domingo, 20 de enero de 2008

poder de muerte

He iniciado mil veces este post y mil veces lo he borrado al cabo de dos sentimientos. Se me figura como una lápida que sellará eternamente una tumba que en el fondo no se ve el mar. He escrito cuando en sueño he despertado junto a él. He escrito “a esa hora fea en que los bares a punto están de cerrar, cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar” He buscado un adjetivo profundo y efímero que, sin embargo, se vuelva un tatuaje en su corazón. Y vuelvo una vez más al punto cero, ahí donde todo esta a punto de comenzar, a punto de terminar.

Finalmente la muerte es poderosa, y todo muere una vez más. Y andan los días rondando fantasmas. Y andan las noches destellando rayos lácteos sobre el sentimiento que se aferra con uñas y dientes al filo de un abismo inevitable como la muerte.

Y todo no es más que una experiencia de la cual algo se ha de aprender. Pero ¿qué?...

Tras un fin de semana juntos en que las horas solo fueron las horas y los árboles el artefacto creador de sueños más grande de la existencia, le pedí a Camilo, como una única y total demostración de amor, que emigre del lado de mi corazón como emigra la oscuridad del sol. Así, sin ruidos, sin canto, sin llanto ni brindis. Sin abrazos, ni besos, ni miradas retrovisores a ningún ayer.

Y Camilo se marchó ese anochecer en un silencio de cementerio. Y yo me desvelé en un ruido de funeral. El corazón exprimido, la mirada vidriosa, la garganta espesa.

Una tarde de confesar verdades había yo liberado a Camilo de todo sentido de compromiso. Pero yo no me liberé de ello. Y fue hace unos 7, 8, quizá 10 o 12 días en que comencé a romper los hilos y dejarme ir.

Él volverá a su vida familiar de padre tierno y esposo formal y calido.

Yo regresé a mi mundo emocionalmente ermitaño y lejano.

Camilo esta en mis pensamientos diarios pera ya no le extraño. He tenido la fortuna de no desvelarme más de dos noches por temas del corazón en mi vida. Jamás he extrañado mucho a alguien.

Es cierto que la ciudad ahora me parece aún más árida y los parques y plazas sitios solo para fumar. Ya no hay amantes caminando a pies pelados por el césped ni se ven dos tipos rozando sus manos bajo ese sauce de Manuel Montt. Pero luego otros amantes florecerán en cada esquina de la ciudad…

Después de todo eso tiene de bello la muerte, el poder del renacer

1 comentario:

Anónimo dijo...

Siempre trato de hacer algún comentario sobre tus relatos, pero nunca se que decir. Esto, porque tu forma de escribir, esa forma de relatar, tan libre de egoísmos, tan sincera y clara me paraliza, me sorprende y siento que cualquier cosa que pueda decir esta demás. Creo que de alguna forma te admiro.

Un abrazo.