
- “¿Crees en Dios?”, preguntó suave como un sueño y firme como una cruz, con todas las zetas de un idioma aprendido en Castilla.
La luz trisaba la línea ecuatorial y se colaba rauda por la ventana que, según aseguró un orgulloso dueño de casa, databan del siglo XVIII. Mientras, y desde su puesto de salvavidas indiferente, la mirada de la comadrona juzgaba nuestras copas de vino y las condenaba a sabe quién qué cosa, pues no se bebe así antes que el papa se despierte. Comí lento los trozos de melón amarillento (calameños lo llaman donde vivo) cubiertos de jamón crudo y rescaté, cual quijote, los higos de los salame que los oprimían.
Melones e higos liberados ¡¡¡Jamás serán vencidos!!!
Y la pregunta giraba en el aire como un remolino.
Y su mirada se adentraba en mis ojos como un minero se adentra en la roca. Firme, varonil, decidido. (¡Mauricio!, ¡¡oh Mauricio!!). Su visaje me atraía como el silencio de las sirenas (y es que las sirenas tienen un arma aún más fuerte que su canto, y este es su silencio). En la viña de los hombres hermosos, él más hermoso de sus frutos esperaba una respuesta.
- ¡¡Si, creo en Dios, de hecho creo en varios!!
Respondí como el roquero aquel mientras Pasquale, caramayola en mano, llenaba las copas con vino.

2 comentarios:
Ps es válido creer en varios dioses, cada quién cree lo que quiere creer ¿no?
yo solo creo en uno...
Saluditos :)
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