gran parte de la noche. Para ese momento yo estaba sentado sobre una almohada en el suelo de aquella terraza, con las piernas abiertas y estiradas y Camilo entre mis piernas, con su melena rasta en mi pecho, sus manos en mis rodillas y mis brazos atados en su pecho.

Esa madrugada supe que lo amaría con todas mis fuerzas. Supe que Rayuela recién se comenzaba a escribir en este continente...
l'amour commence récemment

domingo, 21 de octubre de 2007

beso

Camilo había planificado ese fin de semana en Buenos Aires cuando llegó a sus manos una oferta en el costo del pasaje aéreo, una oportunidad que no deseo dejar pasar. Nada tenía que ver con el partido de fútbol entre las selecciones de ambos países, ni la ganga que resulta comprar libros y música en una sociedad donde el arte, la cultura y la educación no es un lujo y la problemática social se trata a media luz del día y no entre gallos y media noche. Aun cuando pagué tres veces más por el pasaje aéreo de lo que pago Camilo el tema del hotel no pudimos solucionarlo, simplemente Buenos Aires estaba copada de turistas brasileros y no había, en ese hotel, un cuarto para mi. Así fue como la agencia de viajes donde Camilo compró el paquete hizo lo posible para transformar su habitación simple en un doble. En una habitación doble que resultó ser de una cama, grande, pero solo una cama con la cabecera orientada… nunca he sabido donde esta el este en Baires, el hecho es que recostado se podía ver un sendo parque, uno de esos parques que sólo Buenos Aires tiene. La noche estaba echada y optamos por salir a buscar un sitio donde cenar después de ducharnos. Y encontramos un restaurante chiquito donde Camilo cenó carne y yo una tortilla de acelga.

Ya me había dado cuenta yo que cuando estaba lejos de Camilo deseaba acercarme a él, sentir el calor emanando por su piel para entibiar mi cuerpo solitario, lo deseaba tanto como hombre, compañía y como ser. Sin embargo, en su presencia todo era distinto y el sólo saberme a su lado satisfacía mis necesidades más sutiles. A su lado no deseaba su beso, sus manos, su cabellera rasta ni el crepúsculo eternamente recreado en sus ojos. Y así se desarrolló la cena, entre copas de vino tinto, ensaladas, técno-tango, palabras, confesiones, risas y muchas más risas. Esa era su tercera vez en la ciudad y para mi era la quinta. Y con ese dato le pedí que me llevara a la esquina, el bar, la calle o la plaza que más le había gustado de la ciudad a cambio de que yo le llevara al sitio que más me había encantado. Accedió con una de las sonrisas más generosas que le haya visto.

Regresamos al hotel caminando lentamente desde una plaza que no conocía de Recoleta hasta nuestro hotel en Retiro. El cielo oscuro, la temperatura grata y esa humedad hacían que las calles solitarias parecieran más intimas que de costumbre. El se recordó de una primavera en Londres y yo de un otoño en Saint-Germain-des-Prés. Al doblar una esquinita una pareja se besaba como transportados a un lugar desconocido. “¿Alguna vez hiciste el amor en esta ciudad?”, me preguntó de sorpresa. Y yo hubiese querido decirle que nunca lo había hecho en esa ciudad… “Dos veces vine aquí con mi ex pareja”. Guardó silencio. Quizá esperaba que le contra preguntará con la misma pregunta, pero temí, me dio miedo un sí, todas las veces. Él comenzó a silbar una melodía que me resultó familiar sin lograr recordar con exactitud la letra. Entonces me aproximé a él hasta que nuestros hombros se tocaron y nuestras manos rozaron. Entonces caminamos hasta llegar al hotel abrazados. Y en el hotel…

En el hotel nos fuimos al bar que se extendía en una pequeña terraza del décimo piso con vista al parque y a las luces de unos edificios delgados y altos. Entonces no aguanté y se lo pregunté de una, a quema ropa, con alevosía y expectación. “Te vi caminar esa tarde hacia el café de providencia, me llamó la atención un tipo vestido entero de blanco, me resultaba curioso… y cuando te observé más cerca me dije “éste es un hueón que quiero conocer”, tu ni me miraste, no reparaste en mí, ni en nadie, y pensé que eras el típico hueón que se sabe rico y no pesca a nadie. Pero cuando te sentaste al frente mío y vi el libro que tenías me dije, ¡tate!, no puede ser casualidad, y fue una certeza que te conocería. Pero cuando me miraste la primera vez reparé en tus ojos, en tu cara, en tus labios…. ¡¡Que labios Mama Mía!!”. Guardó silencio como recordando en imágenes lo que me contaba mientras yo me sentía ponerme colora´o. Entonces interrumpí su silencio y su mirada preguntando si era homosexual. Y entonces me respondió con un “Tú me gustas… mucho”.

Así nació nuestro primer beso

jueves, 18 de octubre de 2007

domicilio: inpermanencia S/N

Día a día comenzaba a disfrutar mi estadía en casa, tanto como antes, antes de saber la maldita noticia y regresar a la ciudad. Asumí mis tareas en la huerta y festejaba los días del agua, tomé turno de cocina, cambié de posición la cama de mi dormitorio, amén de participar de las meditaciones del amanecer, los ejercicios de sicocalistenia y yoga y dar reiki junto a los demás. La sensación de soledad, entendiéndola como el no tener una pareja afectiva y sexualmente exclusiva, dejó de inquietarme y dejó de incomodarme ver a Matías y Lito juntos en su cama de enamorados. Dos veces compartimos la cama hasta el amanecer y jugamos a creernos la trireja como sí tal cosa pudiese existir en seres cuyo ego aún vive y se manifiesta.

Así la cosa, ya no me sentí el visitante eterno de la comuna, el cometa que cada cierto tiempo se aproxima a un sistema solar del cual es parte sin pertenecer a él. Descubrí que mis deseos de no abandonar la vida en el Valle del Elqui, como tampoco a mis padres y hermanos, se debía solo a mis apegos, al negar el principio de la inpermanencia en la existencia y a la sensación de seguridad que me da el acomodarme a una situación concreta. Después de comprender aquello, la idea de pertenecer a dos mundos distintos como lo es Santiago y el Valle, asumir dos domicilios –ambos permanentes y ambos inpermanentes- me resultó una situación entretenida de vivir.

Con Camilo mantuvimos silencio durante algunas jornadas; yo no conectándome a msn y él no escribiendo correos. Aquello, lejos de separarme de él solo contribuyó a que lo pensará más e, incluso, deseara sentirlo próximo. Así fue que una noche cuando la fogata acabó, y la marihuana aún no abandonaba mi conciencia, escribí un sendo mail a Camilo declarando mis sentimientos, sensaciones y temores hacia él experimentados durante los días de silencio. A la mañana siguiente un mail de tres líneas:

Mi cosita linda, no tema, no hay nada entre nosotros que nos pueda dar miedo.

¿Te tomó la reserva para Buenos Aires?

Más tuyo que ayer, Camilo”

Fue ahí que decidí hacer el viaje y en cosa de dos días un mail de una agencia de viajes me indica que mi reserva esta hecha, 12 con 15 de octubre. Entonces le envíe el número de mi tarjeta a Camilo y así se concretó todo. Cuatro días después viajaba a Santiago con una lista larga de libros a traer –Jodorowsky y Osho-, dos direcciones de unos bares recomendados por Marcos y una carta para entregar por mano a una entrañable amiga de Muchi. A media tarde del 12 de octubre nos reencontramos en el aeropuerto con Camilo en medio de un abrazo prolongado y las mejillas pegadas, sus manos acariciando mi nunca y las mías su espalda de columna de catedral.

martes, 16 de octubre de 2007

mí tuyo

Me fui al valle no sin antes despedirme de Camilo. Para eso nos juntamos en un pequeño bar de Ñuñoa una tarde algo calurosa para la tímida primavera capitalina, luego de fumarnos un porrito en una calle piola y ya alboreada. Me era un encuentro algo extraño, si bien, desde que nos conocimos en ese café literario de Providencia, nos hemos reunido muchas veces, charlado largo por teléfono y nos hemos enviado largos y periódicos mail. A veces más de uno al día, a veces más de dos al día, a veces más de eso al día. Sin embargo, no podía interpretar aquella comunicación como una fulminante amistad, un encantador proceso de seducción ni mucho menos enamoramiento. Nunca hablamos de nuestras vidas afectivas actuales y solo rozábamos el tema entre líneas en medio de otros temas. Y entre línea no podía leer que él estuviese acompañado ni tampoco solitario, ni con chica ni tampoco con chico o ambos. Pero el día anterior, cuando le comenté que me iría al valle tres días después por un tiempo ilimitado fue insistente en reunirnos a modo de despedirnos ilimitadamente.

En un comienzo solo nos reuniríamos un par de horas pues ambos debíamos hacer cosas después, por ello la hora temprana para ir a un bar. Llegué un poco antes de la hora acordada aun cuando por más de media hora busque estacionamiento en los alrededores de la Plaza Ñuñoa. Cuando caminaba hacia el punto acordado pensaba en como Camilo había dejado de ser en mi mente el chico hermoso y ecléctico (cabellera rasta, ropa artesanal, estilo formal, deportista, intelectual-hippie-izquierda) para ser un ser infinitamente grato e interminablemente interesante. Y en ese pensamiento estaba cuando lo veo ahí, en la esquina, apoyado contra una pared, leyendo unas fotocopias, hermoso como hermoso es él, con su cuerpo delgado y sus colores rubios como una espiga y sus ojos que resumen todos los océanos del planeta tierra. Hubiese querido saludarlo con un beso en los labios, suave y tenue como una enredadera o un helecho germinando. Nos sonreímos. Nos acercamos. Nos saludamos con un abrazo de retorno marinero. Un beso en la mejilla. Una sonrisa generosa.

Después de discutirlo un poco optamos por vino tinto. Ya con la botella en la mesa supe que no sería el breve el encuentro planteado y que algo especial ocurriría. Sin dejar de atraparme con su mirada me fue preguntando sobre mi vida de montañés en el Elqui, sin interrumpir mis respuestas, sin dejar de mirarme, sin permitir que me desviara un poco del tema. Según lo aclaró, necesitaba entender a cabalidad el por qué optaba por una vida aislada y campesina. Y yo necesité, entonces, comprender el por qué de su necesidad. Me sorprendió, cuando le contaba lo tanto que deseaba vivir mi vida en el valle, con un tajante: “¿Y me vas a acompañar a Buenos Aires o no?”.

Durante mi estadía en el Valle la comunicación se limitó a los correos electrónicos y nos nació el MSN. Así cada día no escribíamos mail y en las noches nos encontrábamos en MSN a la hora en que nos citábamos en los correos. Un par de noche nos amanecimos charlando; yo enseñándole, en la medida que la luz y el cable de la web-cam me lo permitían, mi cuarto, la casa, el jardín, la imponente montaña que entra por mi ventana, mis cuadros pintados ya hace unos años y la grandiosa oscuridad nocturna del valle. Fue la primera noche que usamos la web-cam que se despidió con “Un beso” y en la pantalla de mi monitor sus labios se acercaron a tal punto que la imagen alcanzó el porte natural. Entonces mis labios se juntaron con los suyos y en alguna dimensión se concretó un beso amplio.

A la mañana siguiente un mail que comenzaba con un “Mío Tiago” y finalizaba con un “Tuyo Camilo” revoleteó los pájaros que hasta ese instante anidaban en mi cabeza. En el me contaba como en un telegrama lo que debía hacer durante el día, sensaciones, emociones, ideas raras, la calidad de su sueño durante la noche, la ida a Baires, responsabilidades familiares, sueños que comenzaban a nacerle… Al momento de responder el mail, a media tarde cuando en casa todos duermen la siesta, no pude abstraerme de ese “Mío” y ese “Tuyo”, los que sonaban en mi interior como una campana de una iglesia de otra provincia. Escribí tres mail que al final no me parecían oportunos. Finalmente una lista fue el mail.

caMIlo

Mio – Tuyo

Tuyo – Mio


Mi – Tuyo


Tú – Mío


Tú-yo tuyo


Yo-tú yotu


Mío tú yo

Tú mi mío

Mío tú tuyo

Tuyo mi mío

Tú y mí

Ca-MI-lo

TI-a-go
Tú a go

jueves, 11 de octubre de 2007

me sobra el corazón

Vivir a base de afectos, de mis sentimientos, de agrados, de desagrados, buscando tal tipo de placer, huyendo de tal tipo de dolor, es encontrarse con una tripulación muy precaria en la mente

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo, hoy estoy para penas solamente, hoy no tengo amistad, hoy sólo tengo ansias de arrancarme de cuajo el corazón y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca, hoy es día de llantos en mi reino, hoy descarga en mi pecho el desaliento plomo desalentado.


No puedo con mi estrella. Y me busco la muerte por las manos mirando con cariño los cuchillos, y recuerdo aquella hacha compañera, y pienso en los más altos campanariospara un salto mortal serenamente.


Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué, mi corazón escribiría una postrera carta, una carta que llevo allí metida, haría un tintero de mi corazón, una fuente de sílabas, de adioses y regalos, y ahí te quedas, al mundo le diría.


Yo nací en buena luna. Tengo la pena de una sola pena que vale más que toda la alegría.


Un amor me ha dejado con los brazos caídos y no puedo tenderlos hacia más. ¿No ves mi boca qué desengañada, qué inconformes mis ojos?


Cuanto más me contemplo más me aflijo: cortar este dolor ¿con qué tijeras?


Ayer, mañana, hoy… padeciendo por todo mi corazón, pecera melancólica, penal de ruiseñores moribundos.


Me sobra corazón.


Hoy descorazonarme, yo el más corazonado de los hombres, y por el más, también el más amargo.


No sé por qué, no sé por qué ni cómo me perdono la vida cada día.

miércoles, 10 de octubre de 2007

no par


Ser de aquí y se de allá me es igual a no ser de aquí ni ser de allá. Estando en Santiago el Valle, y todo lo que éste representa para mí, esta en mis pensamientos diarios, cotidianos. No hay mañana que no recuerde mi vida en el Elqui. Por otro lado, estando en el Valle pienso mucho en lo que es Santiago para mi, el sitio donde vive la mitad de los seres que amo. A diario pienso en mi familia y mis amigos más cercanos, a diario pido a la existencia que los cuide, a diario les envío mis energías de amor para bendecidles y protegerles.

Recién hoy asumo esa dualidad de residencia en mi vida.
Siempre me vi viviendo en el Valle, proyectándome hasta la ancianidad entre estos cerros, deseando la llegada de un compañero a quien amar y por el cual ser amado en esta tierra donde el cielo esta más cerca. Sin embargo, la inminente partida de mi padre, a temprana edad, ya no me permite anclarme. Sé que vendrán tiempos tristes para los que no estamos preparados y sé que me sentiré muy mal sí no estoy con mi madre, mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos y mi hija en eses momentos. Sé positivamente que a partir de ahora mi vida se desarrollará entre Santiago y el Valle del Elqui, sin planes a largos plazos ni allá ni acá, sin bitácora ni calendarios.

Ante noche salió el tema en la fogata con la que cada día cerramos el día en casa. Entre copas de vino tinto, vasos de agua y uno que otro guitarreo, el tema salió al tapete por Ángella y Muchi. Esto acentuado al ver que en casa todos se encuentran acompañados en términos de pareja y que el valle ha sido generoso para encontrar amores que se desarrollan con la misma celeridad con que las tardes caen sobre la montaña.

Debo reconocer que mi ego se vio dolido al enterarme que Matías y Lito han desarrollado su relación sin temor al mañana, que comparten noche a noche un mismo dormitorio y cuentan con planes de visitar la familia de Matías en aquel pueblito mediterráneo cuyo nombre jamás logré retener. Es cierto que mi ego se averió y tras ese instante mi corazón se alegró. Adeline y Pablo también han hecho pareja y Marcos esta con una chica de la Quebrada de Paihuano. El único solitario soy yo. Y el único solitario entre mis hermanos soy yo.

Sé positivamente que el tema de hacerme de un compañero no es fácil. A nadie le puedo pedir que me espere un mes en Santiago cuando estoy acá, y eso será varios meses al año… tampoco puedo esperar que alguien me espere meses en el Valle cuando este en Santiago. Y si bien la existencia es generosa, es mucho esperar un compañero que se desarrolle entre Santiago y el Valle del Elqui.

Aún cuando el tema, y como se ha tratado por mis hermanos-amigos, no estaba entre mis pensamientos diarios hasta ahora, me he visto desde hoy a mis ayeres emparejados y he descubierto dos cosas fuertes para mí:

1- Las personas con las cuales viví una relación de pareja me han generado una profunda admiración hacia ellos. Necesito admirar en todo sentido a quien amor. El primero fue un destacado Artista Nacional. El segundo, a su corta edad, tenía tres libros publicados y hasta hoy es citado por los medios nacionales en temas sociales, google da noticias y fotos frescas de él cada vez que pongo su nombre. El último un ser que ha sido capaz de salir de una de las poblaciones más pobres y delictivas de Santiago y desarrollarse en una ONG con atención en la infancia en riesgo social. A los tres le admiré profundamente, me sentí orgulloso de ellos y les amé con entrega, pero, por otro lado…

2- En los tres casos no sentí merecer que me amaran. Me sentí indigno de ellos y de su entrega y de la fe con la cual vivieron su relación conmigo.

Creo que es eso lo que me ha llevado, también, a no tener suerte en conocer personas. Mi apariencia física ayuda a que otros me miren y deseen acercárseme. Mi actuar, voz, fisaje, acciones espontáneamente masculinas permiten que se atrevan a seguir conociéndome, un estilo de vida algo distinto suele ser atractivo, al menos en un primer momento. Pero finalmente no logro interesarme más allá de los primeros momento. Trabajo me cuesta llegar a la tercera cita… ahora caigo que ante la sospecha de no sentirme admirador de él pierdo interés.

Y eso pasa con quienes tienen una vida muy distinta a la mía, con los seres exitistas, con quienes sueñan y hacen todo para conseguir una bonanza material, con quienes se desempeñan en áreas muy alejadas a las que yo me desenvuelvo, con quienes tienen ese apuro en todo…

También sé que espero un compañero, si que lo espero y la existencia sabe cuanto, pero también tengo clarísimo que ese compañero debe estar en el camino.

Mientras tanto miro y celebro como mis hermanos aman y son amados por sus parejas.

sábado, 6 de octubre de 2007

pulpo

La llegada fue silenciosa, como la entrada a una catedral. Muchi dormía la siesta y parecía estar sola. Me quedé en el jardín y me fui acomodando hasta quedar solo en pantalones. La planta de los pies sobre la tierra me conectaba calidamente con suelo que sé es mi suelo. El viento de la tarde, que en esta fecha comienza a levantarse, limpiaba mi piel. Sentí unos profundos deseos de llorar, de llorar como llora un niño o, quizá, como llora un hombre añorando ser niño. Ovni llegó a mi lado moviendo su peluda cola y mirándome con sus ojos tristes. Dio dos o tres ladridos antes de comenzar a olerme, a pasar su lomo por mis piernas. Mi mano se perdió en su pelaje crespo y blanco. Noté que los chicos han trabajado duro; desde lo alto, donde esta la casa, veía claramente las terrazas con pequeños árboles, quizá plantados en julio, las melgas trazadas con cariño y cuidado, una terraza amplia que supuse para pasar la tarde y una pirca bien avanzada que no pude adivinar su objetivo.

La casa en el alto, el río en el bajo y en medio un extenso manto de planeta para vivir, ser feliz, soñar, amar, crecer y ser. 7 hectáreas en total, con un pequeño bosque de árboles nativos, un manto desértico duro, el plano con los nogales y los almendros y entre ellos las hamacas, la mesa dibujada en la tierra, el río bañando la vegetación que crece como debe crecer en sus orillas, sin pedir permiso. Los espinos al fondo, en el límite oriente del terreno, aún mantenían sus flores amarillas y una hilera de eucaliptos había sido plantada en el lado que da al callejón. Desde lo alto me impregnaba de todo lo que ese lugar es para mí y de toda esa energía que se genera en ese hogar de todos. ¿Cunado podremos al fin tener el hospital que tanto hemos soñado? ¿Y el hotelito que lo financie?.

Entre en casa, el aire limpio y con aroma a incienso, la luz entrando por todas las ventanas e iluminando los rincones, Muchi durmiendo y frente a ella Matías durmiendo también. Entonces besé con besos cortos en la frente a Muchi hasta que despertó y me abrazó en silencio e invitándome a acostarme a su lado. Me acurruqué como un pajarito entumido y ella me acunó como acunan las personas cuando son capaces de dar amor. Su mano peinándome los cabellos y su voz murmurándome tiernas preguntas. Luego Matías se incorporó y en un abrazo de seis brazos permanecimos recostados acariciándonos como los monos acicalándose. Una profunda sensación de seguridad vino volando hasta mi corazón y sin más lloré las lágrimas que se han acumulado en mis ojos desde hacía meses, el grito que nunca pudo salir de mi garganta… Matías besaba mi nuca y mi cabeza, Muchi me sostenía con ese amor tan generoso que le brota y le emana desde su ser más santo, más divino. Luego prosiguió un silencio amplio como una brisa marina sin dejar de construir ese abrazo de pulpo de seis brazos seis piernas seis ojos tres corazones tres bocas tres mentes tres seres siendo un ser en un instante profundo y eterno.

Matías fue a preparar mate y ese fue el instante de incorporarnos, de hablar, de empujarnos y de reír. Me duché con esa agua que tenemos ahí de vertiente, tan limpia y tan segura, agua sin cloro. La ducha al aire libre, bajo los árboles y entre flores, con el agua volviendo a la tierra sin detergente. Volví con la toalla en la cintura y entonces los chicos vieron mi cicatriz. Muchi no se puedo contener y lloró mientras besaba el rosado tajo. Matías me consolaba como si la operación hubiese sido recién. Yo me reí y eso provocó la risa de los tres. Nos sentamos a beber mate y a fumar un cañito mientras la tarde caía entre los cerros.

jueves, 4 de octubre de 2007

útero


Volver al Valle sabiendo que debía regresar a Santiago después de unas semanas ha sido algo triste. Me vine sin avisar que llegaría, sin dar las últimas noticias sobre la enfermedad de mi padre, sin detenerme a pasar unas horas en la playa Las Mostazas, sin almorzar en la caleta de Coquimbo, sin pasar por La Serena ni saludar a Luciano en La Quebrada de Pinto. Sólo al salir de Pisco, cuando el camino se vuelve de tierra, pasado el cementerio, en la curva hacía el Puente de La Viga, me percaté que realmente no estaba siendo conciente de lo que me pasaba; había llegado hasta ahí como transportado por una fuerza exterior, sin ser conciente de lo que fue el camino, el recorrido. Detuve el jeep y estacioné, busque algún cigarro de los verdes que estaba seguro debía tener y bajé a la orilla del Río Claro, ahí, entre los sauces y los álamos, ahí donde el río zigzaguea y se esconde del camino que sube y de los escasos autos que, a esa hora, podían pasar. Entonces fue el silencio de la montaña y del río. Entonces fue el canto de la montaña y del río. Y yo ahí, en el interior de ese útero llamado Valle de Elqui, regresando al origen más pretérito, a comunicarme con la existencia como aprendía la primera vez que pisé esas tierras cercanas al cielo. La temperatura no era alta, más bien fría, aún así me quite la ropa como sí fuese la hora de acostarse a dormir y fumé la mitad de mi cigarrillo recostado sobre un pequeño plano donde el invierno había acumulado arena. No me importaron las piedrecillas en mi espalda ni la piel de gallina. Nada me resultaba más importante que estar ahí en ese momento, en ese lugar, estar en mí. Me metí al río con la clara intención de que es agua que viene del cielo me lavara de la ciudad, de los miedos, de las urgencias. Como si la mente jugara a mi favor en ese momento comencé a oír la canción suffi “Agua vital, purificamé…”