
Y llegó el día 14 y aun estaba como una estatua en el centro de la plaza de mi existencia. Definitivamente no estaba bien, me sentía absolutamente huérfano incluso de mi mismo. Hice todo lo posible para que con Dan las cosas fluyeran en paz. Finalmente no supe que pasaba en él y solo sospeché que un miedo atroz fue lo que lo llevó a actuar con tal nivel de desestabilización. Bien sabía que no había vuelta atrás, imposible después de haberme acostado con un chico que… un chico que me envío un mail como alguna vez soñé recibir, proponiéndome que le invitara a conocer la quebrada que más me gusta. Pero el caso es que volvía a estar solo… cosa que no quería que sucediera, que me aterraba e inmovilizaba.
No obstante ahí me encontraba, en medio de mi casa, con una brisa fría y húmeda, erecto como un cactus, bañado de un melancólico rocío. Aquella mañana llore como un niño, no, mejor dicho lloré como un hombre, con lágrimas certeras y silenciosas. Por un momento sentí mucha bronca con Dan y conmigo mismo, con el chico que no me llamó y con el que había escrito ese mail como un horizonte, un oasis quizá.
Mi madre, con esa intuición que sólo tienen las madres, llegó a casa y al ver mis ojos colorados me acunó. “Treinta años ya y sigues siendo mi niño” dijo mientras me abrazaba para comenzar a cantar aquella canción que cantaba cuando era un niño y en las noches de pesadilla buscaba el refugio de sus brazos en su cama. Entonces me acostaban entre papá y ella y cantaba: “Eigo, yo remando voy, mi canoa por el río va y en la noche fresca por la selva voy”, y su voz espantaba mis miedos y entre ellos me dormía seguro, amado y en paz. Pero esta vez mis miedos necesitaban más que una canción y el amor de mis padres para ser espantados.
La razón de la visita era para contarme que el día sábado (mi cumpleaños) ella y papá irían al concierto de Serrat y que por tal razón habían planificado una celebración para la noche del viernes donde habían invitado a los amigos de la familia (lo más cercanos que con mis hermanos hemos tenido a Tios) y a mis amigos de toda la vida. El menú… lo mismo de todos mis cumpleaños “Ñoquis”. Dicho sea de paso, a mi madre le quedan ESPECTACULARES.
Aquel viernes me la pasé en la oficina con mis hermanos, el seminario en Canelo de Nos había concluido el día anterior y volvía a tener mis días libres para mi.
Irineo, uno de mis hermanos mayores y con quien estoy seguro venimos juntos de muchas vidas anteriores, notó que no me sentía del todo bien y nos arrancamos la tarde a un bar de El Golf (Donde están las of) y en dos horas saqué todo lo que me quemaba en el interior. Él, claro como es él y con ese humor que luce espontáneamente me contó su película favorita y como la encontró en un libro de Osho.
“Teñí que dejar de ser Tiago Mendiburu y comienza a ser Tiago el Zorba”. Me aseguro que ahí estaba el secreto…
Al día siguiente su regalo de cumpleaños para mi fue la Película Zorba el Griego y el libro de Osho
“Zorba está vivo pero no sabe nada de las cimas más altas. Es feliz arrastrándose por la tierra: puede abrir las alas, pero no tiene consciencia de ello.
No obstante ahí me encontraba, en medio de mi casa, con una brisa fría y húmeda, erecto como un cactus, bañado de un melancólico rocío. Aquella mañana llore como un niño, no, mejor dicho lloré como un hombre, con lágrimas certeras y silenciosas. Por un momento sentí mucha bronca con Dan y conmigo mismo, con el chico que no me llamó y con el que había escrito ese mail como un horizonte, un oasis quizá.
Mi madre, con esa intuición que sólo tienen las madres, llegó a casa y al ver mis ojos colorados me acunó. “Treinta años ya y sigues siendo mi niño” dijo mientras me abrazaba para comenzar a cantar aquella canción que cantaba cuando era un niño y en las noches de pesadilla buscaba el refugio de sus brazos en su cama. Entonces me acostaban entre papá y ella y cantaba: “Eigo, yo remando voy, mi canoa por el río va y en la noche fresca por la selva voy”, y su voz espantaba mis miedos y entre ellos me dormía seguro, amado y en paz. Pero esta vez mis miedos necesitaban más que una canción y el amor de mis padres para ser espantados.
La razón de la visita era para contarme que el día sábado (mi cumpleaños) ella y papá irían al concierto de Serrat y que por tal razón habían planificado una celebración para la noche del viernes donde habían invitado a los amigos de la familia (lo más cercanos que con mis hermanos hemos tenido a Tios) y a mis amigos de toda la vida. El menú… lo mismo de todos mis cumpleaños “Ñoquis”. Dicho sea de paso, a mi madre le quedan ESPECTACULARES.
Aquel viernes me la pasé en la oficina con mis hermanos, el seminario en Canelo de Nos había concluido el día anterior y volvía a tener mis días libres para mi.
Irineo, uno de mis hermanos mayores y con quien estoy seguro venimos juntos de muchas vidas anteriores, notó que no me sentía del todo bien y nos arrancamos la tarde a un bar de El Golf (Donde están las of) y en dos horas saqué todo lo que me quemaba en el interior. Él, claro como es él y con ese humor que luce espontáneamente me contó su película favorita y como la encontró en un libro de Osho.
“Teñí que dejar de ser Tiago Mendiburu y comienza a ser Tiago el Zorba”. Me aseguro que ahí estaba el secreto…
Al día siguiente su regalo de cumpleaños para mi fue la Película Zorba el Griego y el libro de Osho
“Zorba está vivo pero no sabe nada de las cimas más altas. Es feliz arrastrándose por la tierra: puede abrir las alas, pero no tiene consciencia de ello.
Su jefe es un hombre culto, muy refinado, rico, pero infeliz, continuamente angustiado. Zorba le dice un día:
- Jefe, lo único que a ti te pasa es que piensas demasiado. ¿Por qué no vives? No le veo sentido. ¿Por qué sigues pensando? ¿Qué vas a sacar en limpio? ¡Vive! ¡Ven conmigo!.
Coge su instrumento musical, arrastra a su jefe hasta la orilla del río donde viven y empieza a tocar, a bailar. Y el jefe se queda allí parado, muerto de vergüenza, pensando: "Si alguien ve a este loco, y a mí con él, ¿qué va a pensar?". No baila pero tiene miedo de que si alguien le ve allí... Zorba tira de él y le dice:
- ¡Ponte a bailar!
- No sé bailar -replica el jefe.Zorba le insiste:
- No hay por qué saber bailar -insiste Zorba-.
- El baile no se aprende. Empieza a dar saltos y lo verás. Yo toco la música. Tú sólo tienes que empezar.
Al comprender que aquel hombre no iba a dejarle en paz, el jefe empieza a moverse, y Zorba le anima. Al final, en aquella noche de luna llena, se olvida por completo de su cultura, de su educación, de su civilización, y por primera vez comprende que también puede vivir, que también puede bailar, que sus piernas no sólo sirven para andar. Tiene alas: Zorba le enseña algo de la tierra”

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