Ni yo quiero elegir entre tenerte o dejarte, entre el vino o el correr. Es mejor aprender a vivir en la frontera entre esto y aquello.
Nadie me impide correr, ni siquiera los ladridos de los perros, menos el pecado original. No me da por las noches cantar ni tirar migas de pan a las gaviotas de ciudad.
Te engaño sí me dejo confundir por tu voz despedida, no tengo orgullo ni vanidad, fui yo quien decidió el final. “Solo se trata de poder dormir sin pelear con la almohada”. ¿Qué es el bien? ¿Dónde está el mal?
El adiós viene y aunque arranque me ha de alcanzar. Y tu ahí, refugiado donde todos te amenazan.
Y sal de ahí, a defender el pan y el semen.
Y sal de ahí, para que sepas que esta boca es mía.
Este es un canto de noches pérdidas, que canta al filo de cuando te duermes. Con el ron de las despedidas suena más desesperado.
Vamos al bar de los amores perdidos, ya sabes que todo sabe a casi nada, a paraderos de estaciones perdidas, a hielo seco derretido en la almohada….
Y tiene tu nombre, como la soledad y como el olvido. Los fugitivos del deber no tienen pasajes para el cielo.
Este es un llanto de noches perdidas, se suena con una flor marchita, se sube a la cabeza como esas bebidas, se pega a la desilusión como una corbata, quema como la loca en la discoteca, sirve para echar vinagre en las heridas, miente como sólo miente Sabina
Y el olvido tiene tu nombre, como mi corazón y como tu partida. Los fugitivos del bien amar no tienen más amor que el que han perdido
Este es el trago de los amores perdidos…
Sí quieres te lo cambio por un rato en tu cama, hierve como estadio los domingos, suena como un beso en un telegrama.
Y tiene tu nombre, como la libertad, como el horizonte. Los fugitivos del mar amor cogen su maldición y se la beben.
martes, 18 de diciembre de 2007
lunes, 17 de diciembre de 2007
¿dónde fue?
Dónde fue
un chico que conocí
estaba don Jodo sentado en su velador
fabricábamos películas de amor sobre la cama
y mirábamos tormentas de papel por la ventana
Dónde fue
ya no oigo su voz
Díganle que esto nos sirve a los dos
Sobredosis de amor
Dónde fue
el chico que conocí
viernes, 14 de diciembre de 2007
peligro de fuga
martes, 11 de diciembre de 2007
carta a muchi (extracto)
Y yo también soy una cosa distinta. Algunos se alegran, otros lamentan, a otros les da la misma hueva no más. Otro hueón raro mirando pa fuera del sistema, por esa única ventana, esa que ahí esta tan oculta tras el cortinaje de la sociedad, tras toda esa soledad que llena bares, discotecas, cines americanos y mall. Y es que la soledad llena todo esos nichos modernos… puras puertas que no son de escapes. Y YO, pobre marinero de un océano distinto, tan naufrago en medio de todo esto y, sin embargo, -que maricones son los “sin embargos”, siempre listos pa cagarnos la intención de parecer lindo como Apolo- sabiéndome uno más; hermano de todos, parte de todos y sintiéndolos a todos tan aquí (me toco el pecho).
Es como los viajes de Guliver, o ¿Guliber? (capaz que sea con hache). Cachaí ese cuento? Ese en el que un marinero zarpa y se va en su nave, se va (parece que no leí la parte que decía a donde va), se va a navegar quizá para mirar una estrella, o a pescar, o tras su amante sirena que lo tiene atontado con su silencio (no ves que el canto de las sirenas mata a los que la escuchan). Entonces en el puerto les despidieron todos los del pueblo –Parece que era bueno el caballero porque todos lo querían y elevaban sus pañuelos blancos, sin haberse sonado nunca con ellos, porque son los pañuelos de despedida. Y se va po. Se va lejos, como el tren de Sui Generis. Entonces llega a un continente medio vola´o… No, no, el continente no es el medio vola´o, el medio vola´o es el caballero ese. Esta parte no me la sé porque vi el puro dibujo. Entonces los enanitos que le llegaban más debajo de las rodillas, porque sobre la rodilla no son enanitos son pigmeos, que no son lo mismo, lo tienen todo amarrado al pobre. ¡Y ¿Cómo lo amarraron?! (Preguntaría la Bianca). Entonces (estoy cachando que no leí el libro, vi las puras laminitas) (Hice tonta a mi mamá porque hacia como que leía pero solo inventaba viendo las laminitas) chaaaa, acabo de cachar que mi mamá tampoco leyó el cuento. Na que ver. En fin. La cosa es que como el hombre era bueno los enanitos lo liberaron, le dieron pan, y todos los enanitos del puerto lo salieron a despedir con pañuelos blancos, pero más chiquititos que los otros pañuelos, que o si no serían banderas. Y se va a navegar el tipo ese (Guliver, Guliber, Huliwer, capaz que se llamaba Wiliber, como el hermano vecino willy). Pero parece que la mano del marinero era del Elqui porque se vuelve a volar y se va pa otro la´o. Es bien gil el marinerito este. Igual me cae bien. Entonces llega a otra tierra donde todos eran grandes. Pero ¡Grandes! Randes. El no les alcanzaba a las rodillas, porque si les pasaba las rodillas no sería enano sino que yanomami. Y este huón era enano ahí. Entonces el loco cacha la volá. ¿Te fijai?. Un pito pa allá te haces gigante, un pito pa acá te haci enano y sin pito erí como todos los demás que te rodean. Y yo cacho eso, que somos ese marinero, Wiliber pongámosle, se parecen en lo vola´os. Entonces uno un momento es chico, en otro se es grande. La Polaridad, diría la hermana Ananda con su cabeza media ladeá, los ojos abiertos que no te explico, y esa cara llena de luz.
Es como los viajes de Guliver, o ¿Guliber? (capaz que sea con hache). Cachaí ese cuento? Ese en el que un marinero zarpa y se va en su nave, se va (parece que no leí la parte que decía a donde va), se va a navegar quizá para mirar una estrella, o a pescar, o tras su amante sirena que lo tiene atontado con su silencio (no ves que el canto de las sirenas mata a los que la escuchan). Entonces en el puerto les despidieron todos los del pueblo –Parece que era bueno el caballero porque todos lo querían y elevaban sus pañuelos blancos, sin haberse sonado nunca con ellos, porque son los pañuelos de despedida. Y se va po. Se va lejos, como el tren de Sui Generis. Entonces llega a un continente medio vola´o… No, no, el continente no es el medio vola´o, el medio vola´o es el caballero ese. Esta parte no me la sé porque vi el puro dibujo. Entonces los enanitos que le llegaban más debajo de las rodillas, porque sobre la rodilla no son enanitos son pigmeos, que no son lo mismo, lo tienen todo amarrado al pobre. ¡Y ¿Cómo lo amarraron?! (Preguntaría la Bianca). Entonces (estoy cachando que no leí el libro, vi las puras laminitas) (Hice tonta a mi mamá porque hacia como que leía pero solo inventaba viendo las laminitas) chaaaa, acabo de cachar que mi mamá tampoco leyó el cuento. Na que ver. En fin. La cosa es que como el hombre era bueno los enanitos lo liberaron, le dieron pan, y todos los enanitos del puerto lo salieron a despedir con pañuelos blancos, pero más chiquititos que los otros pañuelos, que o si no serían banderas. Y se va a navegar el tipo ese (Guliver, Guliber, Huliwer, capaz que se llamaba Wiliber, como el hermano vecino willy). Pero parece que la mano del marinero era del Elqui porque se vuelve a volar y se va pa otro la´o. Es bien gil el marinerito este. Igual me cae bien. Entonces llega a otra tierra donde todos eran grandes. Pero ¡Grandes! Randes. El no les alcanzaba a las rodillas, porque si les pasaba las rodillas no sería enano sino que yanomami. Y este huón era enano ahí. Entonces el loco cacha la volá. ¿Te fijai?. Un pito pa allá te haces gigante, un pito pa acá te haci enano y sin pito erí como todos los demás que te rodean. Y yo cacho eso, que somos ese marinero, Wiliber pongámosle, se parecen en lo vola´os. Entonces uno un momento es chico, en otro se es grande. La Polaridad, diría la hermana Ananda con su cabeza media ladeá, los ojos abiertos que no te explico, y esa cara llena de luz.
jueves, 6 de diciembre de 2007
preparando navidad
Me he convertido en un citadino, pero no de cualquier ciudad, sino que en un santiaguino. Así me he sorprendido subiendo al ascensor sin saludar a quienes ya están en el; poniéndole mala cara al conductor de al lado frente a su mala maniobra; irritándome cuando caigo en un taco. Aun no escojo el pan con la mano porque no voy al supermercado ni empujo a las personas porque es muy raro que viaje en metro. Así es que he tomado medida que comencé a practicar la semana pasada y ya dan algunos frutos. No tan solo comencé a saludar a las personas en el ascensor, lo hago tratando de mirar a los ojos a más de alguna persona. Eso me ha permitido que un joven coreano me responda el saludo y, ahora, hasta hemos cruzado un par de palabras. El estrés del volante se ha aplacado al no poder manejar estas últimas semanas.
No quiero ser un santiaguino. No lo acepto, No señor.
Suelo estar medio día en la oficina, sé qué todo el mundo debiera tener el mismo derecho, ojalá con una remuneración como la mía o mayor. En el trabajo realizo, simplemente, la función de ayudar a mis hermanos. Después del trabajo suelo ir a algún lugar entretenido; un café en Lastarria; alguna exposición en una de las tantas galerías cercana a la oficina, en Las Condes; o caminar por algún parque y el de las Esculturas en Providencia me resulta ideal, no solamente porque es pequeño y eso lo hace cómodo para mi pata con bota de yeso, sino que, además, es grato para leer o tirarse al pasto a mirar la copa de los árboles.
Día por medio nos estamos reuniendo con Camilo a cualquier hora de la tarde. Me pasa a buscar a la oficina y nos vamos por ahí. No tenemos un lugar especial y creo que nunca lo tendremos. No tenemos nada especial en realidad. Solo nos convoca la posibilidad de haber vivido uno de esos amores monumentales sino se hubiese casado. Lo primero que hago es preguntarle por Cecilia y los niños. No por joderlo, como me acusó hace unas tardes, sino para no olvidarme que una mujer y dos niños adorables pueden pasarla mal sí uno de los dos, por separado o juntos, hacemos algo mal hecho. Decidí que el tema de la infidelidad para con Cecilia es un tema de él y no tiene que ver conmigo. Pero si tiene que ver conmigo la afectividad que puede nacer entre ella y yo. Un tema no resuelto aún. En realidad lo único resuelto que tengo con Camilo es que debiéramos desaparecernos uno del otro. Pero no me hago caso.
Los preparativos para el arribo de la manada de mis herman@s elquinos ha dado pretexto para muchas cosas. Mamá, que por estos días pasa una semana en Tunquén con papá, mis hermanos y sobrinos menores, compró un pino grande, mando hacer un hoyo tremendo, y lo chantó frente a su casa. Con los niños se pasó un día entero visitando distintas ferias artesanales y otras especializadas para conseguir los adornos en tonos veraniego; frutas de papel maché, nidos de pajaritos, máscaras de madera y un montón de otras bolsas que no me atreví a trajinar. Ese mismo día trajo unos monos de yeso representando el nacimiento, pintura, betún de no se que cosa para dar un aspecto de reliquia y un puñado de pinceles y brochas. A cada uno de los chicos de la casa, que en total son seis, le encargó que pintaran una de las estatuas, que tienen un tamaño promedio de 35cms, de la forma que ellos quisieran. Nunca sospechó que todos se disputarían pintar al niño, que cae en mis manos, creando una batalla que amenazaba con dejar muchos heridos. Decidió que ella pintaría al niño, a modo de solución de conflicto, y la llantería no se podía tolerar. La solución fue ir a comprar cinco figuritas de “niño Jesús”. Ahora el nacimiento, que ya está bajo el pino, tiene ovejas pintadas como si fueran cebras, un camello rosado, un rey mago con traje a rayas de preso, una virgen con los colores de carnaval, un José que bien podría servir de modelo de Benetton, un campesino surrealista y otro con atuendo franciscano. Al centro, los seis niños forman un círculo.
Con esfuerzo mental, mucho de corazón y evitando el vicio de soñar despierto, no logro alejar a Camilo de mi presente. En su ausencia adquiere propiedades de fantasma y se me aparece, translucido, yendo de un lugar a otro, en todo momento y lugar. Temo que dormido pronuncio su nombre y lo abrazo hasta asfixiar. Las erecciones matutinas que han regresado desde mi adolescencia así me lo hacen ver.
Aun así, el anuncio de la llegada de mis herman@s del Valle del Elqui ha convulsionado a la familia a tal punto que Irineo me pregunto: “¿Qué acaso ahora somos cristianos?”
No quiero ser un santiaguino. No lo acepto, No señor.
Suelo estar medio día en la oficina, sé qué todo el mundo debiera tener el mismo derecho, ojalá con una remuneración como la mía o mayor. En el trabajo realizo, simplemente, la función de ayudar a mis hermanos. Después del trabajo suelo ir a algún lugar entretenido; un café en Lastarria; alguna exposición en una de las tantas galerías cercana a la oficina, en Las Condes; o caminar por algún parque y el de las Esculturas en Providencia me resulta ideal, no solamente porque es pequeño y eso lo hace cómodo para mi pata con bota de yeso, sino que, además, es grato para leer o tirarse al pasto a mirar la copa de los árboles.
Día por medio nos estamos reuniendo con Camilo a cualquier hora de la tarde. Me pasa a buscar a la oficina y nos vamos por ahí. No tenemos un lugar especial y creo que nunca lo tendremos. No tenemos nada especial en realidad. Solo nos convoca la posibilidad de haber vivido uno de esos amores monumentales sino se hubiese casado. Lo primero que hago es preguntarle por Cecilia y los niños. No por joderlo, como me acusó hace unas tardes, sino para no olvidarme que una mujer y dos niños adorables pueden pasarla mal sí uno de los dos, por separado o juntos, hacemos algo mal hecho. Decidí que el tema de la infidelidad para con Cecilia es un tema de él y no tiene que ver conmigo. Pero si tiene que ver conmigo la afectividad que puede nacer entre ella y yo. Un tema no resuelto aún. En realidad lo único resuelto que tengo con Camilo es que debiéramos desaparecernos uno del otro. Pero no me hago caso.
Los preparativos para el arribo de la manada de mis herman@s elquinos ha dado pretexto para muchas cosas. Mamá, que por estos días pasa una semana en Tunquén con papá, mis hermanos y sobrinos menores, compró un pino grande, mando hacer un hoyo tremendo, y lo chantó frente a su casa. Con los niños se pasó un día entero visitando distintas ferias artesanales y otras especializadas para conseguir los adornos en tonos veraniego; frutas de papel maché, nidos de pajaritos, máscaras de madera y un montón de otras bolsas que no me atreví a trajinar. Ese mismo día trajo unos monos de yeso representando el nacimiento, pintura, betún de no se que cosa para dar un aspecto de reliquia y un puñado de pinceles y brochas. A cada uno de los chicos de la casa, que en total son seis, le encargó que pintaran una de las estatuas, que tienen un tamaño promedio de 35cms, de la forma que ellos quisieran. Nunca sospechó que todos se disputarían pintar al niño, que cae en mis manos, creando una batalla que amenazaba con dejar muchos heridos. Decidió que ella pintaría al niño, a modo de solución de conflicto, y la llantería no se podía tolerar. La solución fue ir a comprar cinco figuritas de “niño Jesús”. Ahora el nacimiento, que ya está bajo el pino, tiene ovejas pintadas como si fueran cebras, un camello rosado, un rey mago con traje a rayas de preso, una virgen con los colores de carnaval, un José que bien podría servir de modelo de Benetton, un campesino surrealista y otro con atuendo franciscano. Al centro, los seis niños forman un círculo.
Con esfuerzo mental, mucho de corazón y evitando el vicio de soñar despierto, no logro alejar a Camilo de mi presente. En su ausencia adquiere propiedades de fantasma y se me aparece, translucido, yendo de un lugar a otro, en todo momento y lugar. Temo que dormido pronuncio su nombre y lo abrazo hasta asfixiar. Las erecciones matutinas que han regresado desde mi adolescencia así me lo hacen ver.
Aun así, el anuncio de la llegada de mis herman@s del Valle del Elqui ha convulsionado a la familia a tal punto que Irineo me pregunto: “¿Qué acaso ahora somos cristianos?”
martes, 4 de diciembre de 2007
se viene el carnaval

Mientras la señal que esperaba se tomaba su tiempo para llegar, adelantándose a su camino, una noticia revolucionaria me llegaba en forma de antigua carta. Se trataba de un sobre de esos antiguos, color celeste deslavado, con un avión aún más desteñido en una de sus esquinas y, alegremente para mí, un interior grueso. Remitente, uno solo: Valle del Elqui, Región de Coquimbo.
El grosor de su interior se esfumó al abrirla, como un globo que se desinfla; un puñado de hojas de distintos árboles elquinos. El resto de la carta una pregunta: “¿Nos vas a buscar? Llegamos el día 21 a pasar las fiestas de fin de años con tu familia”. La hoja fue firmada por un montón de signos que, con detención, identifiqué; el pez de Muchi; la Cruz de Pablo que le seguía un “2”; una línea como un “v” invertida de Matías; un “^” de Lito; una estrella de Ángella… y así reconocí a mis 9 hermanos, tres de ellos x 2, supuse que se trataba de sus novi@s. Dos días más tarde un mail de Matías anunciándome la intención de pasar las fiestas de fin de año, que le seguían unas minis vacaciones, junto a mi familia en la parcela de Pirque y a orillas del Río Claro.
Mi familia tomó tal idea con un entusiasmo de carnaval. Dos días más tarde escuché a mamá charlar por celular diciendo que vienen unos sobrinos a pasar fin de año. Cosas de mamá pensé. Corregí, cosa de esta mamá media loca que tengo. Pero su locura se esfumó de un suaquate cuando Hannessis, en la oficina, contaba que para las fiestas venían sus primos. Y es que en mi familia somos huérfanos de tíos, de primos; no vivimos la primera experiencia sexual con algún prim@, ni fuimos a sus cumpleaños. Y es que mi madre es hija única de inmigrantes europeos y, por su lado, papá es hijo de, también, inmigrantes europeos y que parieron dos hijos chilenos, pero la dictadura milica se encargó de dejar a mi papá sin hermanos, a mamá sin cuñados, a nosotros sin tíos ni primos y a mis abuelos adiando esta tierra más que la Europa natal en el año 43.
Sin organización alguna, en un derrame de euforia y espontaneidad, comenzó la organización: Dos se pueden quedar en nuestra casa, decía Doris; si consigo un camarote en la mía caen dos, ayudaba Minerva. Pero nada, debí parar a todos de una, en seco, con la vista fija y la voz firme: Ellos se quedan en mi casa. Decidí temiendo que de lo contrario terminaran mutilando a mis elquinos de tal modo que cada cual tuviese su parte de primo para sí mismo. Papá lo entendió a la primera diciéndole a mamá “Estos chiquillos son igual de hippie como fuimos nosotros, pero estos creen en la existencia y la comunidad”. Como un gladiador al ganar una pelea infló el pecho y dijo a mamá, asegurándose que todos lo oyeran: “¿No te lo advertí?”. Mamá respondió con un simple “fue para hacerte rabiar no más. Sí yo sabía que new age”.
Minerva, que ante el infinito deseo de mamá de tomarse la vida como un juego, puso el tono estricto y realista de la situación: “Necesitaras camas, sábanas, frazadas, toallas… haz una lista con todo lo que te falte”. Y la lista fue tan larga como un rollo de papel para el poto. Los menores, en especial mis hermanos, preguntaban sobre quien eran los que vendrían e Irineo respondía con que éramos los miembros de una tribu milenaria, que solo comían plantas y cagaban donde hubiera hoyo en la tierra. Junto a mis sobrinos más chicos mis hermanitos lo creyeron mirándome con asco.
Si la llegada de mis herman@s elquinos me tenía movilizado, una llamada desde Roma me petrificó, tanto por la emoción como por los detalles que ello implicaba. Analuz y Gonzalo habían hecho reservas aéreas para pasar en Santiago las fiestas de fin de año y quedarse en nuestra casa. Por suerte Mamá lo arregló de una: “Segura estoy que Minerva se las pasará con ustedes no más, así que en su dormitorio duerme Analuz y Gonzalo y se arregla el cuarto destinado al planchado para las niñas”. Tal determinación me pareció invasiba pues yo hubiese querido estar con mi hija todo el rato. Después de unos días entendí que la solución de mi vieja era la más cómo y realista.
El recolectar camas y colchones y el modificar toda mi casa, que tiene un diseño de choza y un aspecto de templo Maya, con plantas y todo, a ocupado gran parte de mis días dejando a Camilo en un lindo segundo lugar. Al menos eso fue en un comienzo porque cuando se entero del tropel místico que vendría se interesó tanto que ha llegado al punto de auto invitarse para el día primero de enero, día en que haremos una fiesta como se acostumbra en el valle, por la Paz Planetaria. Una vez estando solos me declaró que deseaba probar ante mis herman@s elquinos cuanto me amaba. Para hacer todo más fácil Mamá invitó cordialmente a Camilo a pasar navidad y año nuevo con nosotros. Obvio, yo no estuve presente cuando dio tal brillante idea. Camilo le respondió con un rotundo NO para navidad, pero que hablaría con Cecilia la idea de pasar año nuevo en esta parcela desatada en vez de la aburrida casa de sus suegros en Rapel, donde después de los abrazos todos se iban a acostar y el permanecía en la terraza luchando con los mosquitos hasta aclarar el nuevo año.
Como siempre cuando los dioses se aburren se entretienen conmigo, Irineo invitó a Camilo con su familia a su cumpleaños, el 02 de enero. Como siempre, comienza en la tarde del día 1 con una tarde infantil, en casa hay muchos niños donde los hijitos de Camilo la pasarían muy bien. La fiesta continúa después para los mayores y esperaba batir el record de festejos con tres días ininterrumpidos de carnaval, aprovechando la comparsa elquina y el festival de REIKI, fogatas, cantos y danzas Hoppy, fiestas de tambores y patricias tardes de río: “Cuando conozcas a los primos del Valle del Elqui vas a querer regresarte con ellos a esa montaña pelá cruzada por un estero”.
En tanto, con la llegada de mis herman@s mamá y mis hermanas han intentado encontrar un menú navideño y año nuevo apropiado. Para ello han dado vueltas arecetas.com, investigados en libros de cocina budista y repasado las recetas de Laura Amenabar. No entiende que del valle solo tres somos vegetarianos y que el resto dedicaría una oración a la vaca que se asaría en la parrilla para el banquete. Solo que debía cuidar que esa carne no este contaminada de químicos y que quién la crió haya recibido una paga justa por la vestía sacrificada.
La solución la dio Hannessis, el hermano padre: Festejemos la navidad con pescados, mariscos y dulces. Y después, con todos en la casa, decidimos la cena de año nuevo”. Todos encantados por la idea menos mis hermanitos y sobrinos menores, a quienes se les prometió una pizza de sueños.
No tengo duda alguna de que serán unas semanas de carnaval, con estilo veneciano, alegría brasilera y la simpleza del Valle del Elqui.
lunes, 3 de diciembre de 2007
besos sabor a ron
Han pasado los días con todo y sus horas. Así, como un interminable tren en que cada vagón pareciera tener una dirección propia y distinta al que los que lo antecede y precede. “Cada día tiene su afán” ha repetido mi padre como una oración.Cuando el proceso en el que me dejó mamá fue disminuyendo en intensidad y con la tranquilidad y el humor que suelen dar el paso de las horas, decidí no tomar una opción en relación a Camilo sin antes no recibir un signo claro e inequívoco, de lo que debía hacer.
Por otro lado sentía una lata tremenda de preocupar a mis padres por mis problemas de criterios, amorosos y de ermitaño en medio de todos los que tanto amo. Me propuse ponderar mi actuar, compartir más con todos, no invalidarme por la pata quebrada y recuperar mi alegría elquina.
Entre mis padres, mis hermanos, cuñados, sobrinos y amigos se fueron disipando mis urgencias. Para hacerle una trampa a la mente escogí de entre la familia tres libros; La suma de los días – Allende-, La razón de los amantes -Simonetti- y Los cuadernos de don Rigoberto –Vargas Llosa-. Historias que solo tienen por fin entretener y chismosear la vida de otros, reales o menos reales, pero otros al fin. Así, cada vez que me daba cuenta de estar volando en medio de la tempestad de Camilo o el porvenir de Papá, me voy con uno de esos libros a un sitio fresco de la parcelar y me pongo a leer lentamente, para no acabarlos, disfrutando los únicos dolores que se pueden gozar; los de la literatura.
Una tarde, mientras leía a la Allende bajo el viejo sauce del lado de la piscina, fui sorprendido e interrumpido por mi hermana Vera. Con ese derecho que sentimos los hermanos se sentó a mi lado y sin siquiera esperar una pausa en mi lectura me comenzó hablar. Sabía perfectamente que estaba vencido y que era mejor cerrar el libro y prestarle todos mis sentidos, de otra forma es imposible comunicarse con ella. Después de temas relacionados con el termino de las solemnes, el cambio climático que ella notaba de sobra por las altas temperaturas que tanto le encantaban, las vacaciones locas y sádicas que planea papá para toda la familia y las ganas que tiene de que yo recuperé mi pata para que empecemos a ir a la Blondie y la Fabrica fue por una chela a la cocina. Y en tiempo record volvió con dos botellas de litro heladas y húmedas. Entonces de una me sorprende con un “La mamá dice que por fin te enamoraste”. La cerveza se me atoró en la garganta provocándome un ahogo incomodo y llenándoseme los ojos de irritantes lágrimas muy saladas. “Entonces es verdad, si no lo fuera no te hubieses ahogado”.
Sé que Vera tenía una idea de las palabras de mamá referente a mí y que eso le bastaba para sentirla una realidad total, inalterable y que nada serviría cuanto argumento le presentara para convencerla de que no estaba enamorado. Y lo que me era peor, toda mi familia manejaba la misma información y, lo que era peor, todos lo daban por hecho. Las palabras de mi hermanita delataban el cariño de mi familia por mi y la preocupación que les causaba y, lo que me asustó, que el tema Camilo había sido un tema familiar, lo que en esta famita significa asunto de estado capaz de movilizar a todos por una causa. Incluso el que Vera haya aprovechado ese momento para decirme que esta pensando en cambiar de pololo porque un tal Marcos le gusta mucho más y resulta ser más interesante, y que no lo va a pensar mucho para terminar un pololeo de casi tres años.
Definitivamente no podía continuar preocupando a mi familia y debía hacer algo para evitar que charlas similares a la de mi madre la semana anterior y de Vera esa tarde se repitan con cada uno de mis hermanos, cuñados y papá. Sobre todo debía evitar el turno de Irineo, ante quién jamás he podido contradecir y todos mis argumentos se evaporan con sus palabras salidas desde el corazón.
Entre tanto Camilo apareció ese día al atardecer. Venía directamente desde su casa y se le veía muy relajado y contento. Yo aún conversaba con Vera al borde de la piscina y ya habíamos salido de la sombra del sauce para exponernos al sol. A juzgar por el saludo tan poco efusivo de mi hermanita se me ocurrió que ella sabía que Camilo llegaría esa tarde y, lo que me resultaba peor, que se habían juntado el día anterior, quizá esa misma mañana.
Camilo se sentó entre mi hermana y yo. Tocó la bota que inmoviliza mi pie y me miró preguntándome ¿Cómo estás? Le miré intensamente como para que leyera en mis ojos un contundente: ¿Y cómo mierdas quieres que esté? Pero simplemente le sonreí alegrándome ampliamente su visita. Nos sonreímos a la vez que nos regalábamos muecas infantiles y cómplices. Vera recitó un menú de tragos y bebidas dignos de un buen bar para que escogiéramos de ellos. Después de pedirle una segunda recitada ambos optamos por un Habana Club, pero bien servido, eso para Camilo quería decir tres cubos de hielos y una rebanada mediana de limón, en caso que este fuera de pica lo prefería partido en cuatro, dos quintos de Ron y el resto tónica. No fue preciso que yo le aclarara a Vera mí formula de RON pero lo hice para lucirme ante Camilo: dos cubos de hielo, una rodaja de limón y la mitad del vaso con ron, sin bebida ni agua ni nada.
Al quedar solos con Camilo pasó marchando una tropa de ángeles liderados por los arcángeles, sí hasta los pájaros dejaron de cantar y mis sobrinos a lo lejos de reír. Nos miramos me incliné un poco, solo un poco hacia su lado entonces le volví a mirar y como leyendo mis deseos el se venía acercando para estallar en un beso monumental que borró de un plumazo mis temores, incertidumbres y penas. Vera nos sorprendió sentados uno más cerca del otro, sin hablar y cogidos de las manos. Nos miró intermitentemente a uno y al otro y sonrió sin dejar de caminar con la bandeja con los tres vasos de ron.
“¿Cómo están?”. Pregunto con una sonrisa irónica y un tono de voz juguetón.
Esa noche Camilo se quedo en mi casa.
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