Hoy he despertado un poco antes que el sol. Creo que fue una noche hirviendo de sueños de todos los tipos que inquietaron mi cuerpo, la mente y el alma y me despertaron de un salto. Sin embargo, no los recuerdo. Sólo una sensación me conectan con ellos…Anoche fue una noche fresca. Desde la terraza la luz de luna llena iluminaba la playa de Tunquén, algunos roqueríos que la franquean y el horizonte sombrío que se hilvanaba como una cicatriz allá lejos. El día viernes en la tarde, al salir de la última reunión de la semana, decidí venirme después de un profundo y doloroso instante en el cual no se sabe que hacer y todo lo que se puede hacer causa dolor se izaba como un único panorama. Tunquén fue entonces, como lo ha sido en muchas ocasiones, un lugar de reclusión, la oportunidad de volver a mí cuando me he abandonado un poquito y la ocasión de victimizarme se me arrima con encantos de duendes.
En la noche del viernes había una sombra perversa que se paseaba a mí alrededor, la sombra de la mala suerte que parece ser amiga de la muerte. No sabía donde mirar y donde mirara me parecía un abismo por el cual temía caer. No bastaba retroceder a episodios más felices ni volar como un gorrión al Valle del Elqui para salvarme de lo que sentía y vivía. No me quedó más que acurrucarme en mi mismo y llorar la letanía de los pasos mal circulados con un diluvio en cada ojo y la mirada atravesada por un arpón. Nadando en un charco salado de lágrimas me desperté a punto de morir ahogado.
Y corrí por la fría playa de un extremo a otro espantando las gaviotas de mi mente, saltando las olas y escarpando dunas a esa hora en que los visitantes comienzan a despertar y poblar la arena con sus perritos cursis que me ladraban y me perseguían durante unos metros. Cuando pasé por segunda vez delante de aquella actriz, la anterior también me miró, alcé mi mano para saludarla. Ella se quito el sombrero y lo agitó al viento, yo le regalé una sonrisa y le lancé un beso. Ella sonrío mientras el viento despeinaba su cabellera de aquellas y el pañuelo le cubrió por un instante la cara. Podía sentir mis piernas firmes y con fuerzas para poder seguir corriendo, el estomago apretado amenazando con un vómito y una puntada en el pecho que interrumpía mi respiración. Corrí como huyendo de mis días anteriores, arrancando de la pésima táctica empleada, sollozando la ciudad… de alguna forma necesitaba castigarme por todo ello y el estomago escupió un puñado de saliva al instante que el pecho agudizo la lanza y un calambre detuvo mi pierna izquierda. Caí de bruces sobre la arena que extrañamente no estaba húmeda y lloré tragándome los mocos hasta que pierna, pecho y guata cesaron en su dolor y la armonía apaciguada volvió a mis pulmones.
Al levantarme el sol parecía estar decidido a quemar, la arena se había pegado en mi frente. Caminé rumbo a casa zigzagueando olas, los cursis perritos me vieron pasar sin ladrarme y mucho menos seguirme. Cuando debía abandonar la orilla para atravesar las dunas y alcanzar el camino a casa, la actriz que hasta poco leía unas hojas sueltas se quita los lentes, abre sus increíbles ojos y me sonríe. En cualquier otro escenario hubiese mirado a mí alrededor y atrás para asegurarme que no fuese a otro a quien ella saludaba. Pero en ese instante sabía que era a mí. Para cuando dobló las hojas que había leído y las acomodó dentro de un bolso verde con una viva margarita pintada a mano, como si aquello fuese una invitación, me detuve, la saludé y me senté a su lado.
