martes, 16 de septiembre de 2008

Paris, je t´aime


El resto del viaje fue solitario como sola es la luna, como solo es el sol. Viajé en trenes solitarios saturados de pasajeros cargando maletas, mochilas, hervidores de agua, condones con sus sachet de lubricantes y aquellas boletas de optimismo. En la mente aquella mirada oscura de Pasquale, su mano sosteniendo la mía en esa mesa fría del más cálido café de Termini mientras la oliva rodaba desde sus dedos eternos a la palma de mi mano ermitaña.



Y su mirada en mis ojos se anclaba como el navío después de la tormenta atraca en el muelle.

Y el tren avanzaba como la muerte lucha con mi signo. Y entre las calles de Riomaggiore salí por unos pasos encontrar y en callejuelas florecidas en la primavera de todos los amantes solitarios, idos, volados, navegados y naufragados me nació aquella esquina de pescado mediterráneo y vino de la casa con la libreta azulosa de papal maché y el lápiz de sangre verde Elqui tatuando toda mi soledad en esas hojas recicladas.

Los turistas corrían con sus cámaras digitales sin percatarse de los pobres amantes que cenábamos nuestras soledades desoladas con vista al mar. Aún con todo ello, y con más, yo era un hombre hermoso aquella tarde bebiendo vino en copa, picando el pescado entre las rodajas de limón a la hora en que el sol se marchaba más allá del mar.

Entonces regresé al hotel en Rapallo con vista al mar y piscina bajo la luna. Italia & Lido frente a mis ojos donde los chicos itálicos caminaban la costanera con sus jeans a medio traste, el abdomen de gym a la luz de la luna y sus miradas perdidas en Cinque Terre siempre eterna. Entonces fue, sólo fue entonces, que recordé… y subí agónico a mi habitación con vista a nada para… para…

No importar nada más que…

No fue tú mail, tampoco la pulsera de cuero ecuatoriano en mi muñeca, ni el aliento de ron, ni tu mirada varonil rindiéndose de mi mirada tímida y agónica. No sé que cosa fue

Fue alguna cosa?
Mi varonilidad?
Tú respiración secreta bajo mis brazos?
El chico Chileno de Pedro de Valdivia del cual te hablé en más de una noche romana?
Los deseos de abrirme a otros como la noche a los almendros?

Y tú, ardiendo por mi, sonreías con tus ojos tan sinceros… Y entonces, en una calle veraniega de turistas, en el corazón de Le Marais, llegaste a mi lado y en la plaza Les Vosgues, a esa hora en que todo es otra cosa, busqué tus labios y tus labios pronunciaron en mi boca el verbo beso y tus ojos oscuros fueron noche y mi pecho abría en tu pecho un rol nuevo mientras el chico aquel tejía su realidad lejos de nosotros.

Caminamos sin pasos ni cansancio, amplios como las noches son amplias cuando el amor ronda el desvelo y el cielo parece más cerca de techo y en la gare d´Austerlitz me enseñaste a basar como besan los bucaneros a esa hora en que solo lo que importa es el amar.

Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje,
luciendo los tatuajes
de un pasado bucanero,
de un velero al abordaje,
de un no te quiero querer.

Y, sin embargo tu y yo nos acariciábamos, nos besábamos, descubríamos en una esquina de Paris.

¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio, mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen el cristal de los acuarios de los peces de ciudad…..

Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel, por mis venas va, ligero de equipaje, sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje, luciendo los tatuajes de un pasado bucanero, de un velero al abordaje, de un liguero de querer?#

viernes, 12 de septiembre de 2008

el rincón más bello de roma


Desde nuestra mesa podíamos ver los andenes de Termini saturados de pasajeros, maletas, carros, relojes y prisa. De vez en vez me mirabas intentando que yo no percibiera tu mirada. De vez en cuando yo te miraba tímido como un niño. Hubiese querido ser un hombre valiente y declarar mi romántico agradecimiento y el encanto que me provocaba verte cada anochecer, al regresar de haber ido a dejar a las niñas, parado a las afuera del hotelito fumando tu cigarrillo de tabaco negro mirándome llegar.

Para que tú me oyeras mis palabras se volvían lentas como las horas tú volvías largas. Reías al verme reír de tus zetas y eses y yo disfrutaba de tus palabras largas. Cada noche descubriste para mí un secreto de Roma. Cada noche la luna salía en un nuevo bar, una nueva esquina y en una callejuela distinta cada noche se reunían las estrellas. Tenías una ciudad para mí.

Los trenes llegan cargados de turistas y de trabajadores, jóvenes estudiantes del mundo entero gritan de alegría. La mujer nos trajo las cervezas y las olivas, los vasos helados vestidos de escarcha. Entonces nos quedamos silenciosos como las uvas, como el viento previo al huracán. Tú buscaste mis ojos y yo te ofrendé mi mirada…

Aquella tarde de mí llegada tú cargabas a mi hija en tus hombros y tras ustedes el sol reinaba el espacio. Tú te inclinaste para yo poder besar a mi hija y yo me empiné para abrazarla y en ese ejercicio, como las nubes en las colinas del Valle del Elqui, mi boca rozó tu nariz y tu frente y tu cabeza se estacionó en mi pecho. Te miré, creo que colorado… me miraste sonriendo. Analuz nos miró cómplice. Tomaste mi hombro y dijiste “Pasquale”. Te sonreí enchuecando mis labios hacia la derecha –signo de mi nerviosismo- y te confesé mi nombre.

Por fotos, por correos de Analuz y por sus palabras en su última visita breve a Pirque cuando mi papá enfermó, yo ya te conocía. Tú me conocías por los mismos medios y conocías la historia de la comunidad del Elqui y de mis dos abuelas nacidas en Italia. Los tres primeros días compartimos juegos y comidas y risas y helados de aquellos con las niñas. Traducías para mi lo que ellas olvidaban decir en español. Luego, en aquel bar pagano con vista al Vaticano, nos confesamos en la fantasía de una pareja de hombres con dos hijas hermosas paseando por el mundo.

Sus dedos largos y albos cogían las olivas con una armonía masculina que me seducía. Sus cabellos caían sobre su frente ocultando por instantes sus ojos oscuros. Nos había nacido un silencio triste de despedida. Cientos de emociones y palabras y pensamientos e imágenes se atoraban en mi pecho como se atoran los geranios en algunos balcones. Levantó la mirada y con un breve y firme movimiento de cabeza despejó el cabello de su frente. Nuestras miradas se encontraron como nunca antes y estirando mi mano tomé la suya que reposaba sobre la mesa con la oliva entre sus dedos.

Por un instante los andenes se vaciaron de pasajeros y florecieron parejas de amantes. Los relojes se detuvieron y la ciudad eterna se imprimió en una vieja tarjeta postal. Pasquale recibía mi mano en la suya sin distraer su mirada de mis ojos. Yo sonreía agradecido y encantado. Y los pasajeros y las maletas y los carros volvieron a los andenes y los relojes a consumir sus segundos y sus minutos y sus horas. Entonces él miró su reloj, subió la vista, hizo un par de mueca, retorció su boca de lado a lado, apretó los labios, sonrió…

- “¿Confías en mi?”, preguntó seguro de una respuesta afirmativa. No lograba entrever que se le había ocurrido pero en sus próximas palabras todo se aclaró. “Dame tu billete”. Olvidé llevarte al mejor lugar de Roma y no te puedes ir sin conocerlo. “Espérame aquí”. Dijo mientras desapareció a grandes zancadas.

Regresó calmado tras un rato largo, sonriente y con el billete de tren golpeándolo en la palma de su mano mientras su sonrisa me develaba la acción. Guardamos la mochila en custodia y salimos de la estación por una calle lateral, de ahí enfilamos por calles pequeñas hacia el sur. De momentos nos dábamos golpes de hombros, nos abrasábamos. Reíamos. Así me enteré que mi tren saldría al atardecer del día siguiente.

La luz indicaba que estábamos en la fina frontera que hay entre el atardecer y el anochecer, esa hora imprecisa de los poetas. Pregunté a dónde íbamos, el nombre de esa zona aún más bella que Roma. Sonrío, desordenó mi cabello.

- ”A mi cuarto”, respondió.

Al atardecer del día siguiente nos despedimos en un eterno abrazo antes de abordar mi tren rumbo a Cinque Terre. Durante el trayecto se me venían una y otra vez las imágenes del rincón más bello de Roma mientras su nombre resonaba en el Duomo de mi pecho.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

el mareo

“Avanzo y escribo

decido el camino

las ganas que quedan se marchan

con vos”


En cuanto bar entrara, en las tiendas musicales, en la calles, en uno que otro parque y aquella tarde tirado en la plaza Julio Cortazar del Soho. Antes de que emprendiéramos el regreso compré el disco que parecía acompañarnos como un cupido esa vez en Buenos Aires.

“Se apaga el deseo

ya no me entrevero

y hablar eso

que se me iba

mejor”

No lo volví a oír sino hasta en esta etapa del viaje en que recorro solo el camino a Le Marais, como un peregrino (penegrino diría mi hermano).

Una letra elegante,
Una voz extremadamente sentimental en una energía absolutamente masculina
Algo pasa en mi interior que atrae a viejos pájaros que creí espantado para siempre de mi pecho. De pronto me torno triste como un naufrago y sé que la cusa no es la ausencia de alguien que ya no este a mi lado.

“Con los ojos no te veo

se que se me viene el mareo

y es entonces

cuando quiero

salir a caminar”

Y, sin embargo, te presiento con todos mis otros sentidos. Sé que existes, que por algún lado deambulas, sueñas, creces, te desarrollas, buscas, sientes. Y no te veo.

Te me vienes tú a la mente, el arrepentimiento por mi insulto taladra alguna parte de mí. Me dan ganas de llorar, de acudir a ti… sé que ya pasó el instante y que este se fue volando a un rincón aún más lejos que aquí.

“El agua me ciega

hay vidrio en la arena

ya no me da pena

dejarte que un adiós”

Esta tierra no tiene el romanticismo suicida de París en otoño, Guápulo en verano, Pirque en invierno ni de El Retiro en primavera. Hoy aquel sentimiento esta en mí.

Los chicos bajan a la playa cada atardecer luciendo sus sonrisas. Yo camino por la costanera descubriendo ese café, esa terraza con una mesa sobre la cual descansa una copa esperando mi vino. Me siento extrañamente contento de ser un náufrago de mi mismo y aún izar la bandera de un mañana.

“Así son las cosas

amargas borrosas

son fotos veladas

de un tiempo mejor”


Tengo ganas de regresar, de partir y de ir, volar, llegar a tu pecho y escribir mi historia en el. Quisiera poseer la valentía de abrirte mi pecho y que esculpas ahí adentro tu secreto, tu fe, tus ganas, tus mareos. Y temo que ya no estás; te has ido tras el portazo que pegué cuando mis piernas tiritaron de miedo


”Con los ojos no te veo
se que se me viene el mareo

y es entonces

cuando quiero

salir a caminar”

miércoles, 3 de septiembre de 2008

dios



- “¿Crees en Dios?”, preguntó suave como un sueño y firme como una cruz, con todas las zetas de un idioma aprendido en Castilla.


La luz trisaba la línea ecuatorial y se colaba rauda por la ventana que, según aseguró un orgulloso dueño de casa, databan del siglo XVIII. Mientras, y desde su puesto de salvavidas indiferente, la mirada de la comadrona juzgaba nuestras copas de vino y las condenaba a sabe quién qué cosa, pues no se bebe así antes que el papa se despierte. Comí lento los trozos de melón amarillento (calameños lo llaman donde vivo) cubiertos de jamón crudo y rescaté, cual quijote, los higos de los salame que los oprimían.


Melones e higos liberados ¡¡¡Jamás serán vencidos!!!


Y la pregunta giraba en el aire como un remolino.


Y su mirada se adentraba en mis ojos como un minero se adentra en la roca. Firme, varonil, decidido. (¡Mauricio!, ¡¡oh Mauricio!!). Su visaje me atraía como el silencio de las sirenas (y es que las sirenas tienen un arma aún más fuerte que su canto, y este es su silencio). En la viña de los hombres hermosos, él más hermoso de sus frutos esperaba una respuesta.


- ¡¡Si, creo en Dios, de hecho creo en varios!!


Respondí como el roquero aquel mientras Pasquale, caramayola en mano, llenaba las copas con vino.