Fue de madrugada. Me despertó el teléfono y me costó trabajo incorporarme a la noche fría. Para cuando tomó el aparato la llamada había cesado. Un número figuraba como llamada perdida. Los últimos tres dígitos me dieron el dato. El número de teléfono correspondía al de Muchi.
A Angella la conocí cuando ambos éramos niños y nuestros padres se hicieron amigos. Entonces ella llegaba con el pelo anudado en dos tomates sobre sus orejas, la mirada perdida y el cuerpo empujado por su timidez tras la figura de la madre. A diferencia de mis hermanos, su voz nasal me resultó graciosa. Así la vida avanzó y después nos encontramos en la universidad, estudiábamos ambos en Gómez Milla y más de una vez compartimos carretes. Luego no supe de ella hasta que su madre contó que se había ido a vivir a USA y dos años más tardes, cuando yo salía de la U, apareció una buena noche en mi MSN para contarme que estaba de vuelta en Santiago y vivía con una gringa en una casona increíble del centro. Dos días más tarde nos juntamos a un vinito, una semana después conocí a la gringa y antes que terminara ese mes me contaron que eran pareja.
Regresarían a USA y no volvería a saber de ella hasta aquella tarde de noviembre en que apareció junto a sus padres en el cumpleaños de mi mamá. Pero esta vez venía con una mujer que a primera vista me pareció increíble, alta, una melena rubia salvaje, ojos azules cielo de Quito y una serenidad que llenaba todos los espacios. Se trataba de Muchi, la nueva compañera de Angella y con quién vivían en una casa de barro del Valle del Elqui. Aquella tarde nos bebimos varias botellas de tinto y blanco también. Yo impresionado con la vida que me relataban.
Conociendo a Muchi supe que algo muy extraordinario ocurría como para llamar a alguien a esas horas de la madrugada. Entonces salté de la cama dispuesto a vestirme suponiendo que acababa de llegar a Santiago. Pasaron mil cosas frente a mis ojos, todas felices hasta que oí un… “Tatatí” –el apodo por el cual me llaman en mi familia y los amigos más íntimos-. El tono de su voz me paralizó. De pronto todo se detuvo y amenazaba con no revivir. Sentí miedo, un profundo miedo y una electricidad recorrió mi cuerpo por debajo de mi piel. Me pidió que llamara a Pablo mejor y solo ante mi insistencia de saber que sucedía murmuro antes de soltar un llanto desgarrador… “Angella y Tomás…” No pudo seguir charlando y cortó.
Tres meses más tarde de haberla conocido me fui por dos semanas al Valle del Elqui con unas escuetas indicaciones de cómo llegar escritas en una servilleta. Para ese entonces las chicas estaban viviendo con Tomás, un chico francés que después de meses de mochilear por la columna andina del continente se acurrucó en el nido de Muchi y Angella. Entonces vivimos dos semanas los cuatro juntos sin prever que éramos el origen de lo que con el pasar de los meses y los años sería esta comunidad que tanto amo y que habitamos 10 personas.
Entonces llamó a Pablo apenas recuperado el aliento y es el quien me cuenta lo sucedido.
De regreso de Vicuña, ya de noche, Angella y Matías desbarrancaron a la altura de Tres Cruces y ambos se encuentran graves en el hospital de Coquimbo.
He llorado todo el día mientras coordino mis actividades con el fin de irme, en dos horas más… durante el día, y siempre por teléfono me he ido enterando de la atrocidad del accidente.
Se me cae una piedra desde el corazón.
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