Tanto silencio en esta soledad, las ilusiones se hicieron a la mar, un extraño frío trae el perfume del dolor, en alguna parte un sueño descansa en un rincón.
Y cada vez que siento tanto frío pienso en que algún día deberías de llegar; los abrazos amplios, la sonrisa florecida, las miradas conquistando, la ropa interior lanzada por ahí y en este invierno inventándonos un sol. Y nuevamente la calle es tan amplia, los peatones caminan en otra dirección. De noche camino en medio de la neblina que disipa el corazón, y pienso en ti que aún no te atreves a llegar, o ¿seré yo el que no me atrevo a acercar?
Tarde o temprano la primavera a mi cuerpo llegará, las caricias donde nadie acarició, tu lengua en mi frente mi olfato en tus secretos, los dedos atados al corazón… y pasa que estas noches no sé sí reír o llorar, todo parece tan lejano, tan difícil y sin empezar. Y de pie en el horizonte cierro los ojos e imagino tu sonrisa que me hace temblar y tiembla el mundo que no entiendo al final y deseo ese beso
Ese beso de la vida
La sutil melancolía
El momento cuando respiras
Los espacios que miras
Y las gotas de lluvia en mis ojos diluvian
Y otra vez en mi cama, tan ancha y tan escarcha te espero por los medios de comunicación aparecer, y cuando llegas siempre pareces no llegar, no estar dispuesto para charlar…
Y siento aún más frío
Algún día deberías de llegar. La mañana que se viene es una vieja sensación que refleja los espejos del tiempo, y el niño acurrucado solitario, entumido en su rincón es el chico soñando el amor… no es mucho lo que tengo para darte, mira… y no sé sí detenerme o llorar… y es que tengo tanto frío que no sé si es miedo o me sangra alguna herida, la idea es que vengas a mi.
Congelándome a media noche
lunes, 16 de junio de 2008
martes, 10 de junio de 2008
hospital
El hospital es pequeño y carece de todo aquello que carecen los hospitales de provincia. Y, sin embargo, le sobra todo lo que no tienen los hospitales de Santiago, La Humanidad.
Al llegar descubrí que la realidad era mayor a la que imagine mientras conducía de noche y de un único tiro de Santiago a Coquimbo. Ni en mis pensamientos más atroces imaginé que se trataba de riesgo vital para Angella y compromisos muy serios para Tomás. Por fortuna no hubo un tercero involucrado en el accidente.
La última vez que ví a Angella –así como al resto de la comuna- fue para el último año nuevo gregoriano al que asistió toda mi comuna a festejarlo con mi familia y transformando todo en un colorido y amoroso carnaval que duró dos semanas con todas sus horas, soles y estrellas. Entonces recuerdo aquella tarde veraniega que pasamos juntos caminando por los cerros que rodean mi ruka-loft. Yo me había rapado la cabeza y la salvaje y siempre libertaria cabellera de Angella llegaba a mi cara con el viento de la tarde…. Ahora su cabellera esta atada en un moño –jamás la vi así- y su rostro pálido mientras por las narices y boca le entran tubos y agujas pinchan sus brazos introduciéndoles líquidos de esperanzas. Milagrosamente sus huesos salieron intactos, salvo uno que otro hematoma y algunos rasguños.
Es su mente la que ha caído en un profundo sueño del cual no se sabe cuando despertará.
En el caso de Tomás es al contrario… su cuerpo físico es el que sufrió todos los impactos… los médicos dicen que con esfuerzo, paciencia y ayuda sus huesos volverán a soldar, sus músculos a resistir movimientos y sus tendones a generar movimientos. Tomás era quien venía conduciendo y ha relatado tanto a carabineros como a médicos y a quien le pregunte los detalles del accidente. Así la cosa, él y Angella venían de regreso de haber comprado verduras y otras cosas desde Vicuña. Ella traía en sus brazos una bolsa repleta de mandarinas que tenían la cabina de la camioneta perfumada. De pronto la frutas se escaparon de la bolsa y cayeron por todos lados, llenado todos los espacios y algunas ubicándose bajo los pedales de conducción. Así fue como Tomás, al acercarse a una curva no pudo disminuir la velocidad, el camino se acabó y nació la quebrada por la cual cayeron.
Aún con los huesos hecho trizas, fue él quien se acerco a Angela, tomó su pulso, la beso, la sacó de la camioneta procurando no agitarla, la acomodo intentando mantenerla recta y subió la quebrada en un tramo que Pablo calcula 60 metros. Así pidió ayuda al primer vehículo que encontró y volvió a bajar para acompañar a Angella mientras llegaba ayuda. Ayudo a los bomberos, les dio indicaciones de cómo avisar al resto y una vez que Angella era subida en camilla se oyó un grito desgarrador. Fue un ser anónimo, de esos que siempre llegan en esos momentos, quién afirmó en su desmayo a Tomás para evitar que su cabeza diera contra las piedras. Luego se supo de sus costillas trizadas, una muñeca quebrada, la tibia… la rodilla, la pelvis,,, etc
Al llegar descubrí que la realidad era mayor a la que imagine mientras conducía de noche y de un único tiro de Santiago a Coquimbo. Ni en mis pensamientos más atroces imaginé que se trataba de riesgo vital para Angella y compromisos muy serios para Tomás. Por fortuna no hubo un tercero involucrado en el accidente.
La última vez que ví a Angella –así como al resto de la comuna- fue para el último año nuevo gregoriano al que asistió toda mi comuna a festejarlo con mi familia y transformando todo en un colorido y amoroso carnaval que duró dos semanas con todas sus horas, soles y estrellas. Entonces recuerdo aquella tarde veraniega que pasamos juntos caminando por los cerros que rodean mi ruka-loft. Yo me había rapado la cabeza y la salvaje y siempre libertaria cabellera de Angella llegaba a mi cara con el viento de la tarde…. Ahora su cabellera esta atada en un moño –jamás la vi así- y su rostro pálido mientras por las narices y boca le entran tubos y agujas pinchan sus brazos introduciéndoles líquidos de esperanzas. Milagrosamente sus huesos salieron intactos, salvo uno que otro hematoma y algunos rasguños.
Es su mente la que ha caído en un profundo sueño del cual no se sabe cuando despertará.
En el caso de Tomás es al contrario… su cuerpo físico es el que sufrió todos los impactos… los médicos dicen que con esfuerzo, paciencia y ayuda sus huesos volverán a soldar, sus músculos a resistir movimientos y sus tendones a generar movimientos. Tomás era quien venía conduciendo y ha relatado tanto a carabineros como a médicos y a quien le pregunte los detalles del accidente. Así la cosa, él y Angella venían de regreso de haber comprado verduras y otras cosas desde Vicuña. Ella traía en sus brazos una bolsa repleta de mandarinas que tenían la cabina de la camioneta perfumada. De pronto la frutas se escaparon de la bolsa y cayeron por todos lados, llenado todos los espacios y algunas ubicándose bajo los pedales de conducción. Así fue como Tomás, al acercarse a una curva no pudo disminuir la velocidad, el camino se acabó y nació la quebrada por la cual cayeron.
Aún con los huesos hecho trizas, fue él quien se acerco a Angela, tomó su pulso, la beso, la sacó de la camioneta procurando no agitarla, la acomodo intentando mantenerla recta y subió la quebrada en un tramo que Pablo calcula 60 metros. Así pidió ayuda al primer vehículo que encontró y volvió a bajar para acompañar a Angella mientras llegaba ayuda. Ayudo a los bomberos, les dio indicaciones de cómo avisar al resto y una vez que Angella era subida en camilla se oyó un grito desgarrador. Fue un ser anónimo, de esos que siempre llegan en esos momentos, quién afirmó en su desmayo a Tomás para evitar que su cabeza diera contra las piedras. Luego se supo de sus costillas trizadas, una muñeca quebrada, la tibia… la rodilla, la pelvis,,, etc
viernes, 6 de junio de 2008
miedo
Fue de madrugada. Me despertó el teléfono y me costó trabajo incorporarme a la noche fría. Para cuando tomó el aparato la llamada había cesado. Un número figuraba como llamada perdida. Los últimos tres dígitos me dieron el dato. El número de teléfono correspondía al de Muchi.
A Angella la conocí cuando ambos éramos niños y nuestros padres se hicieron amigos. Entonces ella llegaba con el pelo anudado en dos tomates sobre sus orejas, la mirada perdida y el cuerpo empujado por su timidez tras la figura de la madre. A diferencia de mis hermanos, su voz nasal me resultó graciosa. Así la vida avanzó y después nos encontramos en la universidad, estudiábamos ambos en Gómez Milla y más de una vez compartimos carretes. Luego no supe de ella hasta que su madre contó que se había ido a vivir a USA y dos años más tardes, cuando yo salía de la U, apareció una buena noche en mi MSN para contarme que estaba de vuelta en Santiago y vivía con una gringa en una casona increíble del centro. Dos días más tarde nos juntamos a un vinito, una semana después conocí a la gringa y antes que terminara ese mes me contaron que eran pareja.
Regresarían a USA y no volvería a saber de ella hasta aquella tarde de noviembre en que apareció junto a sus padres en el cumpleaños de mi mamá. Pero esta vez venía con una mujer que a primera vista me pareció increíble, alta, una melena rubia salvaje, ojos azules cielo de Quito y una serenidad que llenaba todos los espacios. Se trataba de Muchi, la nueva compañera de Angella y con quién vivían en una casa de barro del Valle del Elqui. Aquella tarde nos bebimos varias botellas de tinto y blanco también. Yo impresionado con la vida que me relataban.
Conociendo a Muchi supe que algo muy extraordinario ocurría como para llamar a alguien a esas horas de la madrugada. Entonces salté de la cama dispuesto a vestirme suponiendo que acababa de llegar a Santiago. Pasaron mil cosas frente a mis ojos, todas felices hasta que oí un… “Tatatí” –el apodo por el cual me llaman en mi familia y los amigos más íntimos-. El tono de su voz me paralizó. De pronto todo se detuvo y amenazaba con no revivir. Sentí miedo, un profundo miedo y una electricidad recorrió mi cuerpo por debajo de mi piel. Me pidió que llamara a Pablo mejor y solo ante mi insistencia de saber que sucedía murmuro antes de soltar un llanto desgarrador… “Angella y Tomás…” No pudo seguir charlando y cortó.
Tres meses más tarde de haberla conocido me fui por dos semanas al Valle del Elqui con unas escuetas indicaciones de cómo llegar escritas en una servilleta. Para ese entonces las chicas estaban viviendo con Tomás, un chico francés que después de meses de mochilear por la columna andina del continente se acurrucó en el nido de Muchi y Angella. Entonces vivimos dos semanas los cuatro juntos sin prever que éramos el origen de lo que con el pasar de los meses y los años sería esta comunidad que tanto amo y que habitamos 10 personas.
Entonces llamó a Pablo apenas recuperado el aliento y es el quien me cuenta lo sucedido.
De regreso de Vicuña, ya de noche, Angella y Matías desbarrancaron a la altura de Tres Cruces y ambos se encuentran graves en el hospital de Coquimbo.
He llorado todo el día mientras coordino mis actividades con el fin de irme, en dos horas más… durante el día, y siempre por teléfono me he ido enterando de la atrocidad del accidente.
Se me cae una piedra desde el corazón.
A Angella la conocí cuando ambos éramos niños y nuestros padres se hicieron amigos. Entonces ella llegaba con el pelo anudado en dos tomates sobre sus orejas, la mirada perdida y el cuerpo empujado por su timidez tras la figura de la madre. A diferencia de mis hermanos, su voz nasal me resultó graciosa. Así la vida avanzó y después nos encontramos en la universidad, estudiábamos ambos en Gómez Milla y más de una vez compartimos carretes. Luego no supe de ella hasta que su madre contó que se había ido a vivir a USA y dos años más tardes, cuando yo salía de la U, apareció una buena noche en mi MSN para contarme que estaba de vuelta en Santiago y vivía con una gringa en una casona increíble del centro. Dos días más tarde nos juntamos a un vinito, una semana después conocí a la gringa y antes que terminara ese mes me contaron que eran pareja.
Regresarían a USA y no volvería a saber de ella hasta aquella tarde de noviembre en que apareció junto a sus padres en el cumpleaños de mi mamá. Pero esta vez venía con una mujer que a primera vista me pareció increíble, alta, una melena rubia salvaje, ojos azules cielo de Quito y una serenidad que llenaba todos los espacios. Se trataba de Muchi, la nueva compañera de Angella y con quién vivían en una casa de barro del Valle del Elqui. Aquella tarde nos bebimos varias botellas de tinto y blanco también. Yo impresionado con la vida que me relataban.
Conociendo a Muchi supe que algo muy extraordinario ocurría como para llamar a alguien a esas horas de la madrugada. Entonces salté de la cama dispuesto a vestirme suponiendo que acababa de llegar a Santiago. Pasaron mil cosas frente a mis ojos, todas felices hasta que oí un… “Tatatí” –el apodo por el cual me llaman en mi familia y los amigos más íntimos-. El tono de su voz me paralizó. De pronto todo se detuvo y amenazaba con no revivir. Sentí miedo, un profundo miedo y una electricidad recorrió mi cuerpo por debajo de mi piel. Me pidió que llamara a Pablo mejor y solo ante mi insistencia de saber que sucedía murmuro antes de soltar un llanto desgarrador… “Angella y Tomás…” No pudo seguir charlando y cortó.
Tres meses más tarde de haberla conocido me fui por dos semanas al Valle del Elqui con unas escuetas indicaciones de cómo llegar escritas en una servilleta. Para ese entonces las chicas estaban viviendo con Tomás, un chico francés que después de meses de mochilear por la columna andina del continente se acurrucó en el nido de Muchi y Angella. Entonces vivimos dos semanas los cuatro juntos sin prever que éramos el origen de lo que con el pasar de los meses y los años sería esta comunidad que tanto amo y que habitamos 10 personas.
Entonces llamó a Pablo apenas recuperado el aliento y es el quien me cuenta lo sucedido.
De regreso de Vicuña, ya de noche, Angella y Matías desbarrancaron a la altura de Tres Cruces y ambos se encuentran graves en el hospital de Coquimbo.
He llorado todo el día mientras coordino mis actividades con el fin de irme, en dos horas más… durante el día, y siempre por teléfono me he ido enterando de la atrocidad del accidente.
Se me cae una piedra desde el corazón.
jueves, 5 de junio de 2008
noche

Las noches vienen como volantines oscuros. Allá en la noche trazan el espacio con su oscuridad mágica y surcan el viento nocturno en acrobacias perfectas que, de momento, parecen eternas. Y hay noches que vienen como tremendos pájaros de inmensas alas que emigran de un mundo lejano y se alimentan de las estrellas, nuevas y fugaces, los luceros y las lunas.
A lo lejos un perro ladra y en un callejón profundo un amante llora desolado. En ese rincón un niño encuclilla teme crecer y por mis poros el hombre quiere nacer, crecer y agigantarse. Y entonces la cama se me hace un tremendo océano sin ser surcado, un inmenso océano cubierto por una sábana desolada y espumosa y yo el navío sin capitán encallado entre cabos de sueños y esperas densas como las alas de estas noches invernarles.
Es la noche el horizonte definitivo donde me siento y mezo mis piernas como un niño en un columpio. Y es en las noches donde el hombre exige elevarse como un faro único y preciso, eterno y definitivo.
Entonces podría hacerme el digno y manejar hasta ese punto de la ciudad donde te puedes encontrar, extender mi mano como en una ofrenda y mirándote a los ojos desear que me correspondas extendiendo tu mano para agarrarme y no dejarme ir.
A lo lejos un perro ladra y en un callejón profundo un amante llora desolado. En ese rincón un niño encuclilla teme crecer y por mis poros el hombre quiere nacer, crecer y agigantarse. Y entonces la cama se me hace un tremendo océano sin ser surcado, un inmenso océano cubierto por una sábana desolada y espumosa y yo el navío sin capitán encallado entre cabos de sueños y esperas densas como las alas de estas noches invernarles.
Es la noche el horizonte definitivo donde me siento y mezo mis piernas como un niño en un columpio. Y es en las noches donde el hombre exige elevarse como un faro único y preciso, eterno y definitivo.
Entonces podría hacerme el digno y manejar hasta ese punto de la ciudad donde te puedes encontrar, extender mi mano como en una ofrenda y mirándote a los ojos desear que me correspondas extendiendo tu mano para agarrarme y no dejarme ir.
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