jueves, 10 de enero de 2008

eslabón

Hace calor en Santiago y Camilo cada tarde, derretido, se las arregla para darme encuentro en la esquina más próxima a la que me encuentro. En la primera mirada me dice “Buenas tardes chiquillo”. Yo le respondo con un abecedario en mis ojos. En la segunda mirada me dice algún secreto y yo le pregunto ¿Cómo va la vida?

Estos días son muy calurosos y el siempre lleva su pelo atado en un moño de trigo, su camisa caliente abierta y una brisa fresca en su mirada oceánica. Él construye la mitad de su vida en un secreto para mí y esconde en su bolsillo un caramelo de canela para mi boca reseca. Cuando el llega nace en el horizonte algo con forma de faro y desde mi cabeza emigran pájaros atemorizadores.

Camilo siempre ríe cuando caminamos uno al lado del otro por las veredas o por el parque transversal de providencia. Con el entusiasmo de un niño se desvía hacia el Sebastian y compramos dos helados; de color blanco y verde para él, de manjar lúcuma para mi. Y el barquillo sostiene el mundo. Entonces nos sentamos por ahí o por acá a esperar renacer en una dimensión nueva.

Yo camino hacia Camilo por su mirada, por su porte de monumento de otra vida y cambio el reloj ante su presencia. Junto a él la noche es un largo día que se habla como una poesía. En su ausencia la ciudad es un cementerio de peatones derretidos y comerciantes tristes y desesperados. A su lado los árboles sobrevivientes de los parques de Santiago florecen en aromas nuevos y las iglesias dan campanadas de alegrías y mi corazón da vueltas como un remolino de papel de todos los colores.

Se me confunden los sentimientos, se me mezcla la razón, se me pierde el fondo del corazón y sucumbo a la inmovilidad del no saber como ascender esta montaña con los pies descalzos y los días hirviendo en esta agresora ciudad. En vano la soledad abre sus brazos y se me ofrece como una loca desorbitada. El silencio se llena de su presencia y me crece el sexo, se me expande el corazón, y vuelo con alas de águila a su intimidad y construimos un instante. Un instante como un eslabón independiente en la cadena de nuestras vidas. Y de regreso a mi mundo me pregunto una y otra vez sí estaré haciendo lo que debo hacer y no lo que me dicta el ego.

Entonces su esposa me florece como una amapola de alta montaña y sus dos hijos corretean mariposas en mi pecho.

2 comentarios:

Nico dijo...

hermoso...

me gusta tu estilo, prosa poética estilo Mistral.

Tomé tu blog desde la no culta sexy o no?

Mi nombre es Nicolas.

y tu escribes, y yo también.

Nico dijo...

tienes msn?