lunes, 10 de marzo de 2008

puente la viga, segunda etapa


La ruta continuó como un río y mi jeep como una canoa en el. Sin darme cuenta llegué entre en La Serena, cargue combustible y me enfile en el paisaje tan esperado siempre. Solo a la altura del aeropuerto recordé que había ofrecido vista a Rita, una gran mujer que vive en un departamento de avenida del mar. Pero ya era tarde. Por suerte La Serena había quedado atrás. El sol aun estaba alto y supuse que recién habría pasado el filo de las dos de la tarde.

La primera vista que amo al ingresar al Valle es el embalse Puclaro, con todos los sentimientos encontrados que este me provoca y me jode. Su maciza superficie Calipso y el viento dibujando olas en el. Más de alguna vez planeamos ir a pasar un fin de semana en su rivera y siempre lo pospusimos tanto que al final no insistimos en ello y la idea se esfumó como suele esfumarse lo que no se nombra. Una noche ardiente en palabras discutíamos aquello con unos visitantes teólogos que habían llegado a nuestra casa. Entonces les acusé de no hablar sobre el “amor al prójimo”, de pronunciar esas tres palabras base de la fe cristiana. Uno de ellos, con las cejas muy juntas y la frente arrugada me encaró con un cuchillo en el tono de su vos: “¿Y por qué debiéramos hablar de ello?”. “Para no olvidarlo”, fue mi respuesta. Pablo, el más cristiano de nuestra casa, salió en mi ayuda diciendo que en ello radica el mantralizar el “OM” “Para no olvidarnos jamás de nuestro origen”. Luego Muchi, teóloga protestante, comenta con su suave voz de paz, que ella siente que “el amor al prójimo” la separó de la iglesia, no de Cristo. Y pasa –argumentó- que hace más de dos mil años nos enteramos que hay que amar al prójimo y aun, el mundo cristiano, no sale de sus capillas a amar al otro.

Disminuyo la velocidad, en lo posible, cada vez que pasó frente a la casa vidriada de Joaquín Bello para enterarme sí está ahí o no. Divertido es que es solo en un afán de copucha puesto que no me conoce y difícilmente tendría las patas de pasar a saludarle. Pero siempre es rico llegar diciendo: “Estaba Joaquín en su casa”. Y esta vez no estaba. Pero ciertamente el valle es más bello sabiendo que un artista de su talla esta en el. Me detuve en la berma para buscar un cedé de él. Bien sabía que no tenía ninguno. Que Tras el Arcoíris nunca lo saque de casa y que después de buscar en varias disquerías de providencia su trabajo con la Mistral simplemente no lo encontré. Tampoco portaba un disco de Vitale. Stereo Total fue la música que llenó ese vacío, el cedé que tú me regalaste canción a canción esa madrugada de verano.

Entré a Vicuña a comprar agua y con la intención de comer algo. Debí consolarme con un pésimo pan con queso en el terminal, puesto que Vicuña a esa hora duerme siesta. Ya devuelta en el camino y a la altura de Diaguitas, donde la imagen de los jóvenes Krishnas me viene como parte del paisaje. Y el pésimo pan con queso se me regresa a la garganta. Entonces caigo en que soy vegetariano pero como queso, en que soy vegetariano pero como margarina, en que soy vegetariano y fumo… entonces, atroz, me acababa de nacer una tarea para la casa.

Para muchos el Valle del Elqui comienza saliendo de La Serena, para otros pasando Vicuña, para mi el valle recién comienza cuando se va en dirección oriente y se gira al sur, pasando Tres Cruces. Recién ahí siento ingresar al gran útero, donde los cerros coloridos hablan y el río Claro se dibuja en una hilera inagotable y frondosa de verdes árboles, el horizonte son infinitas formas de “V”, el símbolo del Grial, de la Diosa, de la Madre. Entonces es cuando me siento conmovido por la expresión desnuda de la Madre Tierra, contenido y acunado por la Existencia y la conciencia divina se activa. Aún se ve la aglomeración de los últimos turistas, los campings llenos de carpas azules y grises y verdes. Y de pronto, tras la estrecha curva la Quebrada de Pinto y el camino que va a la casa de Luciano, el guapo chico con quien compartí íntimos momentos de amor y búsqueda y suelos e ilusión. Sentí nostalgias y se me viene a la cabeza que quizá sí nos conociéramos ahora…

Pisco lucía un tedioso taco veraniego y atravesarlo me tomo sus buenos y calurosos minutos. En La Ladera me detengo a comprar damascos y estos constituyen mi almuerzo. Al fin el camino se despeja, noto que han salado el camino o lo han expuesto a un tratamiento más moderno para que deje de levantar el polvo cada vez que algo lo transita a más de cinco kilómetros por hora. A lo lejos la curva y el Puente La Viga.

El Puente La Viga es un límite mágico al interior del Valle del Elqui. Ahí el camino pasa de las laderas poniente a las orientales, pocos vehículos capitalinos se atreven a pasarlo, lo que resulta ser un eficiente filtro. Desde la primera vez que llegué al valle ese sitio me resulto especial y como cada vez me detengo, bajo del jeep con la cachimba conteniendo la mitad del porro, unos pocos damascos y pasando bajo el enrejado me cuelo hacia el río sorteando un cañaveral, salsas moras y un enjambre de arbustos cubiertos pos infinitos sauces. Es un sitio conocido sólo por algunos residentes y, por fortuna y gloria, los turistas ni mochileros han llegado a las posas burbujeante del rio.

Ahí el río baja al menos un metro por un sinfín de rocas y e agua cae en de ellas en chorros atrapando aire que luego emerge en burbujas por doquier. Entonces me quito la ropa que voy colgando en las ramas de los arbustos que me rodean, me siento sobre una roca húmeda y enciendo el porrito no sin antes sentirme agradecido. Entonces me siento como un niño, como un cabro chico de regreso después de mucho y difícil periodo lejos de casa. Aspiro profundo extendiendo los brazos como un pájaro. Los rayos del sol no penetran más que en luminosidad la bóveda verde. Caigo en cuenta que la sombra del cerro del cementerio pronto tapara el sol y la temperatura comenzará a bajar. Sin pensarlo dos veces entro en la poza grande hasta que el agua me llega a los testículos haciéndome sentir la frialdad de esa agua que viene directamente del cielo. Cojo agua con mis dos manos juntas y la elevo para dejarla caer viendo como las gotas se unen en la caída tomando increíbles formas. Algunas caen en mi cuerpo. Entonces vuelvo a repetir la toma de agua pero esta vez la dejo caer sobre mi frente. El agua limpia mi rostro, entra entre mis labios, gozo su dulzor, me refresca y termina cayendo sobre mi pecho. Vuelvo a repetirlo y esta vez canto: “Agua vital, purifícame, agua vital lléname de paz” y terminando la canción me zambullo.

Para cuando me vestí el ocaso tomaba posesión del Valle, mi Valle.

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