jueves, 20 de marzo de 2008

en caída libre y sin paracaídas

Paso las manos por mi cabeza como restregándome los recuerdos en resignación… respiro rápido en inhalaciones y exhalaciones breves como aleteos de un picaflor. Aprieto los ojos con la presión de los párpados de alguien que no quiere ver. Detengo la respiración en un silencio de peces de arrecifes. Abro los ojos y me pongo de pie. No hay vuelta atrás y hacia delante no hay camino… es el abismo.

Me dispongo a saltar sin paracaídas. Mamá dice que eso es maduración. Papá desde su cama opina que es traición a mi mismo.

Asumo que estoy en Santiago por un tiempo indefinido y en esa indefinición de algo que no existe debo intentar ser feliz en un crecimiento íntimo constante como un horizonte.

Siempre he opinado que quienes han optado por ser feliz y amar en medio de una ciudad son seres VALIENTES. Hay que serlo para amar siempre pero amar en una ciudad se requiere una cuota de valentía que sospecho no tener. Y aquí estoy. Yendo a providencia a diario, a una oficina en una casa vieja con jardín y patio. Sé que no estoy tan mal como los cajeros de los bancos o los funcionarios de las notarias. Trabajo media jornada… ni por toda la plata del mundo estoy dispuesto a renunciar a tener una vida y pasarme el día trabajando. En eso no me pierdo. Conduzco 42 kilómetros de venida y otros tantos de ida. Mantengo un puñado de monedas a la mano por sí la fortuna me sorprende en un semáforo con unos acróbatas o mimos. Conduzco con música tan fuerte como pueda. Intento distintos caminos esperando dar con el ideal… ese que tenga menos conductores suicidas. Por suerte en el ejercicio de mi profesión no requiero las formalidades del sistema… nada de ropa formal, mucho menos corbatas, perfumes etc.

Me preparo para el salto. El paracaídas lo lancé primero. Estoy al filo del abismo.

Y salto al abismo de conocer a alguien con quien crear un compañerismo. No creo en “la pareja” como se entiende en este sistema. Mucho menos como lo codifica el mundo homosexual. Quisiera conocer alguien a un ser que me resulte interesante, guapo, excitante y admirable. Siempre he sentido el placer de admirar a quien comparte en algún sentido mi vida. En el Valle del Elqui, con una población de 4.000 habitantes en cientos de kilómetros cuadrados, se entiende estar solo. Pero, definitivamente, ya no quiero seguir caminando solitario por las avenidas de esta hostil ciudad.

Sé que mucho pediré y de igual forma sé que todo lo daré. Sólo espero que no me huevéen la vida. Nada de celos, exigencias, mentiras, pedir exclusividades. ¿Quién puede ser exclusivo de quien?. Poner pruebitas para comprobar el cariño, el amor, la capacidad de dar o entregarse. Que nadie se convierta en mi mochila, yo no soy mochila de nadie. Yo necesito de silencio para amar, todo ruido me espanta.

Difícil será encontrar a alguien pero hoy estoy más dispuesto a que ello pase, sé que merezco amar y ser amado, descubrirme un hombre capaz de amar y, sobre todo, capaz de ser amado.

Siento que termino una etapa y comienzo otra y que este blog me ha contenido ya todo lo que pudo contenerme. Acá se termina. Sé que luego abriré otro que contenga todas las letras que me desahogan.

Mientras tanto salto en caída libre y sin paracaídas sabiendo que allá abajo no existe una red o un colchón que amortigüen la caída.

lunes, 17 de marzo de 2008

no puedo ir muy lejos sin llorar










Me duele iniciar el regreso a Santiago

Lloro a cada paso que me aleja

Una piedra cae de mi corazón

En un vacío resuena como un eco...

lunes, 10 de marzo de 2008

puente la viga, segunda etapa


La ruta continuó como un río y mi jeep como una canoa en el. Sin darme cuenta llegué entre en La Serena, cargue combustible y me enfile en el paisaje tan esperado siempre. Solo a la altura del aeropuerto recordé que había ofrecido vista a Rita, una gran mujer que vive en un departamento de avenida del mar. Pero ya era tarde. Por suerte La Serena había quedado atrás. El sol aun estaba alto y supuse que recién habría pasado el filo de las dos de la tarde.

La primera vista que amo al ingresar al Valle es el embalse Puclaro, con todos los sentimientos encontrados que este me provoca y me jode. Su maciza superficie Calipso y el viento dibujando olas en el. Más de alguna vez planeamos ir a pasar un fin de semana en su rivera y siempre lo pospusimos tanto que al final no insistimos en ello y la idea se esfumó como suele esfumarse lo que no se nombra. Una noche ardiente en palabras discutíamos aquello con unos visitantes teólogos que habían llegado a nuestra casa. Entonces les acusé de no hablar sobre el “amor al prójimo”, de pronunciar esas tres palabras base de la fe cristiana. Uno de ellos, con las cejas muy juntas y la frente arrugada me encaró con un cuchillo en el tono de su vos: “¿Y por qué debiéramos hablar de ello?”. “Para no olvidarlo”, fue mi respuesta. Pablo, el más cristiano de nuestra casa, salió en mi ayuda diciendo que en ello radica el mantralizar el “OM” “Para no olvidarnos jamás de nuestro origen”. Luego Muchi, teóloga protestante, comenta con su suave voz de paz, que ella siente que “el amor al prójimo” la separó de la iglesia, no de Cristo. Y pasa –argumentó- que hace más de dos mil años nos enteramos que hay que amar al prójimo y aun, el mundo cristiano, no sale de sus capillas a amar al otro.

Disminuyo la velocidad, en lo posible, cada vez que pasó frente a la casa vidriada de Joaquín Bello para enterarme sí está ahí o no. Divertido es que es solo en un afán de copucha puesto que no me conoce y difícilmente tendría las patas de pasar a saludarle. Pero siempre es rico llegar diciendo: “Estaba Joaquín en su casa”. Y esta vez no estaba. Pero ciertamente el valle es más bello sabiendo que un artista de su talla esta en el. Me detuve en la berma para buscar un cedé de él. Bien sabía que no tenía ninguno. Que Tras el Arcoíris nunca lo saque de casa y que después de buscar en varias disquerías de providencia su trabajo con la Mistral simplemente no lo encontré. Tampoco portaba un disco de Vitale. Stereo Total fue la música que llenó ese vacío, el cedé que tú me regalaste canción a canción esa madrugada de verano.

Entré a Vicuña a comprar agua y con la intención de comer algo. Debí consolarme con un pésimo pan con queso en el terminal, puesto que Vicuña a esa hora duerme siesta. Ya devuelta en el camino y a la altura de Diaguitas, donde la imagen de los jóvenes Krishnas me viene como parte del paisaje. Y el pésimo pan con queso se me regresa a la garganta. Entonces caigo en que soy vegetariano pero como queso, en que soy vegetariano pero como margarina, en que soy vegetariano y fumo… entonces, atroz, me acababa de nacer una tarea para la casa.

Para muchos el Valle del Elqui comienza saliendo de La Serena, para otros pasando Vicuña, para mi el valle recién comienza cuando se va en dirección oriente y se gira al sur, pasando Tres Cruces. Recién ahí siento ingresar al gran útero, donde los cerros coloridos hablan y el río Claro se dibuja en una hilera inagotable y frondosa de verdes árboles, el horizonte son infinitas formas de “V”, el símbolo del Grial, de la Diosa, de la Madre. Entonces es cuando me siento conmovido por la expresión desnuda de la Madre Tierra, contenido y acunado por la Existencia y la conciencia divina se activa. Aún se ve la aglomeración de los últimos turistas, los campings llenos de carpas azules y grises y verdes. Y de pronto, tras la estrecha curva la Quebrada de Pinto y el camino que va a la casa de Luciano, el guapo chico con quien compartí íntimos momentos de amor y búsqueda y suelos e ilusión. Sentí nostalgias y se me viene a la cabeza que quizá sí nos conociéramos ahora…

Pisco lucía un tedioso taco veraniego y atravesarlo me tomo sus buenos y calurosos minutos. En La Ladera me detengo a comprar damascos y estos constituyen mi almuerzo. Al fin el camino se despeja, noto que han salado el camino o lo han expuesto a un tratamiento más moderno para que deje de levantar el polvo cada vez que algo lo transita a más de cinco kilómetros por hora. A lo lejos la curva y el Puente La Viga.

El Puente La Viga es un límite mágico al interior del Valle del Elqui. Ahí el camino pasa de las laderas poniente a las orientales, pocos vehículos capitalinos se atreven a pasarlo, lo que resulta ser un eficiente filtro. Desde la primera vez que llegué al valle ese sitio me resulto especial y como cada vez me detengo, bajo del jeep con la cachimba conteniendo la mitad del porro, unos pocos damascos y pasando bajo el enrejado me cuelo hacia el río sorteando un cañaveral, salsas moras y un enjambre de arbustos cubiertos pos infinitos sauces. Es un sitio conocido sólo por algunos residentes y, por fortuna y gloria, los turistas ni mochileros han llegado a las posas burbujeante del rio.

Ahí el río baja al menos un metro por un sinfín de rocas y e agua cae en de ellas en chorros atrapando aire que luego emerge en burbujas por doquier. Entonces me quito la ropa que voy colgando en las ramas de los arbustos que me rodean, me siento sobre una roca húmeda y enciendo el porrito no sin antes sentirme agradecido. Entonces me siento como un niño, como un cabro chico de regreso después de mucho y difícil periodo lejos de casa. Aspiro profundo extendiendo los brazos como un pájaro. Los rayos del sol no penetran más que en luminosidad la bóveda verde. Caigo en cuenta que la sombra del cerro del cementerio pronto tapara el sol y la temperatura comenzará a bajar. Sin pensarlo dos veces entro en la poza grande hasta que el agua me llega a los testículos haciéndome sentir la frialdad de esa agua que viene directamente del cielo. Cojo agua con mis dos manos juntas y la elevo para dejarla caer viendo como las gotas se unen en la caída tomando increíbles formas. Algunas caen en mi cuerpo. Entonces vuelvo a repetir la toma de agua pero esta vez la dejo caer sobre mi frente. El agua limpia mi rostro, entra entre mis labios, gozo su dulzor, me refresca y termina cayendo sobre mi pecho. Vuelvo a repetirlo y esta vez canto: “Agua vital, purifícame, agua vital lléname de paz” y terminando la canción me zambullo.

Para cuando me vestí el ocaso tomaba posesión del Valle, mi Valle.

jueves, 6 de marzo de 2008

ruta 5 norte, primera etapa

Tres días después de que a papá le dieran el alta de esa clínica fría y moderna con la advertencia que episodios como el vivido serían más frecuentes, proseguí con mis actividades ya trazadas. Ciertamente me ha alentado el saber que cada vez me será más difícil salir de Pirque.

Por primera vez hice el recorrido de un solo tirón. No alojé en la playita de Las Mostazas que tanto me encanta, ni tampoco en Coquimbo donde me regalaba una noche de bohemia portuaria. Tampoco me pasé a Diaguitas, donde es un encanto saludar a los chicos Krishna. Solo me detuve una vez a cargar combustible, en los peajes, un par de veces a orinar, dos veces a fumarme medio porro y otra vez a comprar fruta para comer durante el viaje. El agua la traía desde casa, donde tenemos varios posos. Un viaje a velocidad moderada que transcurrió desde una madrugada a un anochece y que, sin embargo, resulto ser un viaje largo y aprisa en el recorrido completo de mis intenciones y urgencias.

Recordé por un instante el viaje de Thelma & Louise, la película replicada por infinitos pares de amigos que se dan dos días en las vidas para que esta los sorprenda. El paisaje desértico, la carretera recta, el cielo azul, el jeep en rumbo norte, Nina Simone, Morricone, la banda de Amélie, John Benson, SUMAC y ese puñado de mujeres selectas cantando a Sabina, la botella de agua entibiándose en el puesto del copiloto y unos duraznos danzando al vaivén del vehículo. Alguna vez planificamos el viaje de Thelma & Louise con Analuz, antes de que nuestro amor de amigos se coronara con esta hija que nos confió la existencia. También soñamos ese viaje con Mauro, dibujamos mapas de rutas, planificamos costos, decretamos sueños, un año en la vida, un viaje que nos llevaría a los Volcanes de Agua de Guatemala. Y ahora era yo Thelma & Louise.

Al practicar el observador me veía solitario y, ciertamente, resultaba una visión que no me agradaba, que no deseaba mantener cultivando. Fue al rato de esa visión en que nació me nació un dialogo que parecía provenir desde otra dimensión, desde una existencia paralela quizás, desde ese “uno sagrado” que somos y que está tan adentro, tan oculto. Hablé en voz alta como hablándole de mí mismo a un hermano, como tantas veces lo he hecho con Irineo y Vera, como tantas veces escuché a todas las personas que me han buscado para ser, únicamente, oídas. Con cariño recordé una charla en que Manfred Max Neef nos relataba como una sinfonía había cambiado imprevisiblemente el curso de su vida. Y estaba viendo ese episodio de una forma menos sutil y definitivamente más clara. El mensaje me llegaba de Sabina en la voz de Olga Román:

“La guerra que se acerca estallará / mañana lunes por la tarde / y tú en el cine sin saber / quién es el malo mientras la ciudad / se llana de árboles que arden / y el cielo aprende a envejecer. / Y sal de ahí / a defender el pan y la alegría. / Y sal de ahí”

Para cuando retrocedí el Cd para volver a oír el tema noto que el clima se había tornado fresco, la carretera rozaba Playa Ballena y el aire salino era el que se respiraba. Del lado izquierdo un pequeño bosque de pinos y uno que otro ciprés sobreviviente de un pasado de bosques gloriosos y en medio un portón de cuatro fierros. Asumo que no fui consciente del manubrio, en ese instante no era yo quien conducía y de una estacioné en el espacio del portón. Un cerro coronado con monumentales rocas ocultaba el océano que, sin ser visto, se hacía sentir como una fuente inmensa de energía. Los buces acarreando turistas de regreso a la capital afeaban el escenario. Bajo del albo y siempre polviento jeep, enciendo un cigarrillo y luego la primera mitad del porro que había guardado en la cachimba la noche anterior y vuelvo a oír “Esta boca es mía” sentado en el capot con los ojos cerrados, la brisa en el ambiente, la sombra de los pinos y los cipreses. Por un momento quise haber estado acompaño por Omni, mi quiltro compañero que en momentos como ese se acomodaba a mi lado apoyando su cabeza en mis muslos. En cada letra de la canción me sumergí como sí cada palabra fuera un diccionario completo, cosa que en realidad si es. Cada imagen creada por Sabina se representaba tridimensionalmente en mi mente y lograba sentirla en mi corazón. Entonces el velo que ha cubierto mi existencia se corrió y el salino aire se impregnó en la médula de mis huesos.

No me fue fácil retomar el rumbo y el ritmo a pesar de la urgencia que se agudizaba por llegar al Valle del Elqui, donde sin dudas el cielo esta más cerca y Omni da saltos de atleta para alcanzar las hojas de las higueras que tanto disfruta masticar. La ruta de pronto se tornó más concurrida en la dirección a Santiago y creí que se vaciaba para mí de los contaminantes turistas con sus aceites brillando en la superficie de sus vanidades. Y nuevamente era la ruta, los ecos de la canción y yo. Entonces lo que fue una certera sensación fue una real comprensión.

El cine en el cual me he ocultado es la sala de la vida en la cual me he desarrollado, una sala que sí bien ha sido necesaria me ha mantenido afuera de una parte importante del mundo y del cómo un hombre se desarrolla y relaciona en él. Descubrí que haber estudiado sociología no fue un accidente como creía muchas veces, que el haber tardado finalizar el proyecto para terminar el pos título de economía se debía a que, lisa y llanamente, nunca quise estudiarlo y que en verdad quería estudiar paisajismo. Y lo desee estudiar de adolecente, y de grande, y desde siempre y lo pospuse una y otra vez y ya no hay tiempo para seguir posponiéndolo, no hay tiempo y menos aún tengo las ganas de seguir chuteándolo pa´elante. Como trazando una hoja de ruta me decidí al fin terminar la tesis dentro de los próximos tres meses y así concluir economía y liberarme para comenzar paisajismo. ¿Paulina Riedemann o Melika Muñoz impartirán cursos, charlas…?

Resuelto el tema de los estudios se liberaba espacio para tratar otros temas, algo más complejos, como lo es el de la búsqueda de un compañero. Cosa que siempre he sentido difícil y una empresa claramente difícil de sacar adelante; yo no quiero 14 de febreros ni cumpleaños feliz, yo no quiero que elijan mi champú. Joder, no quiero escenitas de celos, que revisen mi billetera mientras estoy en el baño, ni el historial de mi pecé. Yo no seré el que regale un peluche ni organice una fiesta sorpresa con sus amigos para su cumpleaños. Yo no acompañaré a nadie a un mall una tarde de domingo, lo más probable es que comparta casi nada con sus amigos, que olvide las fechas que suelen no olvidarse, que no reconozca un perfume, que me niegue a una relación de consumo, con copras a medias. Pero cuando tenga él un examen que le sé difícil, yo seré quien le espera a la salida. Sé que no es mucho pedir y también sé que es difícil de encontrar. No sé hasta que punto pueda claudicar en este tema, hasta donde renunciar. En cambio sí sé que quiero morirme sí ese alguien se mata, y que se muera por mi.

De momento, el paso inmediato para comenzar a dar es el ser un explorador, el dejar de contener mi sexualidad, el permitirme encontrar “cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar”, cuando las madrugadas me desvelan dando vuelta como alma en pena sin siquiera tener una pelea pendiente con la almohada. Sé que mi sexualidad no es sexuada, que para llegar a la cama he recorrido antes un camino que hace que el tener sexo sea un paso necesario para continuar caminar juntos un trecho más. El abrirme a desarrollar mi sexualidad no implica que me convierta en un parroquiano de discos, pubs, bares de esos frecuentados por chicos que mirando sobre el hombro disimulan su soledad.

El océano a la derecha se perdía de mi vista y no así de mis otros sentidos. Las suaves colinas de la cordillera de la costa se alejaban hacía la izquierda y al frente la ruta 5 norte como una columna vertebral de esta geografía exquisita. Sentía tanta urgencia por llegar y, sin embargo, como pocas veces disfrutaba el trayecto que recorría por mi mismo. El valle de pronto se abrió en un amplio campo de arbustos secos y cactarios diseminados cuando me detuve por el sólo hecho de parar. No me sentía cansado. Al contrario. Una atmósfera de energía me acompañaba como un microclima espiritual. Era tal la paz que me daba el haber comenzado a revolucionar mi forma exterior de vivir la vivida que me sentí amplio y hermoso como hace mucho tiempo no me sentía. Y sé que me lo merezco. Merezco cada una de las cosas bellas que me puedan pasar, pueda yo cocrear y sentir. Dejar que la existencia actué en uno es volver al útero real.

El sol se dejaba caer fuerte en mi cabeza. Hace unas semanas estando en Pirque y después de haber corrido algo más de una hora, cuando intuí por primera vez que este proceso se avecinaba, sentí la profunda necesidad de realizar un acto significativo que me lo recordara. Entonces, desnudo, frente a la montaña, sin espejo y con las herramientas mínimamente necesarias, di las gracias a la Existencia, a Padre/Madre Dios, a la Madre Tierra y a los maestros y mis guías y me rapé la cabeza a modo de ofrenda. El tacto de mis dedos me indicaba donde faltaba que afeitar y al cabo de un largo rato mi nuca relucía al sol. Esta vez el pelo algo ha crecido pero no lo suficiente para que el sol se hiciera sentir a plenitud en mi cuerpo completo y, más aún, en mi cabeza. ¿Cuánta información contiene cada rayo de sol?

Aún quedaba carretera que consumir y mucho de mi interior atravesar. En términos generales no podía recordar detalles del recorrido ni calcular el tiempo transcurrido en que me despedí de mis padres al amanecer. Una sensación amplia de paz y amor armonizaba mi conexión interior con el paisaje. Florecía una felicidad que pocas veces he vivido, sintiéndome fluir plenamente por la carretera de la existencia en el mundo que he cocreado y que, haciendo uso del poder de mi Kin Maya, comenzaba a modificar. Como en un viaje místico, que quizá así ha sido, me quito la camisa que anudo en mi cintura y me quito las zapatillas de lona blanca que dejo dentro del jeep. Me retiro unos pasos y con una piedra con un canto filudo dibujo un círculo en la reseca y pedregosa superficie desértica, me sitúo en el centro de el y mirando hacia el este donde la montaña se eleva hermosa y toral. Sin haberlo propuesto comenzaba la Plegaria de las siete direcciones galácticas que a diario orábamos con mis hermanos del Elqui.


Levanto las manos a la altura de los hombros, con las palmas abiertas, como pidiendo que por ella entrara en mí ser la energía de la montaña: Desde la Casa Este de la Luz, que la sabiduría se abra en auroras sobre mí para ver todo con claridad.



Sin bajar los brazos y con los ojos abiertos giro suavemente hasta que mis palmas daban al norte. Podía ver la carretera perderse en unos lejanos cerros, la dirección en la que continuaba mi trayecto: Desde la Casa Norte de la Noche, que la sabiduría madure en mi para conocer todo desde adentro.
Al continuar con la plegaria y girarme hacia el Oeste el sil encandilo mi vista no sin antes permitirme ver a lo lejos la línea del horizonte: Desde la Casa Oeste de la Transformación que la sabiduría se transforme en acción concreta para que pueda hacer lo que haya que hacerse.



Aún encandilado no pude abrir del todos los ojos, el sur se parecía relucir entre cerros que se cerraban, la ruta de donde venía: Desde la Casa del Sol Eterno que la acción correcta dé la cosecha para disfrutar de los frutos del ser planetario.

Distintas manchas de colores clores y profundos tonos azules estallaban en mis parpados cuando elevé los brazos, siempre con las palmas extendidas, hacia el cielo infinito, deseando profundamente que llegasen al centro del Universo: Desde la casa Superior del Paraíso, donde se reúne la gente de las estrellas y mis antepasados, que sus bendiciones lleguen a mí ahora.

Baje mis manos hasta tocar mi cabeza, sin dejar de mantener las palmas abiertas, las descendí sin apartarlas de mi cuerpo hasta que pude sentir la tierra caliente y algunas espinas en toda mi mano: Desde la Casa Inferior de la Tierra, que el latido del corazón del planeta me bendiga con sus armonías para acabar con la injusticia.

El enderezarme lentamente sentí como cada vértebra de mi columna se enderezaba a la vez que alunas piedrecillas se desprendían de mis manos. Subí las palmas desde el empeine, piernas, pene, estómago hasta alcanzar mi corazón. Entonces unos deseos de dicha maduraron en lágrimas y oré feliz la última parte de la Plegaria: Desde la Fuente Central de la Galaxia que está en todas partes y al mismo tiempo, que todo se reconozca como la luz del amor Mutuo.

Con los ojos cerrados en lágrimas, consciente de mi realidad espiritual como física, en medio de una respiración armónica y serena, rompiendo el rito habitual, me abrazo a mi mismo y aclamo:
¡Ah yum hunab k´u evan maya e ma ho!

Luego de un rato y después de beber agua y vaciar el resto de la botella sobre mi cabeza, retomé el rumbo norte de mi reveladora travesía.

lunes, 3 de marzo de 2008

punto de luz


Decir “Espera” es un crimen, decir mañana es igual que matar, ayer de nada sirve ya, las cicatrices no ayudan a nadar. Sólo morir es el inicio del viaje real, el real paso de trascender, vivir es una escuela de gozo y dolor. El pensamiento no ha de tomar asiento, que el pensamiento siempre ha de estar de paso, de paso.

Quien pone reglas al juego se engaña si dice que es jugador, lo que le mueve es el miedo de que se sepa que nunca jugó. La ciencia es una tragedia, una forma de atar la verdad, que es algo más que materia, pues el misterio se oculta detrás. Hay demasiados profetas, profesionales de la libertad que hacen del aire una banderea, pretexto inútil para respirar.

Es un instante infinito, que va meciendo a este gran ataúd donde olvidamos que el día sólo es un punto, un punto de luz.