Para cuando retrocedí el Cd para volver a oír el tema noto que el clima se había tornado fresco, la carretera rozaba Playa Ballena y el aire salino era el que se respiraba. Del lado izquierdo un pequeño bosque de pinos y uno que otro ciprés sobreviviente de un pasado de bosques gloriosos y en medio un portón de cuatro fierros. Asumo que no fui consciente del manubrio, en ese instante no era yo quien conducía y de una estacioné en el espacio del portón. Un cerro coronado con monumentales rocas ocultaba el océano que, sin ser visto, se hacía sentir como una fuente inmensa de energía. Los buces acarreando turistas de regreso a la capital afeaban el escenario. Bajo del albo y siempre polviento jeep, enciendo un cigarrillo y luego la primera mitad del porro que había guardado en la cachimba la noche anterior y vuelvo a oír “Esta boca es mía” sentado en el capot con los ojos cerrados, la brisa en el ambiente, la sombra de los pinos y los cipreses. Por un momento quise haber estado acompaño por Omni, mi quiltro compañero que en momentos como ese se acomodaba a mi lado apoyando su cabeza en mis muslos. En cada letra de la canción me sumergí como sí cada palabra fuera un diccionario completo, cosa que en realidad si es. Cada imagen creada por Sabina se representaba tridimensionalmente en mi mente y lograba sentirla en mi corazón. Entonces el velo que ha cubierto mi existencia se corrió y el salino aire se impregnó en la médula de mis huesos.
No me fue fácil retomar el rumbo y el ritmo a pesar de la urgencia que se agudizaba por llegar al Valle del Elqui, donde sin dudas el cielo esta más cerca y Omni da saltos de atleta para alcanzar las hojas de las higueras que tanto disfruta masticar. La ruta de pronto se tornó más concurrida en la dirección a Santiago y creí que se vaciaba para mí de los contaminantes turistas con sus aceites brillando en la superficie de sus vanidades. Y nuevamente era la ruta, los ecos de la canción y yo. Entonces lo que fue una certera sensación fue una real comprensión.
El cine en el cual me he ocultado es la sala de la vida en la cual me he desarrollado, una sala que sí bien ha sido necesaria me ha mantenido afuera de una parte importante del mundo y del cómo un hombre se desarrolla y relaciona en él. Descubrí que haber estudiado sociología no fue un accidente como creía muchas veces, que el haber tardado finalizar el proyecto para terminar el pos título de economía se debía a que, lisa y llanamente, nunca quise estudiarlo y que en verdad quería estudiar paisajismo. Y lo desee estudiar de adolecente, y de grande, y desde siempre y lo pospuse una y otra vez y ya no hay tiempo para seguir posponiéndolo, no hay tiempo y menos aún tengo las ganas de seguir chuteándolo pa´elante. Como trazando una hoja de ruta me decidí al fin terminar la tesis dentro de los próximos tres meses y así concluir economía y liberarme para comenzar paisajismo. ¿Paulina Riedemann o Melika Muñoz impartirán cursos, charlas…?
Resuelto el tema de los estudios se liberaba espacio para tratar otros temas, algo más complejos, como lo es el de la búsqueda de un compañero. Cosa que siempre he sentido difícil y una empresa claramente difícil de sacar adelante; yo no quiero 14 de febreros ni cumpleaños feliz, yo no quiero que elijan mi champú. Joder, no quiero escenitas de celos, que revisen mi billetera mientras estoy en el baño, ni el historial de mi pecé. Yo no seré el que regale un peluche ni organice una fiesta sorpresa con sus amigos para su cumpleaños. Yo no acompañaré a nadie a un mall una tarde de domingo, lo más probable es que comparta casi nada con sus amigos, que olvide las fechas que suelen no olvidarse, que no reconozca un perfume, que me niegue a una relación de consumo, con copras a medias. Pero cuando tenga él un examen que le sé difícil, yo seré quien le espera a la salida. Sé que no es mucho pedir y también sé que es difícil de encontrar. No sé hasta que punto pueda claudicar en este tema, hasta donde renunciar. En cambio sí sé que quiero morirme sí ese alguien se mata, y que se muera por mi.
De momento, el paso inmediato para comenzar a dar es el ser un explorador, el dejar de contener mi sexualidad, el permitirme encontrar “cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar”, cuando las madrugadas me desvelan dando vuelta como alma en pena sin siquiera tener una pelea pendiente con la almohada. Sé que mi sexualidad no es sexuada, que para llegar a la cama he recorrido antes un camino que hace que el tener sexo sea un paso necesario para continuar caminar juntos un trecho más. El abrirme a desarrollar mi sexualidad no implica que me convierta en un parroquiano de discos, pubs, bares de esos frecuentados por chicos que mirando sobre el hombro disimulan su soledad.
El océano a la derecha se perdía de mi vista y no así de mis otros sentidos. Las suaves colinas de la cordillera de la costa se alejaban hacía la izquierda y al frente la ruta 5 norte como una columna vertebral de esta geografía exquisita. Sentía tanta urgencia por llegar y, sin embargo, como pocas veces disfrutaba el trayecto que recorría por mi mismo. El valle de pronto se abrió en un amplio campo de arbustos secos y cactarios diseminados cuando me detuve por el sólo hecho de parar. No me sentía cansado. Al contrario. Una atmósfera de energía me acompañaba como un microclima espiritual. Era tal la paz que me daba el haber comenzado a revolucionar mi forma exterior de vivir la vivida que me sentí amplio y hermoso como hace mucho tiempo no me sentía. Y sé que me lo merezco. Merezco cada una de las cosas bellas que me puedan pasar, pueda yo cocrear y sentir. Dejar que la existencia actué en uno es volver al útero real.
El sol se dejaba caer fuerte en mi cabeza. Hace unas semanas estando en Pirque y después de haber corrido algo más de una hora, cuando intuí por primera vez que este proceso se avecinaba, sentí la profunda necesidad de realizar un acto significativo que me lo recordara. Entonces, desnudo, frente a la montaña, sin espejo y con las herramientas mínimamente necesarias, di las gracias a la Existencia, a Padre/Madre Dios, a la Madre Tierra y a los maestros y mis guías y me rapé la cabeza a modo de ofrenda. El tacto de mis dedos me indicaba donde faltaba que afeitar y al cabo de un largo rato mi nuca relucía al sol. Esta vez el pelo algo ha crecido pero no lo suficiente para que el sol se hiciera sentir a plenitud en mi cuerpo completo y, más aún, en mi cabeza. ¿Cuánta información contiene cada rayo de sol?
Aún quedaba carretera que consumir y mucho de mi interior atravesar. En términos generales no podía recordar detalles del recorrido ni calcular el tiempo transcurrido en que me despedí de mis padres al amanecer. Una sensación amplia de paz y amor armonizaba mi conexión interior con el paisaje. Florecía una felicidad que pocas veces he vivido, sintiéndome fluir plenamente por la carretera de la existencia en el mundo que he cocreado y que, haciendo uso del poder de mi Kin Maya, comenzaba a modificar. Como en un viaje místico, que quizá así ha sido, me quito la camisa que anudo en mi cintura y me quito las zapatillas de lona blanca que dejo dentro del jeep. Me retiro unos pasos y con una piedra con un canto filudo dibujo un círculo en la reseca y pedregosa superficie desértica, me sitúo en el centro de el y mirando hacia el este donde la montaña se eleva hermosa y toral. Sin haberlo propuesto comenzaba la Plegaria de las siete direcciones galácticas que a diario orábamos con mis hermanos del Elqui.

Levanto las manos a la altura de los hombros, con las palmas abiertas, como pidiendo que por ella entrara en mí ser la energía de la montaña:
Desde la Casa Este de la Luz, que la sabiduría se abra en auroras sobre mí para ver todo con claridad.

Sin bajar los brazos y con los ojos abiertos giro suavemente hasta que mis palmas daban al norte. Podía ver la carretera perderse en unos lejanos cerros, la dirección en la que continuaba mi trayecto: Desde la Casa Norte de la Noche, que la sabiduría madure en mi para conocer todo desde adentro.

Al continuar con la plegaria y girarme hacia el Oeste el sil encandilo mi vista no sin antes permitirme ver a lo lejos la línea del horizonte:
Desde la Casa Oeste de la Transformación que la sabiduría se transforme en acción concreta para que pueda hacer lo que haya que hacerse.

Aún encandilado no pude abrir del todos los ojos, el sur se parecía relucir entre cerros que se cerraban, la ruta de donde venía: Desde la Casa del Sol Eterno que la acción correcta dé la cosecha para disfrutar de los frutos del ser planetario.

Distintas manchas de colores clores y profundos tonos azules estallaban en mis parpados cuando elevé los brazos, siempre con las palmas extendidas, hacia el cielo infinito, deseando profundamente que llegasen al centro del Universo:
Desde la casa Superior del Paraíso, donde se reúne la gente de las estrellas y mis antepasados, que sus bendiciones lleguen a mí ahora.

Baje mis manos hasta tocar mi cabeza, sin dejar de mantener las palmas abiertas, las descendí sin apartarlas de mi cuerpo hasta que pude sentir la tierra caliente y algunas espinas en toda mi mano:
Desde la Casa Inferior de la Tierra, que el latido del corazón del planeta me bendiga con sus armonías para acabar con la injusticia.

El enderezarme lentamente sentí como cada vértebra de mi columna se enderezaba a la vez que alunas piedrecillas se desprendían de mis manos. Subí las palmas desde el empeine, piernas, pene, estómago hasta alcanzar mi corazón. Entonces unos deseos de dicha maduraron en lágrimas y oré feliz la última parte de la Plegaria:
Desde la Fuente Central de la Galaxia que está en todas partes y al mismo tiempo, que todo se reconozca como la luz del amor Mutuo.
Con los ojos cerrados en lágrimas, consciente de mi realidad espiritual como física, en medio de una respiración armónica y serena, rompiendo el rito habitual, me abrazo a mi mismo y aclamo:
¡Ah yum hunab k´u evan maya e ma ho!
Luego de un rato y después de beber agua y vaciar el resto de la botella sobre mi cabeza, retomé el rumbo norte de mi reveladora travesía.
