viernes, 12 de septiembre de 2008

el rincón más bello de roma


Desde nuestra mesa podíamos ver los andenes de Termini saturados de pasajeros, maletas, carros, relojes y prisa. De vez en vez me mirabas intentando que yo no percibiera tu mirada. De vez en cuando yo te miraba tímido como un niño. Hubiese querido ser un hombre valiente y declarar mi romántico agradecimiento y el encanto que me provocaba verte cada anochecer, al regresar de haber ido a dejar a las niñas, parado a las afuera del hotelito fumando tu cigarrillo de tabaco negro mirándome llegar.

Para que tú me oyeras mis palabras se volvían lentas como las horas tú volvías largas. Reías al verme reír de tus zetas y eses y yo disfrutaba de tus palabras largas. Cada noche descubriste para mí un secreto de Roma. Cada noche la luna salía en un nuevo bar, una nueva esquina y en una callejuela distinta cada noche se reunían las estrellas. Tenías una ciudad para mí.

Los trenes llegan cargados de turistas y de trabajadores, jóvenes estudiantes del mundo entero gritan de alegría. La mujer nos trajo las cervezas y las olivas, los vasos helados vestidos de escarcha. Entonces nos quedamos silenciosos como las uvas, como el viento previo al huracán. Tú buscaste mis ojos y yo te ofrendé mi mirada…

Aquella tarde de mí llegada tú cargabas a mi hija en tus hombros y tras ustedes el sol reinaba el espacio. Tú te inclinaste para yo poder besar a mi hija y yo me empiné para abrazarla y en ese ejercicio, como las nubes en las colinas del Valle del Elqui, mi boca rozó tu nariz y tu frente y tu cabeza se estacionó en mi pecho. Te miré, creo que colorado… me miraste sonriendo. Analuz nos miró cómplice. Tomaste mi hombro y dijiste “Pasquale”. Te sonreí enchuecando mis labios hacia la derecha –signo de mi nerviosismo- y te confesé mi nombre.

Por fotos, por correos de Analuz y por sus palabras en su última visita breve a Pirque cuando mi papá enfermó, yo ya te conocía. Tú me conocías por los mismos medios y conocías la historia de la comunidad del Elqui y de mis dos abuelas nacidas en Italia. Los tres primeros días compartimos juegos y comidas y risas y helados de aquellos con las niñas. Traducías para mi lo que ellas olvidaban decir en español. Luego, en aquel bar pagano con vista al Vaticano, nos confesamos en la fantasía de una pareja de hombres con dos hijas hermosas paseando por el mundo.

Sus dedos largos y albos cogían las olivas con una armonía masculina que me seducía. Sus cabellos caían sobre su frente ocultando por instantes sus ojos oscuros. Nos había nacido un silencio triste de despedida. Cientos de emociones y palabras y pensamientos e imágenes se atoraban en mi pecho como se atoran los geranios en algunos balcones. Levantó la mirada y con un breve y firme movimiento de cabeza despejó el cabello de su frente. Nuestras miradas se encontraron como nunca antes y estirando mi mano tomé la suya que reposaba sobre la mesa con la oliva entre sus dedos.

Por un instante los andenes se vaciaron de pasajeros y florecieron parejas de amantes. Los relojes se detuvieron y la ciudad eterna se imprimió en una vieja tarjeta postal. Pasquale recibía mi mano en la suya sin distraer su mirada de mis ojos. Yo sonreía agradecido y encantado. Y los pasajeros y las maletas y los carros volvieron a los andenes y los relojes a consumir sus segundos y sus minutos y sus horas. Entonces él miró su reloj, subió la vista, hizo un par de mueca, retorció su boca de lado a lado, apretó los labios, sonrió…

- “¿Confías en mi?”, preguntó seguro de una respuesta afirmativa. No lograba entrever que se le había ocurrido pero en sus próximas palabras todo se aclaró. “Dame tu billete”. Olvidé llevarte al mejor lugar de Roma y no te puedes ir sin conocerlo. “Espérame aquí”. Dijo mientras desapareció a grandes zancadas.

Regresó calmado tras un rato largo, sonriente y con el billete de tren golpeándolo en la palma de su mano mientras su sonrisa me develaba la acción. Guardamos la mochila en custodia y salimos de la estación por una calle lateral, de ahí enfilamos por calles pequeñas hacia el sur. De momentos nos dábamos golpes de hombros, nos abrasábamos. Reíamos. Así me enteré que mi tren saldría al atardecer del día siguiente.

La luz indicaba que estábamos en la fina frontera que hay entre el atardecer y el anochecer, esa hora imprecisa de los poetas. Pregunté a dónde íbamos, el nombre de esa zona aún más bella que Roma. Sonrío, desordenó mi cabello.

- ”A mi cuarto”, respondió.

Al atardecer del día siguiente nos despedimos en un eterno abrazo antes de abordar mi tren rumbo a Cinque Terre. Durante el trayecto se me venían una y otra vez las imágenes del rincón más bello de Roma mientras su nombre resonaba en el Duomo de mi pecho.

1 comentario:

G! dijo...

Romance y seducción... me encantó
un abrazo!
G